Psicólogo, escritor y referente en la defensa de la infancia, Javier Urra participó en el Congreso de Colegios Capuchinos con una intervención que fue mucho más allá de la educación entendida como transmisión de conocimientos. Habló de maestros y familias, de esfuerzo y límites, pero también de belleza, espiritualidad, vínculos, vulnerabilidad, migración y fraternidad. Una conversación atravesada por una convicción que acompaña toda su trayectoria: pese a cuanto vemos y escuchamos, merece la pena seguir confiando en el ser humano.
Hay entrevistados que responden. Javier Urra, además, pregunta. Quizá porque después de miles de conferencias, décadas trabajando con menores, familias y situaciones humanas extremas, ha aprendido que algunas de las cuestiones verdaderamente importantes no admiten respuestas sencillas. Tras su intervención ante profesores de los colegios capuchinos de diferentes colegios de España, conversamos largamente con él. Lo hicimos en tres momentos distintos, pero el hilo que atraviesa sus palabras es siempre el mismo: educar supone vincularse, acompañar, exigir, enseñar a mirar al otro y ofrecer razones para esperar.
—Ha impartido miles de conferencias dentro y fuera de España. Sin embargo, al terminar su intervención ante los profesores de los colegios capuchinos insistía especialmente en algo que había percibido en el ambiente. ¿Qué encontró en este encuentro?
He dado miles de conferencias, no cientos, miles, en España y fuera de España, y, o me falla la memoria, o creo que nunca me he sentido más arropado, con tanta calidez, con gente tan cariñosa. Había profesores venidos de León, de Cantabria, de Madrid, de Murcia, ... de distintos colegios capuchinos.
Lo que destacaría es precisamente el tono: el cariño, la cercanía, la actitud de los profesores. Incluso se estropeó durante un momento el aire acondicionado, hacía calor, y nadie se quejó; la gente cogió un papel y siguió allí hasta que volvió a funcionar. Parece una anécdota pequeña, pero dice mucho de una actitud. Por eso creo que hoy he aprendido mucho más de lo que he compartido. Y quiero dar las gracias a los capuchinos por haberme invitado.
—Frente a una sociedad que parece acostumbrada a poner el foco en lo negativo, usted comenzó reivindicando justamente lo contrario: la bondad del ser humano. ¿Nos hemos acostumbrado demasiado a desconfiar de nosotros mismos?
Yo he querido transmitir precisamente eso. Siempre estamos poniendo el acento en lo negativo, pero la verdad es que el ser humano es generoso, es altruista. En general, el ser humano es una gozada.
Por mi trabajo en centros de menores o en la Fiscalía he tenido que trabajar con violadores, con asesinos, con personas que han hecho mucho daño. Pero eso es algo puntual. La gente es buena, es solidaria, se compromete, quiere a sus hijos, a sus nietos; los hijos quieren a sus padres y los nietos a sus abuelos. He querido reivindicar esa parte amable del ser humano. Somos vulnerables, tenemos conciencia, sentimiento de culpabilidad, capacidad de compasión. Y todo eso forma también parte de lo que somos.
—Habla de educación, pero introduce continuamente dimensiones que a veces quedan fuera de los programas escolares: naturaleza, belleza, espiritualidad, humor, perdón... ¿Estamos educando suficientemente a la persona en toda su complejidad?
Somos seres fisiológicos, biológicos, sociales, culturales y espirituales. Y la espiritualidad es una dimensión necesaria. No digo religiosidad necesariamente; digo espiritualidad. Mirar una noche las estrellas y preguntarse: ¿por qué estamos aquí?, ¿por qué he nacido?, ¿por qué en esta familia y en este momento?, ¿cuándo será mi fecha de caducidad?, ¿soy una unicidad?, ¿somos un grupo?, ¿somos parte de un universo?
Son preguntas esenciales.
También he hablado de salir a la naturaleza, de los campamentos, de mirar al sol, de mojarse cuando cae una tormenta y disfrutar de ese olor maravilloso. Del sentido del humor, de la simpatía, del cariño, de la generosidad, de los regalos, de intentar hacer un poco más cómoda la vida de quien tienes al lado.
Y he hablado del perdón. Del perdón a los demás y también del perdón hacia uno mismo. No un perdón que borre lo vivido, porque no puede cambiarlo, sino un perdón sentido que permita construir un futuro. En realidad, he querido formular preguntas más que intentar dar respuestas.
«La belleza no es algo inútil. La belleza es algo esencial»
—También reivindica la palabra y las artes en una época dominada por la inmediatez y las pantallas. ¿Qué perdemos cuando descuidamos esos lenguajes?
