Historia de la Familia Franciscana

Material para Laicos y Capuchinos
Curso 2026-2027

En la última reunión general del movimiento Laicos y Capuchinos tenida en Alicante en mayo pasado se decidió tomar como tema general de reflexión para los grupos el de la HISTORIA FRANCISCANA. Es un campo amplísimo porque el franciscanismo ha sido parte decisiva en la historia de la Iglesia. En estos temas daremos unas pinceladas generales. Quien quiera ahondar más tendrá que recurrir a los estudiosos[1].

Dedicaremos este primer curso a la historia general de los hermanos menores. El segundo curso haremos una exposición de la historia de la Orden Capuchina y, finalmente, trataremos, en un tercer curso, el tema de las Clarisas y de la Fraternidad Seglar Franciscana.

Creemos que nadie recorrería las sendas del pasado si no fuera para aprender a vivir con más sentido el presente. Esa es nuestra intención general con estas reflexiones: que nuestra vida franciscana salga enriquecida.

TEMA 1
EL BULLIR DE LOS PRIMEROS AÑOS
(1226-1257)

Eso fue después de la muerte de san Francisco en 1226: un bullir. Francisco quiso simplemente vivir el evangelio. Pero como la vocación franciscana tuvo en aquella época tanto eco, el número grande de hermanos supuso una gran riqueza y un tremendo desafío de convivencia y de inserción en la Iglesia que se resolvió como se pudo. Una vida efervescente y, como toda vida, un drama a veces.

El grupo de los hombres de letras, al que pertenecen casi todos los ministros generales sucesores inmediatos de san Francisco (exceptuados Pedro Catani, Fr Elías y Juan Parenti), es cada día más numeroso y más influyente. Por otra parte, la Sede romana impulsa positivamente una posición ventajosa de la orden mediante privilegios y exenciones que la apartan cada día más de la sencillez inicial.

La orden se irá transformando de fraternidad compuesta de clérigos y legos en el mismo pie de igualdad, dada a la humilde predicación profética de la penitencia, incondicionalmente sometida a todos los grados de la jerarquía, en orden de clérigos, exenta de la jurisdicción episcopal, bien organizada internamente y consagrada a una acción eclesial de gran amplitud de medios.

Se da la primera bula papal (se llama Quo elongati) por la que en el sensible tema de los bienes se declara que los hermanos tienen el simple uso. Se abre la puerta. Los intereses de la institución prevalecen ya sobre el reclamo del puro ideal.

Al provincial de España Juan Parenti le sucede de nuevo Fray Elías que, aun siendo un admirador del carismático san Francisco, se cava la tumba por su modo autoritario de gobierno y por haber chupado la sangre a las provincias para las obras de Asís. El profesor Haymon de Favershan da un golpe de estado y se le elige general. Con él se acaba la itinerancia, las casas se hacen estables, se acumulan bienes, la orden se hace mendicante. El estilo se hace monástico. Atrae la ciencia de los dominicos.

Hay una minoría de espirituales que no se resigna (Iriarte le llama “extrema derecha”). Las narraciones que hicieron los primitivos hermanos (fray Bernardo, fray Gil, fray Rufino, fray León, fray Ángel, santa Clara) de los tiempos heroicos despertaban la añoranza de aquella libertad, originalidad y sencillez que ahora parecían perdidas para siempre. Esta minoría hacía caso omiso de las declaraciones y de los privilegios de los papas. Para ellos, san Francisco seguía siendo la "regla viva" y sus enseñanzas directas el punto constante de referencia. El general Juan de Parma les amparó, pero era ya tarde. La evolución era imparable.

Lo hermoso de todo esto era ver que el evangelio les importaba. Lo tremendo era que no lograban entenderse como hermanos para llevar un camino común. Esto será una herida grande en el franciscanismo. Los llamados a la fraternidad no encontraban la senda común.

Para dialogar:

  1. ¿Por qué de “bulle” hoy entre los franciscanos?
  2. ¿Qué pensamos de los bienes que tenemos?
  3. ¿Qué formación tenemos?
  4. ¿Qué presencia en la sociedad de hoy?

TEMA 2
SAN BUENAVENTURA
(1257-1274)

Se ha exagerado al dar a san Buenaventura el calificativo de "segundo fundador". Sabatier le atribuye una verdadera transformación de la obra de san Francisco. Otros, sin llegar a tanto, afirman que el joven general completó la evolución de la orden y dio a ésta su organización definitiva.

Buenaventura no corrigió ni reformó nada. Conservador por temperamento, aceptó las cosas tal como las halló; pero se percató de los peligros reales externos e internos y se propuso conjurarlos con prudencia y energía. Su programa de su gobierno fue: defender la orden contra los enemigos externos, mantener las posiciones alcanzadas hasta entonces, establecer una observancia común de la regla.

