Txarlie Azcona. 42 años escuchando el grito de la amazonía

Txarlie Azcona. 42 años escuchando el grito de la amazonía

El misionero capuchino recorre estos días España con una preocupación y una esperanza. La preocupación tiene nombre de selva amenazada, pueblos indígenas, petróleo, minería y vidas quebradas por la contaminación. La esperanza se encarna en Alejandro Labaka e Inés Arango, los dos misioneros que entregaron su vida en 1987 intentando proteger al pueblo tagaeri y cuyo testimonio Txarlie quiere sacar del ámbito estrictamente capuchino para ofrecerlo a toda la Iglesia. Conversamos con él sobre misión, derechos humanos y una Amazonía que, aunque parezca lejana, también se decide desde nuestras casas.

Hay lugares que terminan convirtiéndose en parte de uno mismo. A Txarlie Azcona le ocurre con Ecuador. Nació en Guembe, Navarra, pero lleva 42 años en aquel país y habla de la Amazonía no como quien describe un paisaje, sino como quien habla de personas a las que conoce, ríos en los que ha estado y heridas que ha visto de cerca.

Su misión ha cambiado con los años. Evangelizar sigue estando en el centro, pero anunciar el Evangelio en la Amazonía significa también defender la vida, acompañar a los pueblos, denunciar la contaminación y preguntarse qué responsabilidad tenemos quienes vivimos a miles de kilómetros. Y significa conservar una memoria. La de monseñor Alejandro Labaka, capuchino, y la hermana Inés Arango, terciaria capuchina, que el 21 de julio de 1987 entraron en territorio tagaeri conscientes del riesgo que corrían. En mayo de 2025, el papa León XIV reconoció oficialmente la ofrenda de sus vidas y ambos fueron declarados venerables. Casi cuarenta años después, Txarlie está empeñado en que su historia no quede olvidada.

—Txarlie, 42 años en Ecuador son prácticamente una vida. Cuando uno mira hacia atrás después de tanto tiempo de misión, ¿Qué sientes que has recibido de aquella tierra y de sus pueblos?

Soy misionero capuchino y llevo 42 años en Ecuador. Estoy muy agradecido al país porque he aprendido muchísimo allí. Ha crecido mi amor por Jesucristo, pero también mi amor por los pueblos de la Amazonía. La misión te va transformando. Uno llega pensando quizá en lo que puede aportar, pero luego descubre todo lo que tiene que aprender. Y por eso mi vida está ya muy vinculada a Ecuador y especialmente a la Amazonía.

—Hoy la imagen tradicional del misionero que únicamente evangeliza resulta insuficiente para explicar lo que haces. Tu trabajo está unido a la defensa de los derechos humanos y de la propia naturaleza. ¿En qué consiste actualmente tu misión?

Es un trabajo bastante variado. Como hermano capuchino realizo tareas de evangelización con los pueblos indígenas, pero también acompañamos muchas luchas sociales relacionadas con la contaminación, la minería o los mecheros petroleros. Es un trabajo de concienciación sobre el cuidado de la casa común, la defensa de la vida, la Amazonía y los derechos humanos.

Estamos en un momento muy crítico. Hay personas que trabajan para las compañías petroleras y, si comienzan a defender la tierra o la selva, pueden verse amenazadas incluso en su puesto de trabajo. Por eso muchas veces nuestra tarea consiste en sembrar conciencia y acompañar.

«El petróleo no es solo un problema ambiental. Es un problema de salud y de vida»

—Quienes hemos visitado determinadas zonas de la Amazonía ecuatoriana hemos podido comprobar que la contaminación no pertenece al pasado. Bajo terrenos aparentemente recuperados siguen apareciendo restos de crudo. ¿Qué queda hoy de décadas de explotación petrolera?

Quedan muchas heridas. Texaco dejó piscinas donde se depositaba el crudo y después fueron cubiertas. Pero allí llueve muchísimo y aquello sigue filtrándose. Tenemos piscinas enterradas que continúan ahí.


 

 

Las comunidades han luchado judicialmente durante años para conseguir la reparación de esos daños, pero seguimos sin una solución real. Y es importante comprender que el extractivismo no ocurre solamente porque alguien en la Amazonía quiera sacar petróleo. Los recursos terminan saliendo hacia Estados Unidos, Europa o China.

