V domingo del tiempo ordinario

Santa Josefina Bakhita, San Geronimo Emiliano

Primera lectura: Is 58, 7-10.

Esto dice el Señor:

Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: «Aquí estoy». Cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia, cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies al alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el mediodía.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 111,4-5. 6-7. 8a y 9

R. Aleluya
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. R.

Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. R.

Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. R.


Segunda lectura: 1 Cor 2,1-5.

Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.


Evangelio:

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros sois la Sal de la tierra. Pero si la Sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos.

Palabra del Señor.


Reflexión:

Tras la proclamación de las bienaventuranzas, Jesús descubre a los discípulos su peculiaridad y su responsabilidad ante el mundo. Las imágenes de la Sal y de la luz son elocuentes. La misión del discípulo es “sazonar” e “iluminar”, la vida. Quehacer que debe verificarse no a través o solo de discursos y proclamas sino de “buenas obras”. El creyente en Jesús no puede ser un producto insípido, sino sabroso; ni una realidad opaca, sino luminosa. Sabor y luz propias de quien ha gustado qué bueno es el Señor (1 Pe 2,3), y quiere hacer partícipe de ese “gusto” a los hombres. Para sazonar, el cristiano ha de estar previamente “sazonado” por la “sal” de Cristo, y para ser luminoso ha de estar conectado a ese generador de “luz” que es Cristo. “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5).


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