José Vicente Marco Giner. Antonio Oteiza fue mi maestro y mi padre artístico

José Vicente Marco Giner. Antonio Oteiza fue mi maestro y mi padre artístico

Químico, empresario y creador de la firma de porcelana Marco Giner, José Vicente Marco compartió durante años taller, proyectos y vida familiar con Antonio Oteiza. De aquella relación nacieron músicos, ciclistas, escenas religiosas, grandes murales y una faceta todavía poco conocida del artista capuchino: su trabajo en porcelana y gres. Viajamos a Valencia para reconstruir esa historia y descubrir también al Antonio más cercano, imprevisible y profundamente humano.

 

—Antes de hablar de Antonio Oteiza, conviene entender de dónde viene su relación con la porcelana. ¿Cómo llegó usted a este mundo?

Estudié Ciencias Químicas y terminé la carrera en 1974. Poco después conocí a un muchacho que estaba empezando a fabricar porcelana y las piezas no salían bien del horno. Como yo era químico, me pidieron que intentara solucionar el problema, aunque entonces sabía muy poco de porcelana.

Conseguimos resolverlo y aquello fue creciendo. La fábrica llegó a tener unos 160 trabajadores y exportábamos a Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Japón… Más adelante creé Marco Giner. Yo quería hacer algo distinto, trabajar con escultores y alejarme de una porcelana puramente decorativa.

—Y en esa búsqueda aparece Antonio Oteiza. Estamos en la Feria de Cerámica de Valencia de 1985. ¿Cómo fue aquel primer encuentro?

Antonio apareció por nuestro stand y me dijo que había visto algo diferente a lo que había en el resto de la feria. Nosotros trabajábamos piezas firmadas por artistas y él me preguntó si podríamos reproducir alguna de sus esculturas en porcelana.
Me dejó una dirección y, unos días después, fui a visitarlo. Yo no conocía su obra. Allí me enseñó algunas piezas y me regaló un violonchelista de una serie sobre tres Pablos: Pau Casals, Pablo Picasso y Pablo Neruda.

Me impresionó muchísimo. Vi enseguida que allí había posibilidades enormes. Fue, de alguna manera, amor a primera vista.

—¿Qué tenía su escultura para resultar tan atractiva y, al mismo tiempo, tan difícil de trasladar a porcelana?

Antonio tenía una capacidad extraordinaria para expresar con muy pocos gestos. Había movimiento, humor, humanidad.

Pero técnicamente era complicadísimo. Su escultura tiene muchas curvas, huecos, cabezas, brazos, recovecos… y la porcelana necesita moldes. Una cabeza puede ir por un lado, un brazo por otro, un libro por otro. Luego hay que montarlo todo y conseguir que conserve exactamente lo que el artista había creado.

Él hacía arte sin pensar en facilitar el trabajo técnico. Y nosotros teníamos que encontrar la manera de hacerlo posible.

—De aquel primer periodo nacieron algunas de sus obras más singulares en porcelana. ¿Cómo era trabajar con él?

Era una máquina. Cuando venía al taller empezaba a crear casi de manera compulsiva. Surgieron el violonchelista, el acordeonista, los ciclistas…

Nosotros también le sugeríamos algunos temas porque conocíamos el mercado: un golfista, músicos, escenas populares. Y entonces aparecía la magia de Antonio. No hacía simplemente un golfista; creaba toda una escena alrededor, con personajes, espectadores, composiciones inesperadas.
Yo siempre digo que mezclaba muchas cosas. Había algo naïf, incluso casi infantil en ocasiones, y al mismo tiempo era profundamente barroco.

 

 

"Los Cantores" -Obra en porcelana. Antonio Oteiza, 1986

 

-La relación entre un artista tan libre y alguien que conocía las limitaciones del material tuvo que provocar discusiones.

Muchísimas.
Yo venía del mundo industrial y comercial y él estaba instalado en el mundo del arte. Me dio muchas lecciones y también muchas broncas. Pero ahí aprendí. Por eso digo que fue mi maestro y mi padre artístico, aunque yo fuera un mal alumno.

Más adelante, cuando empezamos a trabajar grandes murales en gres, la relación cambió también. Ya no había una reproducción mediante molde: Antonio modelaba directamente la pieza y aquello que salía del horno era exactamente lo que él había dejado. Eso daba una libertad enorme.

—Hay una escena en el taller que parece resumir perfectamente su forma de crear: el Pentecostés.

Sí. Había modelado a los apóstoles con María en el centro y me pidió una plancha fina de barro. Yo se la preparé perfectamente rectangular. Él la cogió y la rompió toda por los bordes. Después la colocó sobre las cabezas y me pidió un palo de golf. Le dije: «Antonio, aquí no tengo un palo de golf». Encontré una azada. La cogió y dio tres golpes sobre aquella plancha. De repente empezó a gritar:

«¡Ha salido! ¡Ha bajado el Espíritu Santo! ¡Venid a verlo!».
Nos quedamos todos impresionados.
Eso era Antonio. Había algo más allá de la técnica. Él podía comunicar espíritu a la materia.