Por eso nuestra forma de consumir aquí también tiene consecuencias allí. Si somos capaces de disminuir ese consumismo desmedido, también estamos colaborando en la defensa de la Amazonía y de sus pueblos.

—Cuando hablamos de petróleo solemos pensar en selva destruida, derrames o grandes mecheros ardiendo. Usted insiste, sin embargo, en una consecuencia mucho más dramática: la salud de quienes viven allí.

Eso es lo más grave. No estamos hablando de un problema estético porque haya mecheros o tuberías. Estamos hablando de personas enfermas. En la Clínica Ambiental tenemos registrados más de setecientos casos, mientras que las cifras oficiales son muchísimo menores porque muchas personas tienen que salir a Quito para recibir tratamiento y los casos terminan registrados allí. Eso tiene consecuencias. Si oficialmente no aparecen enfermos en la Amazonía, tampoco existe la obligación de estudiar por qué se producen tantos casos ni de dotar la zona de los recursos necesarios. Y hay personas que mueren antes incluso de poder completar todo el recorrido necesario para ser diagnosticadas y tratadas. Por eso nuestra lucha no es contra el desarrollo. Es una lucha por la vida y por los derechos de quienes están pagando las consecuencias de ese modelo.

—Para entender este conflicto quizá haya que dar un paso atrás. La concepción occidental habla de «recursos naturales»; para los pueblos ancestrales, en cambio, un río o un árbol forman parte de su propia identidad. ¿Estamos ante dos maneras radicalmente diferentes de comprender la vida?

Sí, completamente. Para los pueblos que siempre han vivido en la selva, la Amazonía les ha proporcionado alimento, plantas medicinales, lugares sagrados, cascadas… La naturaleza es la madre. Se vive en armonía con ella y todo está conectado. Una dirigente huaorani lo explicaba de una manera muy clara: «Si envenenan nuestro río, nos están matando; si contaminan la selva con petróleo, nos están exterminando como pueblo; si talan nuestros árboles, nos están acabando».

Ellos dicen: somos río, somos agua, somos cedro, somos madre tierra. Por eso, cuando desde nuestra mentalidad hablamos de extraer recursos, ellos lo viven como una profanación. Un río, por ejemplo, no es simplemente agua. Para muchas comunidades es el lugar donde vuelven los niños de la escuela, donde llega quien ha salido a cazar, donde se bañan, juegan, pescan, beben y conviven. Si contaminas ese río, no destruyes solamente agua. Rompes relaciones, cultura, espiritualidad y una determinada forma de comprender la existencia.

—En ese escenario aparece inevitablemente Alejandro Labaka. Había llegado a Ecuador décadas antes y conoció de primera mano la entrada de las compañías petroleras en territorio indígena. ¿Qué descubrió él que sigue siendo válido hoy?

Alejandro conoció a los huaorani y conoció su forma de vivir. Pero al mismo tiempo fue viendo cómo las empresas entraban en su territorio y cómo el Estado priorizaba la extracción del petróleo frente a la vida de aquellos pueblos.

Él comprendió muy pronto que había que defender sus derechos, su cultura, su educación, su territorio y su modo de vida.

Pero hay algo muy importante: Alejandro era dialogante. Mantuvo relación incluso con las petroleras. Cuando los trabajadores tenían miedo ante los huaorani, iba a acompañarlos y les decía que ellos mismos podían convertirse en misioneros a través de su manera de relacionarse con un pueblo que acababa de entrar en contacto. No planteaba las cosas desde el enfrentamiento permanente. Dialogaba, pero sin renunciar nunca a defender los derechos de las nacionalidades indígenas.

—El 21 de julio de 1987 ese compromiso alcanzó su expresión extrema. Alejandro Labaka e Inés Arango decidieron acercarse al pueblo tagaeri para intentar evitar un contacto violento provocado por la expansión petrolera. ¿Hasta qué punto eran conscientes de que podían morir?

Creo que lo sabían claramente. Hubo hermanos que dijeron a Alejandro que no fuera porque podían matarlo. Personas muy cercanas se lo advirtieron. Él conocía perfectamente el riesgo. Pero también sabía qué podía ocurrir si no iban. Había presión para entrar en aquel territorio con más gente y personas armadas, y eso podía provocar el exterminio de aquel pueblo. Por eso hay una frase de Alejandro que para nosotros es esencial: «Si no vamos nosotros, los matan a ellos».