Los enemigos externos fueron principalmente dos: el clero secular (obispos y curas) y la Universidad de Paris. Los primeros los veían como unos competidores (en el ministerio y en los bienes). La segunda les negaba su identidad evangélica. Los papas de turno apoyaron a los franciscanos porque eran una fuerza viva utilizable en la misión de la cristiandad.

En la orientación de la Orden se apoyó en las declaraciones del Papa para la interpretación de la regla; veló por el espíritu de pobreza: intransigente en cuestiones de dinero, pero permitió provisiones discretas; rechazó las rentas fijas, pero admitió legado y fundaciones. Un sí pero no. Le gustaba que los conventos fueran amplios. Apoyó los estudios y la ciencia. El trabajo apostólico lo considera esencial a la Orden. Mantiene los privilegios por razón del apostolado. Reprimió el joaquinismo por su influencia en los espirituales (fraticelli, celantes).

En resumen, en los diecisiete años de su gobierno, san Buenaventura fue el ministro general providencial; logró ganarse la voluntad de todos por el prestigio personal de su saber y de su virtud, por su tacto y equilibrio, por haber sabido armonizar su amor apasionado a san Francisco con su entusiasmo por el esplendor alcanzado por la orden, la admiración por los antiguos eremitorios, a los que le gustaba retirarse por largas temporadas para convivir con los hermanos celantes. La orden se sintió unida y segura bajo su mando, exteriormente admirada y respetada, requerida por la Sede romana para misiones de importancia. 

San Buenaventura es importante por su biografía de san Francisco llamada Leyenda mayor: biografía oficial escrita a petición del capítulo general de 1260 y adoptada como única y definitiva por el de 1263; el capítulo de 1266 mandó destruir todas las biografías anteriores. Sin traicionar la historia, selecciona hábilmente hechos y enseñanzas para ofrecer un san Francisco predestinado, "ángel del sexto sello", copia perfecta de Cristo crucificado, poniendo de relieve su experiencia mística, pero demuestra no compartir ciertos matices del ideal de minoridad, como la actitud positiva de Francisco hacia el trabajo manual, la inseguridad evangélica, el recelo de los estudios, la espontaneidad.

Para hacernos una idea de la manera de entender el franciscanismo de esta época veamos el tema de los bienes: El punto más importante es la distinción entre el uso de derecho y el uso de hecho; éste es el único permitido y ha de ser pobre, o sea, moderado. Esta teoría del uso pobre dará lugar en los decenios siguientes a violentas e interminables discusiones. Una filigrana.

Para dialogar:

  1. ¿Ves algún punto común de esta época con el franciscanismo de hoy?
  2. ¿Qué ventajas y desventajas tiene el apoyar el sistema eclesiástico?
  3. ¿Por qué el papado no se apoya hoy en los franciscanos?
  4. ¿Cómo orientar hoy bien el tema de los bienes y casas?
  5. ¿Se entienden bien los franciscanos con el clero diocesano?

TEMA 3
LA TRAGEDIA DE LOS ESPIRITUALES

La tragedia de los espirituales sobrepasa al ámbito de la historia interna franciscana para convertirse en un hecho eclesial de gran significado. Iriarte dice que eran la extrema derecha que no aceptaba la evolución de la Orden y que vivían una mística fuera de la realidad. Pero tuvieron mucha fuerza.

San Buenaventura había logrado aquietarlos temporalmente. Pero al morir este último estalló el conflicto que había de acabar en rebeldía y por fin en la separación de la orden y en la rebelión contra la Sede apostólica.

La base doctrinal viene del abad Joaquín de Fiore († 1202), que dividía la historia de la salvación en tres épocas: primera, la del Padre, dirigida por el orden de los casados (de Adán a Cristo); la segunda, la del Hijo, dirigida por el orden de los clérigos (de Cristo al tiempo del autor); la tercera, la del Espíritu Santo, que había de estar dirigida por el orden de los monjes (o sea, ellos). Esta tercera edad traerá un cambio radical y revolucionario en la historia del cristianismo: quedará superada la iglesia de la jerarquía, de los sacramentos, del derecho, sustituida por la Iglesia espiritual, asamblea del júbilo y del amor, en que el gozo será fruto de la libertad y la libertad fruto de la renuncia. Una nueva orden, compuesta por varones espirituales (o sea ellos), pobres y "menores", dará el modelo de vida cristiana, bajo la guía de un santo papa (que esté de su parte).