Pensamiento y palabra van de la mano. Hay que disfrutar de la palabra, de la terminología, de la gestualidad. Y están también las artes. Aquí hemos tenido la suerte de escuchar música, y las artes nos aproximan a la belleza. Y la belleza no es algo inútil. Todo lo contrario: es algo esencial.
Creo que educar exige ofrecer a los jóvenes experiencias que vayan mucho más allá de una pantalla.
—Existe, sin embargo, un dato especialmente preocupante que citó durante nuestra conversación: en apenas una década ha descendido enormemente el porcentaje de profesores que acuden contentos y vocacionalmente a su trabajo. ¿Qué está ocurriendo dentro de las aulas?
Hace diez años aproximadamente el 60 % de los profesores iba al colegio contento, vocacional, alegre. Hoy estamos en torno al 36 %. En apenas una década es un descenso muy preocupante.
¿Qué está pasando? Muchos profesores sienten que las aulas son muy difíciles de gestionar. Tienen 24 ó 25 alumnos y hemos conseguido, afortunadamente, una plena inclusión, pero eso significa encontrarse con chicos con necesidades muy diferentes, con distintos diagnósticos, con alumnos que llegan de otros países y que tienen dificultades para comprender el idioma... El profesorado se siente desbordado, pero sobre todo se siente poco apoyado.
Y después está la relación con algunas familias. Insisto: algunas. Hay padres que utilizan grupos de WhatsApp para realizar críticas muy duras que pueden llegar casi a la calumnia. Eso desincentiva mucho al profesor.
—En ocasiones parece que educar se haya convertido en intentar evitar cualquier dificultad al niño. Usted, sin embargo, reivindica palabras hoy poco cómodas: esfuerzo, memoria, normas, límites e incluso sanciones. ¿Son indispensables?
Para aprender hay que estudiar. Y hay que estudiar mucho. Aprender es como remar contra corriente: en cuanto te paras, la corriente te lleva. Hay que emplear la memoria. Hemos quitado del discurso educativo aspectos esenciales como el esfuerzo, y creo que debemos recuperarlos.
Tenemos que conseguir que la educación sea atractiva, por supuesto, pero también cumplir requisitos, exigir y disponer de herramientas sancionadoras cuando sean necesarias.
Las normas funcionan. Cuando en la carretera sabemos que determinadas conductas suponen perder puntos, modificamos nuestro comportamiento y disminuyen los accidentes. Cuando se prohibió fumar en determinados lugares disminuyó el tabaquismo. Hace falta ilusión y proyecto, pero también hacen falta normas y límites.
—¿Y cómo reconstruimos la confianza entre familia y escuela cuando aparecen esos conflictos?
Escuchando.
Puede haber padres que sean permanentemente críticos. Hay que escucharles porque ellos realmente perciben la situación así. Otra cosa es que tengamos que ayudarles después a contrastar esa percepción.
En una reunión podemos decir: aquí estamos 25 familias, ¿esto está pasando realmente o es una percepción individual? Pero primero hay que comprender que esa persona lo vive así. La escuela necesita un buen clima. Profesores, familias y alumnos tienen que comprender que forman parte del mismo proyecto.
—Utilizó una expresión especialmente sugerente: necesitamos un «defensor del futuro». Usted, precisamente, ha dedicado buena parte de su trayectoria a defender a los menores. ¿Qué significaría defender hoy el futuro?
Estamos transmitiendo demasiada desilusión a nuestros niños. Les decimos que vivirán peor que sus padres, que no tendrán futuro, que no podrán comprar una vivienda ni quizá alquilarla, que las parejas se rompen, que todo es incertidumbre. Transmitir desilusión a un niño es transmitir desilusión al futuro. Por eso creo que necesitaríamos una figura distinta: no solamente un defensor del menor, sino un defensor del futuro. Alguien que obligara a que las decisiones legislativas y presupuestarias de los gobiernos tuvieran que plantearse previamente una cuestión: ¿esto va a repercutir positivamente en la próxima generación y en las siguientes? Hay muchísimo por hacer. Pero también quiero decir algo importante: visito muchísimos colegios e institutos y se hacen muchas cosas, y muchas cosas se hacen muy bien. Hay creatividad, compromiso, asociaciones de familias implicadas, alumnos que quieren aprender. Y existe algo que ninguna pantalla puede sustituir: que un antiguo alumno llegue un día y diga a un profesor: «Tú no sabes quién soy, pero fui alumno tuyo y tú me cambiaste la vida». Tú, querido profesor. No una pantalla.
