Hermana Muerte

Acabamos de recordar los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís. Un poco antes de su muerte, nos recuerdan sus biógrafos, incluyó en el Cántico de las Criaturas, una estrofa dedicada a la “hermana muerte”: “loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”.

Hermana Muerte

A lo largo de su vida insistió en el peligro de la “apropiación”. “Los hermanos no se apropien nada para sí, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna…” Toda su vida fue un aprendizaje de desapropiación. Supo renunciar a tantas cosas que parecen indispensables para experimentar que sólo Dios basta. 

La vida de Francisco también estuvo marcada por la enfermedad y fue muy consciente de su fragilidad y de la cercanía de la muerte. La abrazó como parte de la vida, como puerta de acceso y de encuentro definitivo con el Dios en el que creyó y a quien experimentó como el “Bien, todo Bien, Sumo Bien”. Pidió a sus hermanos que lo tendieran sobre la tierra en el momento final y esperó a la hermana muerte cantando. 

El que Francisco llamara a la muerte “hermana”, nos lleva a la importancia que él dio a la fraternidad. Para él, incluso la muerte, tantas veces temida y rechazada, tiene lugar dentro del proyecto amoroso del Creador. El hecho de llamarla y de aceptarla como hermana no significa que glorifiquemos el sufrimiento, sino que toda nuestra vida nos ha de llevar a vivir reconciliados con nosotros mismos, con los demás, con la creación y con Dios.

Hay un tiempo de nacer y un tiempo de morir, nos dice el sabio bíblico. Y entre medio de esos dos tiempos, a lo largo de la vida, toda persona pasamos por todo tipo de experiencias. Disfrutamos y sufrimos todos. La felicidad y el sufrimiento, la vida y la muerte, se dan en todos los seres humanos, cualquiera sea su procedencia y su forma de vivir o status social. Por eso como creyentes nos preguntamos: Entonces ¿en qué ayuda la presencia de Dios en nuestras vidas? ¿De qué sirve creer?

Personalmente creo que creer sirve simplemente para vivir. La fe ofrece siempre una palabra y sentido de trascendencia. Utilizamos un lenguaje lleno palabras religiosas: hablamos de resurrección, de cielo, de más allá, de vida eterna, de Reino de Dios… de lugar de felicidad sin dolores ni sufrimientos.

El mes de noviembre está marcado por el recuerdo y nuestra oración por los difuntos. Reconocemos, agradecemos y veneramos a quienes han formado parte de nuestra vida. Hay algo dentro de nosotros mismos que nos mueve a conmovernos en favor de la vida. La nuestra y la de los demás. 

Fr. Benjamín Echeverría, OFMCap

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