Se comprende que semejantes ideas calentaran las cabezas de muchos hijos de san Francisco, que muy pronto descubrieron en ese "ángel del sexto sello", adornado con "la señal del Dios vivo" (los estigmas) y portador del "evangelio eterno" (la regla), al santo fundador. La orden de los menores sería, pues, esa nueva orden anunciada por Joaquín, destinada a instaurar, bajo el signo de la pobreza, la esperada iglesia espiritual. Ahora, la denominación de "espirituales" adquiría un nuevo sentido.

Los personajes más importantes fueron el ya citado Joaquín de Fiore, el ideólogo, muerto antes de la revuelta. Angel Clareno, hombre austero y exaltado, dotado de no escasa cultura. Anduvo errante por Armenia. Murió en 1337 a los 92 años de edad. Su facción perduró con el nombre de clarenos en varias regiones de Italia. Fueron fuertemente perseguidos bajo Urbano V y varios quemados vivos en 1367 y 1368; pero volvieron a cobrar fuerza. Martín V los expulsó de sus conventos en 1418; en 1426 nombró inquisidores contra ellos a san Juan de Capistrano y san Jacobo de la Marca; éste escribió un Dialogus contra fraticellos.

Otro importante fue Pedro Juan Olivi, teólogo eminente, venerado como santo, pero imbuido de joaquinismo. Es considerado como el verdadero jefe ideológico de la reacción. Se mostró siempre obediente y enemigo de toda ruptura con la comunidad.

Y un tercero fue Ubertino de Casale (el que sale en El nombre de la rosa). De todos los encausados, cinco resistieron hasta el fin y murieron en la hoguera; uno fue emparedado en cárcel perpetua. Ubertino, ante la disyuntiva de volver a la orden o pasar a otra, optó por hacerse benedictino, pero en realidad siguió siendo franciscano rebelde hasta su muerte en 1329.

Clareno y Hubertino hubieran querido iniciar una reforma autónoma, legítimamente reconocida, como las que veremos más adelante; y tal vez lo hubieran logrado, si no hubiera habido de por medio un problema de ortodoxia.

Fue una época de gran sufrimiento. No se encontró el camino de la unidad porque no se hallaba el sentido de la fraternidad. Para pensarlo.

Para dialogar:

  1. ¿Pueden ser los egos un obstáculo en la fraternidad?
  2. ¿Cómo ceder para que la relación fraterna no sufra?
  3. ¿Cómo ser flexible para acoger las ideas de otros?
  4. ¿Cómo respetarnos, acogernos, escucharnos?
  5. ¿Qué es hoy ser fieles a la Iglesia?

TEMA 4
CONVENTUALISMO Y OBSERVANCIA
(1318-1517)

 El conflicto perpetuo entre el puro ideal y las exigencias de la vida real no tardaría en reaparecer, adquiriendo caracteres de lucha épica en los siglos XIV y XV. Por fin se impondrá el derecho a la observancia fiel de la regla, que llegará a establecer la escisión definitiva (serán los llamados “franciscanos”, sin más), mientras la "comunidad" adquirirá un estado legal de mitigación (serán los llamados “conventuales”)

Por lo demás no es este fenómeno privativo de la familia franciscana, sino común a todas las órdenes religiosas a partir del siglo XIV, y originado de parecidas causas. "Observantes" son en la época del primer Renacimiento los partidarios del retorno a los primeros fervores del instituto, amantes del retiro, de la oración mental, de la austeridad y de la pobreza, de la sencillez en los edificios y en la celebración litúrgica; "conventuales" son los moradores de los edificios espaciosos, en que el ritmo solemne y ordenado de la vida común -el conventus- es un valor primario; bien avenidos con las mitigaciones legítimas, con arreglo a las cuales hicieron su profesión, enemigos de innovaciones y de fervores extemporáneos, confían a la seriedad de la disciplina monástica la fidelidad fundamental al ideal y la eficacia del servicio a la iglesia.

El papa Juan XXII se posicionó a favor de las teorías de los conventuales (la pobreza de Cristo y la no obligación de la regla) con lo que abocó a los franciscanos a un verdadero cisma. Más aún, coincidiendo con el cisma de Occidente en que hubo dos y hasta tres papas a la vez había provinciales que obedecían a uno u otro. Un lío. Todo ello fue desembocando en una situación de decadencia general entre los franciscanos de todos los bandos.

Aquí estriba el motivo principal del conflicto, que se prolongará por casi dos siglos, entre conventualismo y observancia, y que reaparecerá en toda nueva reforma interna: la pretensión, en los partidarios de la vuelta a los orígenes, de ser ellos los únicos intérpretes de la auténtica observancia de la regla, tildando a los demás de "relajados"; y la posición institucional, por otra parte, que se siente tranquila en las adaptaciones legitimadas por la autoridad suprema, mientras que la simpatía de los mejores y el entusiasmo popular están por los grupos contestatarios.