—Ha mencionado también los riesgos que afrontan algunos adolescentes: bandas, sectas, páginas que promueven conductas dañinas, aislamiento, una relación excesiva con las pantallas... ¿Dónde debe situarse hoy la prevención?
Hay que poner el foco donde pueda existir peligro, precisamente para prevenirlo. Hay chicos que no tienen amigos, que llega el viernes y no saben con quién quedar. Y entonces se refugian en una pantalla y pueden terminar entrando en determinados contenidos dañinos.
Pero no podemos educar únicamente desde el miedo. Hay que hacerlo sobre todo desde lo positivo: campamentos, naturaleza, deporte, compromiso con los demás.
Que un joven visite a niños enfermos en un hospital. Que conozca realidades sociales difíciles. Incluso he dicho que los adolescentes deberían visitar un cementerio. Allí encuentras muchas lápidas; unas dicen «excelentísimo señor», otras no, pero finalmente todos acabamos en el mismo lugar.
Hay que enseñarles a mirar la vida a largo plazo.
— De ahí surge quizá una de las preguntas más hondas de su conferencia. No «¿para qué he vivido?», sino «¿para quién he vivido?».
Sí. Esa es la pregunta.
¿Para quién he vivido? Creo que cambia mucho nuestra forma de entender la existencia.
— Usted insiste continuamente en el vínculo. Incluso recurrió a un conocido experimento psicológico para explicar hasta qué punto una simple palabra puede convertir a un desconocido en alguien del que nos sentimos responsables.
Sí. Imaginemos que voy a una playa, dejo una bolsa al lado de unas personas que están tomando el sol y me voy a nadar. Si alguien intenta llevársela, las posibilidades de que esas personas intervengan son prácticamente nulas.
Pero volvemos a empezar. Dejo la bolsa y antes les digo: «Disculpen, voy a nadar un momento, ¿pueden echarle un ojo?».
Si entonces alguien intenta llevársela, las posibilidades de que intervengan aumentan enormemente.
¿Qué hemos cambiado? Una palabra. Un vínculo. Un pequeño compromiso entre dos personas. Así somos los seres humanos.
— ¿Necesitamos recuperar precisamente ese apego y esa calidez en la educación?
Totalmente.
En los centros que dirijo hemos tenido chicos y chicas de 17 años que todavía duermen con un peluche. Y uno se pregunta: ¿qué necesitan? Vínculo, apego, calidez. El ser humano es sociable.
Lo comprobamos durante la COVID. Nos resultaba muy difícil relacionarnos sin vernos, pero sobre todo nos resultaba terrible no poder abrazar a alguien que estaba sufriendo. Tenemos compasión. Tenemos necesidad de contacto.
Por eso creo que hay que educar a los niños no en el «yo», sino en el «tú». Que comprendan que lo importante no soy solamente yo, sino también el otro.
— Ese paso del «yo» al «tú» enlaza directamente con una palabra muy presente en el mundo franciscano: fraternidad. ¿Cómo se educa para mirar verdaderamente al otro?
Comprometiéndose con los demás.
Habrá momentos de competición y habrá momentos de cooperación, pero como civilización hemos llegado hasta aquí como grupo. Tenemos una parte instintiva y defensiva, pero también tenemos la capacidad de ponernos en el lugar del otro y sensibilizarnos con él. Y ahí aparece una palabra fundamental: fraternidad.
Ser fraternos. Defender la dignidad del otro por el mero hecho de ser persona. Algunas de las grandes conquistas de la humanidad han sido precisamente la Declaración Universal de los Derechos Humanos o la Convención sobre los Derechos del Niño.
Educar es un reto. Un precioso reto.
— Comenzó su intervención dando las gracias a los capuchinos. Después de esta conversación, permítame que cerremos precisamente volviendo al principio. ¿Con qué impresión se marcha?
Con mucha gratitud.
Creo que los capuchinos hacen una labor maravillosa. Me ha gustado su tono, sus ganas de sonreír, de encontrarse, de reunirse viniendo desde lugares diferentes.
Espero que dentro de un tiempo vuelvan a invitarme y que entonces sea capaz de decir cosas sensatas y, al mismo tiempo, distintas de las que he dicho hoy, porque la experiencia de la vida siempre continúa enseñándonos.
Empecé diciendo: «Gracias, capuchinos». Y termino exactamente igual:
Capuchinos, muchísimas gracias.
Luis López, Coordinador de Capuchinos Editorial