—Pero ese artista casi profético convivía después con ustedes como uno más de la familia. ¿Cómo era Antonio en la intimidad?

Terminó completamente integrado en casa. Conoció a mis padres, a mi mujer, a mis hijos, a mi hermana.

Mi madre hacía paella los domingos y Antonio decía: «¡Hay que ver los valencianos, siempre llenándoos el estómago de granos!». Y después veía la mesa llena y soltaba: «Yo no sé de qué se quejan los pobres con toda la comida que hay». Mis padres se quedaban mirándolo pensando: «¿Pero este hombre no es sacerdote?». Tenía un sentido del humor muy suyo. Si no lo conocías, podía parecer incluso ofensivo.

—Otra anécdota magnífica es aquella ocasión en la que apareció diciendo que estaba “preñado”.

Sí. Salíamos de misa y me lo encontré sentado en el hall del colegio. Hacía meses que no lo veía. Le pregunté qué hacía allí y respondió:
«Estoy preñado y no sé dónde dar a luz».

Lo que llevaba dentro era una serie sobre Gaudí. Le ofrecí nuestra casa y acabamos montándole un espacio de trabajo en el apartamento de la playa, en la Patacona. Allí desarrolló el proyecto.

Era una expresión muy suya. Cuando tenía una idea necesitaba sacarla. Para él crear era realmente dar a luz.

 

"Daba panecillos" Obra en barro de la serie: "Homenaje a Gaudí"

Antonio Oteiza

 

—En sus recuerdos aparece constantemente también el Antonio humanista. ¿Hasta qué punto la experiencia misionera atravesaba su manera de entender el arte y la vida?

Muchísimo. Hay una frase suya que nunca he olvidado: «Ser pobre es la aristocracia del espíritu».

También decía que debemos ser suficientemente humildes para permitir que los demás practiquen la caridad con nosotros.

Eso lo había aprendido entre los pueblos indígenas. Si alguien que apenas tiene una taza de café te la ofrece, tienes que saber recibirla.

Antonio era religioso y su arte era profundamente místico, pero también era un enorme humanista. Le preocupaban la pobreza, los indígenas, la dignidad de las personas. Había vivido muchísimo y todo eso acababa entrando en sus esculturas y en sus escritos.

— ¿Cree que esa etapa de porcelana y gres está suficientemente reconocida dentro de su trayectoria?

No. Creo que todavía queda mucho por descubrir.

Hay piezas dispersas por muchos lugares y apenas aparecen en el mercado. Falta reconstruir y catalogar esa producción.

Y estoy convencido de que, dentro de cien años, cuando se estudie la porcelana artística española de aquella época, algunas obras de Antonio Oteiza tendrán que estar ahí.

Porque aquello no era simplemente porcelana decorativa. Era la obra de un escultor llevada a otro material.

—Después de tantos años juntos, ¿qué significó Antonio Oteiza en su vida?

Fue una de las personas más importantes que han pasado por mi vida.

Fue mi maestro y mi padre artístico.

Y destacaría especialmente su generosidad. Regalaba obras continuamente: a un trabajador, a un albañil, a una estanquera… Dejaba algo suyo allí por donde pasaba.
Hay una historia de Gijón que siempre me emociona. Trabajó en una fábrica de cerámica donde muchos operarios eran comunistas. Al principio lo veían simplemente como un fraile con sandalias. Pero él empezó a hablar con ellos, a preguntarles por sus vidas, a interesarse por sus problemas. Cuando llegó el momento de marcharse, aquellos trabajadores le regalaron unos zapatos.

Ese era Antonio. Parecía un hombre duro, pero tenía una humanidad inmensa. Y en casa seguimos repitiendo una frase suya que quizá resume mejor que ninguna otra su manera de vivir:

«Se está mejor aquí que en otro sitio».

Parece sencilla, pero tiene mucha profundidad. Estamos aquí. Estamos juntos. Tenemos este momento. ¿Para qué necesitamos estar en otro sitio?

La conversación con José Vicente Marco  Giner deja también una tarea pendiente: recuperar y poner en valor esta etapa menos conocida de Antonio Oteiza. Muchas de aquellas porcelanas y piezas de gres permanecen hoy dispersas en colecciones particulares, instituciones y lugares difíciles de localizar. Reconstruir ese recorrido permitirá comprender mejor la extraordinaria amplitud de un creador que nunca quedó encerrado en una sola técnica. Oteiza pintó, modeló, escribió, trabajó el bronce, el barro, la porcelana y el gres con una libertad que desbordaba los materiales. Quizá ahí resida una de las claves de su legado: más que dominar disciplinas, buscaba en cada una de ellas una nueva manera de expresar aquello que llevaba dentro. Y conversaciones como esta ayudan precisamente a que esa parte de su historia no termine perdiéndose.

Luis López,
Coordinador de Capuchinos Editorial

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