La primera generación de observantes provenía totalmente de la "comunidad". Eran frailes de escasa cultura, legos en general. Pero la segunda generación trajo a la reforma vocaciones directas y de gran calidad, libres del resabio amargo de rebeldía, inevitable en los comienzos. En 1402 vestía el hábito san Bernardino de Siena, que pronto se convertiría en el verdadero jefe y maestro de la observancia. 

León X convocó a conventuales y observantes a un capítulo general extraordinario en 1517; obligó también a todos los grupos reformados independientes a enviar sus representantes. En aquel solemnísimo capítulo, celebrado en Roma, los conventuales rehusaron oficialmente la solución de aceptar la reforma y de dar a la orden un general de la observancia. El papa decretó (bula Ite vos) entonces la separación total, invirtiendo la relación de dependencia mantenida hasta entonces: la observancia pasaba a representar jerárquicamente la orden; el general conventual fue obligado a resignar el cargo y a entregar el sello. Hubo conventuales que prefirieron pasarse a los moros de Marruecos.

Queda descrita la azarosa y quizá poco edificante evolución interna de la orden en esta primera época. Pero es sólo uno de los lados de su historia; nos queda ahora la cara luminosa, la de la vitalidad y fecundidad en el cuerpo de la Iglesia, la de su presencia en la sociedad europea del primer renacimiento.

Para dialogar:

  1. ¿Cuándo entra el franciscanismo en crisis?
  2. ¿Cómo conjugar y respetar estilos distintos de vida?
  3. ¿Qué hay detrás de muchas posiciones?
  4. ¿Cómo instalarse en tiempos pasados y vivir el presente?
  5. ¿Por qué aquella situación no se podría dar hoy?

TEMA 5
EVOLUCIÓN EN LA CONSTITUCIÓN
DE LA ORDEN

Antes de seguir, y para hacernos una idea, dimensionemos el tema diciendo el número de hermanos menores (conventuales y observantes) que había en el siglo  XIV: No parece aventurado calcular unos 5.000 hermanos a la muerte de san Francisco, 30.000 en 1260, 40.000 a fines del siglo XIII, 20.000 en 1385 y 25.000 a principios del siglo XV. Al hacerse la separación en 1517 la orden entera sumaría más de 50.000 religiosos: 20/25.000 conventuales en 34 provincias, 30/32.000 observantes en 53 provincias.

Las casas se dividían, según su importancia, en conventos generales, como el de Asís, el de París y la curia general de Roma, cuyos guardianes dependían directamente del general; lugares conventuales, que debían contar, por lo menos, con trece hermanos (doce según las constituciones de Barcelona); y lugares no conventuales, con un número menor; estos últimos no estaban gobernados por un guardián, sino por un presidente o vicario bajo la dependencia del guardián respectivo.

Una institución que quedó desestimada por su escasa función fue la del carnal protector. El cargo de general era al principio vitalicio, pero se curaron de espanto con Fr. Elías y se estableció que el capitulo general estuviese por encima. En 1507 se estableció un mandato de tres años renovable y con León X se amplió a seis. Lo mismo pasó con los provinciales: primero vitalicios y luego se restringió a tres años renovables. Para el cargo de guardián no había tiempo fijo y podía ser prorrogado indefinidamente.

La celebración del capítulo general estaba escrupulosamente regulada por las constituciones de Narbona de 1260. Comenzaba por lo que se denominaba syndicatio ministri generalis, para la cual eran encerrados en cónclave los ministros y custodios solamente, bajo la vigilancia del guardián del convento capitular, y no recibían alimento alguno hasta la confirmación del general o la elección del sucesor, si se acordaba la deposición. Para la elección se requería la mayoría absoluta de votos, expresados de viva voz, pero en secreto, a los escrutadores. Por el mismo procedimiento de la mayoría absoluta se decidía en los demás asuntos tratados en el capítulo, excepto para la erección o división de provincias, que requería el consentimiento de las dos terceras partes.

Siempre ha habido una cierta “tendencia democrática” en el franciscanismo. En 1239 se decretó que los guardianes fueran elegidos por los hermanos de cada convento; pero desde 1242 este nombramiento correspondía al capítulo provincial, al menos para los conventos propiamente dichos. Las constituciones benedictinas (1337) volvieron a imponer la provisión de los guardianes por elección democrática y, aunque la orden logró en 1343 la derogación de esta novedad, perniciosa para la paz y la observancia en las comunidades, subsistió en gran parte de las provincias de los conventuales. Eran otros tiempos.

