Miércoes de la V semana de Cuaresma
La Anunciación del Señor
Primera lectura: Is 7, 10-14.
El Señor volvió a hablar a Ajaz y le dijo: «Pide un signo al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo». Respondió Ajaz: «No lo pido, no quiero tentar al Señor». Entonces dijo Isaías: «Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Enmanuel.
Palabra de Dios.
Salmo: Sal 39, 7-11.
R. ¡Aquí estoy, Señor, ¡para hacer tu voluntad!
Tú no quisiste víctima ni oblación,
pero me diste un oído atento;
no pediste holocaustos ni sacrificios,
entonces dije: “Aquí estoy”. R.
“En el libro de la Ley está escrito
lo que tengo que hacer:
Yo amo, Dios mío, tu voluntad,
y tu ley está en mi corazón”. R.
Proclamé gozosamente tu justicia
en la gran asamblea;
no, no mantuve cerrados mis labios,
tú lo sabes, Señor. R.
No escondí tu justicia en el fondo de mi corazón,
proclamé tu fidelidad y tu salvación,
y no negué ante la gran asamblea
tu amor y tu fidelidad. R.
Segunda lectura: Heb 10, 4-10.
Porque es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados. Por eso, al entrar él en el mundo dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo —pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mí— para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad. Primero dice: Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, que se ofrecen según la ley. Después añade: He aquí que vengo para hacer tu voluntad. Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.
Palabra de Dios.
Evangelio: Lc 1,26-38.
A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.
Palabra del Señor.
Reflexión:
Comienza la andadura humana el Evangelio. ¿Qué nos anuncia esta anunciación? La conversión de Dios al hombre en su Hijo. La doble denominación: Anunciación y Encarnación es significativa. Nos habla del estilo de Dios y de su estrategia. Para su gran proyecto Dios pulsa respetuosamente a la puerta de una vida sencilla, en una geografía irrelevante y sospechosa (Jn 1,46). Dios siempre entra así en la vida: respetuosamente; no invade, y este será el estilo de Jesús. Un estilo a imitar. Y su estrategia, la encarnación, no una ficción. Dios deja de estar de parte del hombre, para hacerse hombre. No basta con estar de parte de; hay que hacerse parte de… Es la verdadera solidaridad. Una estrategia también a imitar. Y María fue la persona elegida para que esa realidad fuera posible.