Escribir desde el hábito Literatura, fe y una plaza llamada Instagram

¿Qué tienen en común el hábito capuchino, una novela y una cuenta de Instagram? Para Fray Antonio Vázquez, quizá mucho más de lo que parece. Fraile, sacerdote y escritor, en esta nueva entrega de En Clave Capuchina reflexiona sobre la relación entre literatura y fe, sobre la mirada franciscana que se esconde detrás de cada historia y sobre las nuevas plazas en las que hoy también es posible encontrarse con los demás. Porque escribir, creer y leer tienen algo en común: nos invitan a detenernos, hacernos preguntas y mirar al ser humano con mayor profundidad.

Escribir desde el hábito  Literatura, fe y una plaza llamada Instagram

A veces me preguntan cómo se compagina la vida de fraile capuchino con la escritura de novelas. La pregunta siempre me resulta curiosa, porque parece dar por supuesto que se trata de dos mundos distintos que hay que reconciliar: por un lado, la fe y el hábito; por otro, la literatura y la imaginación. Sin embargo, cada vez estoy más convencido de que esa frontera no existe de una manera tan clara. Quizá no escribo a pesar de ser fraile, sino que escribo como escribo precisamente porque lo soy. La vida religiosa enseña, entre otras cosas, a mirar al ser humano. A encontrarse con quien sufre, con quien se siente solo, con quien se equivoca o necesita comenzar de nuevo. También la literatura nace de esa mirada. El novelista intenta comprender por qué amamos, por qué tenemos miedo, por qué somos capaces de hacer daño y también de realizar actos extraordinarios de generosidad.

Son preguntas literarias, pero muchas de ellas son también profundamente espirituales. Nunca he pensado, sin embargo, que una novela deba convertirse en un sermón disfrazado. La literatura necesita libertad. Los personajes tienen que poder dudar, equivocarse, rebelarse y tomar decisiones que quizá el propio autor no compartiría. La buena literatura no impone respuestas; muchas veces hace algo más valioso: plantea bien las grandes preguntas. Por eso la relación entre literatura y fe va mucho más allá de incluir sacerdotes, iglesias o asuntos religiosos en un argumento. Las grandes obras terminan hablando del bien y del mal, la culpa y el perdón, la muerte, el sufrimiento, el amor, la libertad o la esperanza. Y cuando uno profundiza suficientemente en esas cuestiones acaba acercándose, de un modo u otro, al misterio. También existe una manera franciscana de mirar la realidad.

Francisco de Asís no comenzó elaborando grandes teorías, sino acercándose a personas concretas: al pobre, al leproso, al hombre que sufría. Aprendió a descubrir valor donde antes había rechazo. Algo semejante debe hacer un novelista con sus personajes. Incluso cuando escribe sobre alguien que ha hecho el mal tiene que intentar comprender qué historia existe detrás de él. Quizá una de las cosas que la vida capuchina ha aportado a mi escritura sea precisamente esa sospecha: detrás de cada rostro hay una historia que todavía no conocemos, y escucharla puede cambiar nuestra manera de juzgar. Escribir una novela significa convivir durante meses con personajes imaginarios que terminan haciéndonos preguntas muy reales. ¿Por qué alguien no puede perdonar? ¿Qué hace que una persona continúe esperando después de haber perdido casi todo? ¿Hasta dónde somos realmente libres? No siempre encuentro respuestas, y creo que eso también forma parte de la literatura. Escribir es buscar.

En cierto sentido, también lo es creer: no porque la fe carezca de certezas, sino porque una vida de fe no elimina el misterio ni la necesidad de seguir caminando. En los últimos años se ha añadido a todo esto un territorio que Francisco de Asís jamás habría podido imaginar: las redes sociales. Para mí, Instagram se ha convertido en una prolongación de esa relación con la literatura. Allí hablo de novelas, escritores y personajes; recomiendo libros y comparto aquellas historias que durante generaciones han ayudado a los seres humanos a comprenderse un poco mejor.

Resulta paradójico que una red asociada a la rapidez pueda convertirse también en un lugar donde miles de personas se detienen para hablar de Dostoievski, Hemingway, García Márquez o tantos otros autores. Alrededor de esas conversaciones se ha formado una comunidad de miles de personas, pero lo verdaderamente importante no es la cifra. Detrás de ella hay lectores: alguien que guarda una recomendación, alguien que vuelve a leer después de muchos años o alguien que descubre por primera vez un libro que quizá termine acompañándolo durante una etapa importante de su vida.

A veces pienso en Instagram como en una gran plaza pública. Hay ruido, prisas y conversaciones simultáneas, pero también es posible situarse en medio de ella con un libro en las manos y decir: «He encontrado aquí algo hermoso; quizá también pueda servirte a ti». Esa imagen tiene para mí algo profundamente franciscano. Francisco salió a los caminos y a las plazas de su tiempo; los capuchinos han buscado históricamente estar cerca de la gente. Hoy una parte importante de esa plaza está también detrás de una pantalla.

Eso no significa convertir cada recomendación literaria en una catequesis. A veces basta con recomendar un buen libro. En una sociedad acostumbrada a consumirlo todo rápidamente, invitar a alguien a detenerse, leer y pensar ya posee un enorme valor. La literatura puede abrir preguntas que después cada persona recorrerá libremente. El sembrador no decide cuándo germina la semilla ni conoce siempre el terreno sobre el que ha caído.

Después de años como fraile y escritor, veo cada vez menos distancia entre ambas vocaciones. Escribir y creer requieren silencio, paciencia y una cierta confianza en aquello que todavía no podemos ver por completo. El escritor comienza ante una página en blanco confiando en que acabará apareciendo una historia; el creyente comienza cada día confiando en que la historia de su vida permanece abierta.

Quizá por eso sigo escribiendo novelas y hablando de libros en esa inmensa plaza que es Instagram. Porque sigo creyendo en la fuerza de una palabra dicha en el momento oportuno, en una historia capaz de acompañar a una persona y en una pregunta que permanece incluso después de apagar la pantalla. Y también en esa misteriosa posibilidad de que, mientras buscamos la belleza entre las páginas de un libro, terminemos descubriendo que esa búsqueda nos estaba llevando mucho más lejos de lo que imaginábamos.

Fray Antonio Vázquez, OFMCap

Fraternidad de Sevilla

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