Para dialogar:

  1. ¿Se puede decir que el franciscanismo es una estructura democrática?
  2. ¿Existe el afán de poder entre los franciscanos?
  3. ¿Qué queda del franciscanismo de los pueblos pequeños?
  4. ¿Nos impone todavía mucho la cuestión del número?

TEMA 6
LA DINÁMICA INTERNA DE LA ORDEN

La fraternidad tiene una vida interna. Vamos a dar los elementos principales de los tres primeros siglos de la vida franciscana. La fraternidad viajera del comienzo vive a salto de mata en vida itinerante. Desde san Buenaventura se deriva hacia comunidades grandes y estables en los conventos de modelo cisterciense. Se toleran “experiencias” alternativas que no cambian la marcha general.

Surge con el tiempo el perfil del hermano “de vida observante”. Se agudiza el formalismo en asuntos de pobreza (el “bursarius” acompaña al limosnero para que no toque el dinero). La regularidad en el cumplimiento del horario era considerada un valor. Elemento imprescindible de la vida conventual era el silencio y la austeridad. En ciertos días de fiesta había “compensaciones”. Los frailes díscolos podían sufrir penas de cárcel. La corrección fraterna recibe la forma del capítulo de culpas. Y los ejercicios de penitencia corporal (la disciplina) se hacía diariamente en la cuaresma y el resto del año tres días a la semana.

Un problema que surge en esta época con fuerza y que ha persistido hasta nuestros días es el de la clericalización de la Orden. Hasta el año 1239 clérigos y laicos convivían en perfecta igualdad en cuanto hermanos menores. La intención de san Francisco sobre este punto era clara. Llamaba al mundo "la región de las desigualdades" y quería que ricos y pobres, nobles y plebeyos, doctos e indoctos, al entrar en la fraternidad quedaran absolutamente nivelados. El temor a la desigualdad era el motivo de su recelo por la implantación de los estudios. Al quedar excluidos los laicos de los cargos y al prohibirse, por el mismo tiempo, el trabajo manual fuera de casa, que había sido el medio de subsistencia en los primeros tiempos, quedaría definida la imagen del hermano lego tradicional: el religioso sin voz ni voto, destinado a las faenas domésticas y a la mendicación, que se tenía por suficientemente honrado con ponerse "al servicio de los hermanos clérigos", según un concepto que se llegó a atribuir a san Francisco.

Esto trajo de la mano el problema de los privilegios y exenciones de las que disfrutaban los lectores de teología, los que habían desempeñado cargos, los antiguos y los predicadores. Los fratres indigentes no tenían privilegios. El convento tenía la misma estratificación que la sociedad. La fraternidad se oscurecía.

La jornada conventual estaba marcada por la oración litúrgica en el coro, la ocupación para dejar fuera la ociosidad (algo temible para el sistema), la predicación, las confesiones y los oficios domésticos. Lo que hemos conocido hasta hace cuatro días. La pedagogía interna no se preocupaba de preparar al religioso para el contacto con el exterior, sino casi exclusivamente para los valores de la vida interna del convento. Las salidas se consideraban excepción no deseable; se prefería echar mano de "nuncios" y de criados seglares.

Los novicios que entraban en la Orden debían  "aprender el oficio divino", les estaba prohibido el estudio durante todo el tiempo de prueba, no podían ser promovidos a las órdenes sagradas ni oír confesiones, si eran sacerdotes. Podían ocuparse en lecturas provechosas, a criterio del maestro. No se les permitía hablar con seglares ni con religiosos de otra orden sin licencia Lo dicho: hasta hace cuatro días.

Para dialogar:

  1. ¿Persiste este modelo?
  2. ¿Se ha logrado otro modelo más actualizado?
  3. ¿Cuál es el valor central de la vida franciscana?
  4. ¿Qué tipo de relación se entabla en un convento o en una fraternidad?
  5. ¿Qué papel han jugado los laicos en la vida conventual?

TEMA 7
LA ESPIRITUALIDAD FRANCISCANA

Seguir a Cristo según el evangelio en pobreza y humildad es el ideal propuesto por san Francisco en la regla, un ideal que cada hermano lo realiza en compromiso de fraternidad y de minoridad para con sus hermanos unidos en la misma vocación y para con todos los hombres; más aún, en hermandad con toda la creación, bajo la paternidad de Dios.  Este predominio del amor, fuerza impulsora y garantía de humanismo, es lo que ha hecho aplicar a todo lo franciscano el apelativo de seráfico. Y con la caridad, las virtudes más destacadamente evangélicas, como son la humildad, la sencillez, el abandono en la Providencia, la alegría y el optimismo ante la vida. 

