Con mirada limpia y pincel guiado por la oración, Sonia Fernández, natural de Martos (Jaén), ha hecho de su arte un acto de fe. Su vocación artística y espiritual se entrelazan desde la infancia, cuando su padre la llevó a conocer la cripta de Fray Leopoldo en Granada. Desde entonces, cada trazo suyo es un gesto de gratitud, cada obra una súplica. Su historia es testimonio de cómo el arte puede nacer de la devoción, y cómo la espiritualidad puede transformar una vocación dormida en una misión vital.
— Sonia, ¿de dónde nace tu vínculo con el arte?
Desde niña me gustaba dibujar. Siempre me sentí atraída por el retrato y la pintura, pero en casa no se consideraba una opción para ganarse la vida. Por eso estudié Técnico de Laboratorio, que era algo más práctico. Sin embargo, nunca llegué a ejercer, y el tiempo fue devolviéndome al camino que había quedado pendiente: el arte. Con los años retomé el lápiz, el grafito, el color… y me di cuenta de que aquella pasión seguía viva, quizás incluso más fuerte que antes.
— ¿Y cómo nace tu vocación artística vinculada a lo religioso?
Crecí en una casa con fe sencilla y profunda. Mi padre hizo la mili en Granada y conoció a Fray Leopoldo en vida. Teníamos en casa una imagen suya y él nos llevó varias veces a la cripta. Yo era pequeña, pero recuerdo perfectamente ese mármol frío, la atmósfera de silencio… Años después, cuando retomé el dibujo, fue precisamente su rostro el que me vino a la mente. Quise hacerle un retrato al grafito. Fue el primero que hice en serio y al terminarlo sentí algo especial, como si él me hubiera guiado la mano. A partir de entonces, cada vez que aprendo una técnica nueva, empiezo por él. Me da confianza. Me ayuda a vencer el miedo. Siento que está conmigo.
—¿Cómo fue el momento en que entregaste el retrato al convento?
Ese momento fue muy emocionante. Hice un retrato al pastel de Fray Leopoldo y quise donarlo a los hermanos capuchinos. Me hacía mucha ilusión conocer a Fray Damián, su enfermero, y mostrarle la obra. Cuando la vio, se emocionó profundamente. Me dijo que era uno de los cuadros en los que más lo reconocía, que sentía su presencia en el rostro. Me impactó muchísimo. La comunidad decidió colocarlo cerca de su tumba, y durante la pandemia estuvo allí. Me enteré por una foto en redes sociales. Fue una de las mayores alegrías de mi vida.

—¿Qué papel juega Fray Leopoldo en tu proceso creativo?
Él es mi punto de partida. Cuando dudo de mí misma, cuando quiero probar algo nuevo, lo pinto a él. Es como si me sostuviera desde el otro lado.
Mi primera obra en pastel, en óleo, en sepia... todas han sido con su rostro. Y nunca me decepciona. Siempre ocurre algo especial. No sé si llamarlo milagro, pero sí un regalo. Es como si me dijera: “Tranquila, tú pinta que yo me encargo del resto”.
—¿Qué te empuja a seguir pintando?
Podría decir que es el arte, pero sería incompleto. Es la fe. Es la necesidad de dar gracias. De devolver, aunque sea en forma de dibujo, todo lo que he recibido. Porque siento que he sido acompañada, sostenida, guiada. Y eso no se puede guardar. Se tiene que compartir. Cada exposición, cada obra que dono, cada retrato, es una forma de decir gracias. Por eso titulé mi última exposición “Por el amor de Dios”. Es la frase que usaba Fray Leopoldo al pedir limosna, pero también la que mejor resume mi impulso interior: lo hago por el amor de Dios.
—En esa exposición rendiste homenaje también a una amiga especial, ¿verdad?
Sí. Incluí una imagen de la Virgen inspirada en el rostro de una amiga mía, María Ángeles, que falleció de cáncer. Era una mujer bellísima, por dentro y por fuera, de sonrisa constante, morena y de cabello rizado. Quise que su rostro fuera el de María. Fue mi manera de rendirle un homenaje, de ofrecerle un lugar eterno en mi obra. Además, coloqué una hucha para recaudar fondos para la Asociación Española Contra el Cáncer. Quise que fuera Fray Leopoldo quien, desde la pintura, pidiera por los que aún luchan.

