Viernes de la XII semana del tiempo ordinario

San Pelayo, Beato Andrés Jacinto Longhin, Beato Santiago de Ghazir

Primera lectura: 2 Re 25,1-12.

El año noveno del reinado de Sedecías, el mes décimo, el diez del mes, vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, con todo su ejército contra Jerusalén. Acampó contra ella y la cercaron con una empalizada. Y la ciudad estuvo sitiada hasta el año once de Sedecías. El mes cuarto, el día noveno del mes, cuando arreció el hambre dentro de la ciudad y no había pan para la gente del pueblo, abrieron una brecha en la ciudad; todos los hombres de guerra huyeron durante la noche por el camino de la puerta, entre los dos muros que están sobre el parque del rey, mientras los caldeos estaban apostados alrededor de la ciudad; y se fueron por el camino de la Arabá. Las tropas caldeas persiguieron al rey, dándole alcance en los llanos de Jericó. Entonces todo el ejército se dispersó, abandonándolo. Capturaron al rey Sedecías y lo subieron a Riblá, adonde estaba el rey de Babilonia, que lo sometió a juicio. Sus hijos fueron degollados a su vista, y a Sedecías le sacó los ojos. Luego lo encadenaron con doble cadena de bronce y lo condujeron a Babilonia. En el mes quinto, el día séptimo del mes, el año diecinueve de Nabucodonosor, rey de Babilonia, Nabuzardán, jefe de la guardia, servidor del rey de Babilonia, vino a Jerusalén. E incendió el templo del Señor y el palacio real y la totalidad de las casas de Jerusalén. Todas las tropas caldeas que estaban con el jefe de la guardia demolieron las murallas que rodeaban Jerusalén. En cuanto al resto del pueblo que quedaba en la ciudad, los desertores que se habían pasado al rey de Babilonia y el resto de la gente, los deportó Nabuzardán, jefe de la guardia. El jefe de la guardia dejó algunos de los pobres del país para viñadores y labradores.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 136, 1-2. 3. 4-5. 6.

R. Que se me pegue la lengua
al paladar si no me acuerdo de ti.

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar
con nostalgia de Sión;
en los sauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras. R/.

Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirlos:
«Cantadnos un cantar de Sión». R/.

¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha. R/.

Que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías. R/.


Evangelio: Mt 8,1-4.

Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto, se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: «Señor, si quieres, puedes limpiarme». Extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero, queda limpio». Y enseguida quedó limpio de la lepra. Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio».

Palabra del Señor.


Reflexión:

Comienza la actividad “curativa” de Jesús con el acercamiento a un excluido social y religioso, un leproso. Él quiere limpiarnos; pero hay que acercarse a él, postrarse ante él, con una postración espiritual, y rogarle desde la conciencia de que necesitamos ser curados por él, por su evangelio salvador, por su amor. Y Jesús “lo tocó”, tocó su carne herida y pestilente. No sólo cura, sino que indica el modo de hacerlo: tocando, y sin publicidad. Aquel hombre volvió a la vida, y con su vida fue testimonio de Jesús. Jesús quiere curarnos; de eso no hay duda. Y su “quiero” es poderoso. Pero hay que confiar en él y confiarse a él. A Jesús no podemos acercarnos dubitativos, sino encantados, decididos. Con una confianza profunda, sabiendo que él es la Luz, la Fuerza, la Verdad.


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