San Buenaventura fue el gran místico y el gran maestro de la primera hora. Su pensamiento espiritual es muy complejo. Otro gran maestro fue el citado Ubertino de Casale, algo visionario. La mística franciscana halló a fines del siglo XIII una espléndida interpretación femenina en la extática terciaria Angela de Foligno († 1309), que congregó en torno de sí a gran número de discípulos, entre ellos el mismo Ubertino, y cuyos escritos y experiencias contemplativas son hoy objeto de estudio. Otro terciario, el mallorquín Ramón Lull († 1316), escribía por el mismo tiempo, entre la multitud de sus obras, preciosos y originalísimos tratados espirituales, mezcla de poesía y mística del amor.

Pero la verdadera historia espiritual no es la literaria ni la didáctica, sino la más oculta de la santificación personal, y ésta ofrece, solo en la primera orden y ciñéndonos a los que han recibido el reconocimiento oficial de la iglesia, un largo catálogo de 16 santos y 61 beatos, que son el testimonio más elocuente de la potencia santificadora del ideal franciscano. Abren la serie los cinco santos mártires de Marruecos, que ofrendaron su vida en 1220, y los siete de Ceuta, sacrificados en 1227. Enlazada con el martirio de los primeros se halla la vida desmesurada de san Antonio de Padua († 1231), el doctor evangélico, hecho a la medida del corazón de Francisco. 

De entre las muchas influencias espirituales de los franciscanos de aquella época se podría destacar el culto de la Pasión la nota más llamativa de la piedad difundida por el ejemplo y por la predicación de los menores. San Francisco había compuesto un "oficio de la pasión del Señor" para satisfacer su devoción personal; lo propio hizo san Buenaventura, con fines más litúrgicos. La devoción a los Santos Lugares de Palestina venía ya desde la época de las cruzadas; pero, perdida Jerusalén definitivamente, los franciscanos mantuvieron en Europa el recuerdo de las santas peregrinaciones recurriendo a aquel instinto de concretez imitativa heredado del Poverello. Con el amor a la pasión corría parejas en san Francisco la veneración a la sagrada Eucaristía, promovida por él ardientemente mediante cartas y exhortaciones. Era la época en que la fe en la presencia real venía a suplir la práctica de la comunión, reducida al mínimo en el siglo XIII.

Otras muchas devociones, de toda índole, fueron inventadas y difundidas por los franciscanos siempre cercanos a la vida del pueblo, algunas algo pintorescas, como el rosario de las “siete alegrías”. Eran otros tiempos.

Para dialogar:

  1. ¿Cuáles para ti el mayor valor espiritual del franciscanismo?
  2. ¿Cómo decir con palabras sencillas qué es la mística?
  3. ¿Es muy importante que una Orden tenga santos y beatos?
  4. ¿Cómo redescubrir hoy el valor de la Eucaristía?

TEMA 8
APOSTOLADO ENTRE FIELES E INFIELES

Las dos grandes órdenes mendicantes hacen su aparición en el momento del máximo apogeo del pontificado. Los papas se percataron muy pronto del apoyo que esas nuevas fuerzas suponían para la acción espiritual de la santa Sede en la cristiandad y fuera de ella, en una coyuntura en que, frente a las ambiciones imperiales y a las pretensiones de los nuevos estados nacionales, no podían ya echar mano del prestigio de las abadías. Por eso desde un principio los menores y los predicadores fueron los hijos mimados de la Sede apostólica y los preferidos para empleos y comisiones de confianza. Quizá el tema de la inquisición les resultó más costoso pero se conocen más de doscientos inquisidores franciscanos antes de 1517.

El apostolado de la predicación venía desde san Francisco. Lo que era espontáneo se regularizó. El primero de los grandes predicadores franciscanos fue san Antonio de Padua, que removió en menos de diez años Italia y el mediodía de Francia con una elocuencia de eficacia singular, llegando a congregar auditorios de más de 30.000 personas. Bertoldo de Ratisbona en Alemania congregó a más de 50.000. Nada nuevo.

Trabajaron mucho en acción social: acompañamiento a los gremios, mediación de paz, limosna diariamente en los conventos, etc. La obra más específicamente social fue la de los montes de piedad, cuya finalidad era combatir la plaga de la usura mediante prestaciones de dinero bajo prenda. La usura, en efecto, había venido a ser, a favor de la nueva economía de inversiones pecuniarias, el medio más tentador de especulación a costa del pobre. Parece que el iniciador fue Domingo de Leonesa († 1497), que estableció el primer monte de piedad en Ascoli en 1458. La iniciativa desencadenó fuerte oposición, ante todo por parte de los prestamistas hebreos, ya que a ellos les afectaba más directamente. 