Creo que ahí está todo. Frente al riesgo de su propia vida estaba la defensa de un pueblo. Alejandro e Inés ofrecieron su vida por ese pueblo y, en aquel momento, consiguieron que se detuviera la explotación. Su muerte dio la vuelta al mundo.

 

 

 

—Han pasado casi cuarenta años desde aquella muerte. Sin embargo, sostiene que los pueblos amazónicos se encuentran hoy incluso más amenazados. ¿Por qué es tan importante recuperar precisamente ahora la figura de Alejandro e Inés?

Porque su testimonio sigue teniendo plena actualidad. Hoy continúa la presión petrolera y a ella se ha sumado con muchísima fuerza la minería. Los pueblos ancestrales continúan en peligro. Y además tenemos otro problema: Alejandro e Inés todavía son poco conocidos. Incluso en Ecuador necesitamos hacer mucho más para dar a conocer su historia.

Nos han dicho muchas veces que tenemos que sacar a Alejandro e Inés del ámbito del Vicariato y del mundo capuchino y ofrecer su testimonio a toda la Iglesia. Eso es lo que queremos hacer. El año que viene, coincidiendo con los cuarenta años, tenemos previsto recorrer Ecuador, distintas diócesis y también Colombia. Y nos parecía importante comenzar también aquí, en la tierra donde nació Alejandro.

—Y han elegido una manera muy peculiar de hacerlo: no mediante una conferencia académica, sino “contando y cantando”. ¿Por qué la música?

Porque queremos algo sencillo que pueda llegar a todo el mundo. He venido acompañado por Juan Morales, que ha compuesto varias canciones relacionadas con Alejandro y con la Amazonía. Muchas veces yo le cuento situaciones que vivimos allí y él tiene una enorme capacidad para convertirlas rápidamente en canción. Así llegamos también a los niños y a los jóvenes.

 

 

 

Contamos quiénes fueron Alejandro e Inés, ofrecemos su testimonio y las canciones ayudan después a interiorizarlo. No queremos únicamente contar una historia de hace cuarenta años. Queremos que la gente comprenda qué significó su entrega y qué nos dice hoy. Ellos estaban enamorados de Jesucristo y estaban enamorados de estos pueblos. Dieron su vida. Y ese testimonio es un valor para toda la Iglesia.

El hecho de que el papa León XIV los haya declarado venerables confirma precisamente que su vida no pertenece solo a una pequeña misión de la Amazonía. Hay que darla a conocer.

—Por tanto, recuperar su memoria no consiste únicamente en mirar hacia 1987. También supone interrogarnos sobre nuestra responsabilidad presente.

Exactamente. Cuando hablamos de Alejandro e Inés queremos despertar también una conciencia. Muchas veces el nivel de consumo que mantenemos aquí está relacionado con la destrucción que sufrimos allí. Tenemos que comprender esa conexión.

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Escuchar a Txarlie Azcona obliga a corregir una distancia engañosa. La Amazonía puede aparecer en un mapa a miles de kilómetros de nuestras casas, pero algunas de las decisiones que determinan su futuro se toman también aquí: en aquello que consumimos, en lo que exigimos, en nuestra indiferencia o en nuestra capacidad para preguntarnos de dónde proceden los recursos que sostienen nuestro modo de vida.

Alejandro Labaka e Inés Arango supieron que acercarse a los tagaeri podía costarles la vida y, sin embargo, antepusieron la vida de aquel pueblo a la propia. Casi cuarenta años después, la Iglesia ha reconocido la grandeza de aquella entrega y Txarlie y Juan se han propuesto que sus nombres vuelvan a pronunciarse.
Quizá esa sea también la misión ahora: contar y cantar su historia hasta comprender que defender la Amazonía no significa proteger un paisaje lejano. Significa defender pueblos, culturas, agua, vidas humanas y una casa común que no nos pertenece únicamente a nosotros.
Txarlie lo resume sin grandes discursos. Ellos están intentando «encender la chispa».
Que no se apague depende ya un poco de todos.

Luis López, Coordinador de Capuchinos Editorial

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