— ¿Sientes que tu arte puede cambiar algo?
No aspiro a cambiar el mundo, pero sí a tocar corazones. Si una persona, al mirar una obra mía, siente paz, siente fe, o simplemente recuerda que Dios está cerca, entonces ha valido la pena. No pinto para gustar. Pinto para agradecer. Para rezar. Para acompañar. Para sostener.
Y creo que en eso reside el verdadero arte cristiano: no en la técnica, sino en el alma que lo inspira.
—¿Cómo percibes el legado de Fray Leopoldo en nuestra sociedad actual?
Sigue tan vivo como siempre. Su figura humilde, su ejemplo de entrega silenciosa, su pobreza elegida, nos interpelan. En una sociedad centrada en el tener, él representa el ser. En un tiempo de prisas, él nos enseña el valor de detenerse y escuchar. Fray Leopoldo no necesitó grandes discursos para dejar huella.
Su testimonio es una oración vivida. Y eso nunca pasa de moda. Es más, cada vez lo necesitamos más.
—¿Qué papel han tenido los hermanos capuchinos en este camino artístico tuyo?
Han sido fundamentales. Desde el primer momento me acogieron con cariño, me dieron confianza y creyeron en lo que hacía. Nunca me hicieron sentir una extraña. Al contrario: me ayudaron a ver que lo que hacía tenía sentido. Me abrieron las puertas del convento, del corazón y del arte. Les estoy profundamente agradecida. Ellos también me han enseñado que el arte puede ser oración, que una imagen puede evangelizar, que un trazo puede consolar.
Algunos apuntes.
- A medida que Sonia profundizaba en su camino artístico, fue descubriendo que cada obra tenía también una dimensión testimonial. No se trataba solo de representar un rostro, sino de transmitir una vivencia interior. “Cada vez que pinto a Fray Leopoldo, siento que no lo hago sola”, confiesa. “Es como si su presencia me guiara en los detalles”. Esta experiencia repetida la llevó a entender que su arte no podía desligarse de la oración. De hecho, en su estudio guarda una pequeña estampa del fraile granadino, que coloca siempre cerca cuando trabaja.
- Su técnica ha evolucionado con el tiempo: del grafito inicial ha pasado al pastel, al óleo y más recientemente a técnicas mixtas. Sin embargo, más allá de los recursos pictóricos, Sonia tiene clara su prioridad: “El alma del retrato tiene que estar presente. No basta con que se parezca. Tiene que transmitir algo más, algo que no se ve pero se siente”. Esta exigencia artística también la lleva a ser muy selectiva con los temas que aborda: “No pinto por encargo comercial. Pinto cuando siento que debo hacerlo. Es una respuesta a algo más profundo”.
- Uno de los proyectos que más la han conmovido fue el retrato que dedicó a su amiga María Ángeles, fallecida tras una dura enfermedad. Al pintar su rostro como Virgen María, Sonia sintió que era un modo de perpetuar su bondad y su alegría. “Fue un acto de fe y de agradecimiento”, dice. “Quería que su sonrisa siguiera iluminando a otros”. La emoción de quienes vieron el cuadro, especialmente la familia de María Ángeles, le confirmó que el arte, cuando nace del amor, puede sanar y consolar.
Hoy, Sonia sigue explorando nuevas posibilidades expresivas. Tiene en mente una serie de obras sobre santos contemporáneos y está trabajando en una imagen del Sagrado Corazón. No descarta realizar alguna muestra itinerante en parroquias o espacios religiosos, siempre con un propósito benéfico. “Si puedo ayudar a otros con mis dibujos, aunque sea solo un poco, ya vale la pena”, concluye con sencillez. Porque, como ella misma dice, “pintar es mi forma de rezar”.
Cierra los ojos. Piensa en la Virgen. En Fray Leopoldo.
En ese instante de silencio que precede al trazo. Así trabaja Sonia Fernández. Y por eso, su pintura no es decoración: es devoción.
Luis López
Coordinador de Capuchinos Editorial