Las misiones es algo que también entronca con el franciscanismo primitivo. El método misional está indicado en la misma regla de 1221: ante todo, el testimonio de una vida sinceramente cristiana: "No armen luchas ni discusiones, sino más bien sométanse a toda humana criatura por Dios (1 Pe 2,13), y confiesen que son cristianos". Después, si se ofrece oportunidad, la predicación directa de la fe y la exhortación a entrar en la iglesia por el bautismo.

La orden franciscana ha considerado como su más preciado servicio la defensa y guarda de los santos lugares en donde lograron mantenerse en medio de grandes dificultades y persecuciones y a costa de grandes gastos, luchando con las arbitrariedades y el fanatismo de los musulmanes no menos que con la audacia de los cismáticos griegos. Centenares de misioneros sucumbieron en matanzas periódicas y en la asistencia a los apestados.

Los misioneros franciscanos, esparcidos por todo el Oriente, llevaban a cabo una labor más lenta, pero más efectiva, de aproximación, mediante el ejemplo de su vida y el apostolado de la palabra o de la pluma. Las expediciones misioneras menudearon durante todo el siglo con destino a Bulgaria, Servia, Rusia, Georgia, Armenia, Líbano y Persia. 

En las misiones con los musulmanes los misioneros residentes en Marruecos tuvieron que limitarse también a ejercer su ministerio entre los cautivos y entre los soldados de la milicia cristiana que los jalifas almohades tuvieron a su servicio hasta fines del siglo XIV.

La misión en China tuvo unos comienzos épicos: el papa ordenó al general Gonzalo de Balboa, que designase siete religiosos selectos para ser enviados como obispos sufragáneos de Montecorvino, a quien ellos consagrarían arzobispo de Khambalik, con jurisdicción sobre todo el imperio tártaro. Junto a los seis obispos (uno tuvo que retardar el viaje), púsose en camino una nutrida expedición de misioneros. Llegados al Malabar, gran parte sucumbieron víctima de las fiebres, entre ellos tres obispos; los restantes continuaron su viaje entre penalidades sin cuento y quedó plantada la nueva iglesia china. Tiempo de titanes.

Para dialogar:

  1. ¿Cómo crees que ha de ser hoy el anuncio de la fe?
  2. ¿Qué características ha de tener la predicación?
  3. ¿Por qué hay menos misioneros?
  4. ¿Qué sería hoy un apostolado social?

TEMA 9
LOS ESTUDIOS Y LA CIENCIA

De la misma manera que admitió una adaptación a la realidad en punto a casas e iglesias, Francisco aceptó también el estudio como un hecho, derivado de la presencia creciente de hombres de escuela en el seno de la fraternidad, de la inevitable preponderancia de éstos en la vida y en el gobierno de la misma, y de la necesidad de la predicación docta al lado de la exhortación penitencial. El paso lo dio en forma ampliamente positiva a fines de 1223 o principios de 1224 al autorizar a san Antonio de Lisboa para enseñar la "sagrada teología" a los hermanos.

Ya en vida de san Francisco habían ingresado grupos nutridos de estudiantes y maestros de las universidades de Bologna, París y Oxford. En estas tres ciudades, y a la sombra de las respectivas universidades, se formaban en 1231, en estudios generales propios, los lectores destinados a dirigir el progreso de los estudios en los principales conventos de cada provincia. Con ello, además del prestigio científico, los hermanos menores adquirían nuevas posibilidades de acción al servicio de la iglesia.

Ya desde el siglo XIII se establecieron los llamados estudios particulares en la mayor parte de los conventos. Todos los clérigos, sin excluir guardianes, predicadores ni confesores, estaban obligados a asistir a las explicaciones del lector señalado para cada comunidad. Generalmente eran clases públicas, a las que se admitía a los extraños. Los religiosos de dotes más relevantes eran enviados a los estudios generales, que aparecieron muy pronto, preferentemente junto a las grandes universidades. El más famoso de estos centros fue el de París.

Pero la prevención del fundador sería mantenida como una herencia por los grupos de celantes. "Ah, París, París -exclamaba fray Gil-, tú estás llevando a la ruina la orden de san Francisco". En el momento de la ruda persecución contra los espirituales, el poeta Jacopone de Todi acusará a París de haber destruido a Asís. 

El pensamiento franciscano se caracteriza por el predominio del amor sobre la especulación, he ahí la dialéctica franciscana. Primacía de la voluntad sobre el entendimiento, he ahí el rumbo de las ascensiones franciscanas. Mirar a Dios como Bien antes que como Verdad, he ahí el fin del vivir y del pensar franciscano. "En el binomio amor-voluntad -dice el P. Gemelli- concuerdan todas las corrientes franciscanas".

Entre los pensadores franciscanos notables figuran, además de Antonio de Padua y san Buenaventura, Roger Bacon y Duns Scoto. Bacon fue dar a la teología una base científica; despreciaba a los escolásticos por su desconocimiento de las lenguas bíblicas. Es el padre del método experimental en las ciencias; intuye y profetiza gran parte de los inventos modernos; es al mismo tiempo filósofo, matemático, astrónomo, geógrafo, físico, químico y filólogo. Duns Scoto que andando el tiempo se convertiría en el maestro por excelencia de la escuela franciscana en las ramas conventual y observante. Siguiendo la misma dirección minorítica, elabora una nueva síntesis del pensamiento sobre la base y a la luz del amor. 

Para dialogar:

  1. ¿Es importante el cultivo del estudio en la fraternidad franciscana?
  2. ¿Conoces algún científico franciscano?
  3. ¿Cómo formarse personalmente de manera sencilla?
  4. ¿Qué libro recomendarías para formación espiritual?

TEMA 10
INFLUJO FRANCISCANO EN LAS LETRAS Y EN EL ARTE

Francisco, poeta eximio en el Cántico del hermano sol y en todas las manifestaciones de su vida, dejó en herencia a sus hijos, como "juglares de Dios", el amor a la naturaleza, la capacidad de interpretar en los corazones y en las cosas el lenguaje del amor y del dolor, y el secreto de convertir la lengua vulgar en vehículo de belleza. Un soplo de poesía recorre los relatos del primer siglo, desde Celano hasta las Florecillas, y reaparecerá en la literatura de la observancia con la Franceschina de Giacomo Oddi de Perusa († 1488).

En el siglo XIII son dignos de mención como compositores de secuencias y glosas en latín Tomás de Celano, que compuso varias en honor de san Francisco y el Dies irae, hoy nuevamente atribuido a él por la crítica y Juan de Pecham autor del Stabat Mater Dolorosa.

Pero la verdadera revolución artística iniciada en la basílica de Asís hay que hallarla en la pintura. Es el ramo en que la inspiración franciscana realiza con mayor perfección el abrazo entre la religión y la naturaleza. Giunta Pisano y Cimabue en el siglo XIII, Giotto, Simone Martini y Lorenzetti en el siglo XIV, trazaron en los muros lisos de la basílica superior e inferior la primera gran manifestación de un arte figurativo ingenuo y veraz, de personajes que viven y sienten, y que hacen vivir y sentir al contemplador. Giotto, el gran innovador, es el incansable narrador de la vida y de los ideales de san Francisco, no menos que de las más sugestivas escenas del evangelio.

El estilo franciscano del arte de esta época queda reflejado en las ordenaciones del capítulo de Narbona (1260): "La curiosidad y la superfluidad se oponen directamente a la pobreza; ordenamos, pues, que se evite cuidadosamente, en las construcciones, toda curiosidad en pinturas, artesonados, ventanales, columnas y cosas semejantes, y toda superfluidad en la largura, anchura y altura, teniendo en cuenta las condiciones de cada lugar. Las iglesias en manera alguna sean abovedadas, a excepción de la capilla mayor (ábside), sin licencia del ministro general. El campanario de la iglesia no se haga, en adelante, en forma de torre. Tampoco se hagan, en adelante, vidrieras historiadas o pinturas, a excepción de la vidriera principal del ábside detrás del altar mayor, en la que pueden ponerse solamente las imágenes de Cristo crucificado, de la bienaventurada Virgen, de san Juan, de san Francisco y de san Antonio". Con estas mimbres…

Para dialogar:

  1. ¿Te parece que esto del arte tiene su importancia?
  2. ¿Conoces algún poeta, pintor o músico franciscano?
  3. Si has estado en Asís ¿qué opinas de los monumentos franciscanos?

 


[1] Aunque es un poco antiguo, el manual de historia franciscana es el no superado todavía de LÁZARO IRIARTE, Historia franciscana, Editorial Asís, Valencia 1979. Ya no existe esa editorial. El libro está completo en internet (https://www.franciscanos.org/historia/Iriarte-HistoriaFranciscana-04.htm). Alguna librería lo ofrece al precio de 100 euros. Habrá ejemplares “durmiendo” en las bibliotecas de los conventos. Un texto más moderno: G. G. MERLO, Francisco de Asís. Historia de los hermanos menores y del franciscanismo hasta los comienzos del siglo XVI, Aránzazu, Oñati 2005.

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