En el marco de su visita a España con motivo del bicentenario de las Hermanas Carmelitas de la Caridad de Vedruna, el cardenal capuchino Sean O’Malley ofrece una mirada serena, profunda y comprometida sobre su vocación, la misión de la Iglesia y uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la migración. Con la experiencia de décadas al servicio de los más vulnerables, su voz interpela, ilumina y llama a vivir el Evangelio con radicalidad en un mundo herido.
—Eminencia, para situar al lector, ¿Podría presentarse brevemente y compartir los principales hitos de su recorrido personal y pastoral?
Soy el cardenal Sean O’Malley, fraile capuchino de la provincia de Pensilvania, en Estados Unidos. Allí nací y durante muchos años trabajé con inmigrantes en Washington.
He sido obispo en cuatro diócesis: comencé en las Islas Vírgenes, después en Fall River, más tarde en Palm Beach y, finalmente, durante 21 años en Boston. Hoy me considero un simple fraile que intenta ayudar en lo que puede.
—Su vocación tiene un origen muy concreto. ¿Cómo nace en usted el deseo de ser capuchino?
Mi familia era muy católica y estaba muy implicada en la vida de la parroquia. Tuve un tío sacerdote que me bautizó y que fue una figura muy cercana para nosotros, pero el encuentro decisivo vino a través de los capuchinos, cuando llegaron a ayudar en nuestra comunidad.
Desde muy pequeño empecé a servir misa como monaguillo. En aquel tiempo era necesario contar con acólitos para poder celebrar, así que nuestra casa estaba muy vinculada al ritmo de la parroquia. Recuerdo incluso que, si faltaban monaguillos, el párroco venía temprano por la mañana a llamarnos para que fuéramos a ayudar. Aquello formaba parte de nuestra vida cotidiana.
Entre todos los sacerdotes, hubo un capuchino que me marcó especialmente. Era un hombre sencillo, cercano, y celebraba la misa con una naturalidad que a mí me llamaba la atención. Pero el momento más importante llegó cuando visité el seminario siendo todavía muy joven. Allí conocí a un fraile anciano que trabajaba en el jardín. Hablamos largo rato, y al marcharnos, mi padre dijo una frase que nunca olvidé: “Ese hombre es el más feliz del mundo”.
Aquello me sorprendió profundamente. A mis ojos, no tenía nada de lo que el mundo suele considerar importante, pero irradiaba paz, bondad y alegría. Comprendí que mi padre tenía razón, y en mi interior nació un deseo muy sencillo: quería ser feliz como aquel fraile. Con el tiempo volví al seminario y ese mismo religioso llegó a ser mi confesor durante muchos años. Fue un camino que empezó casi sin darme cuenta, pero que fue tomando forma con claridad.
—¿Qué recuerda de su primera misa como sacerdote?
La celebré en 1970, en plena guerra de Vietnam, y fue una misa por la paz. Quise celebrarla con las Clarisas, en un ambiente sencillo, con mi familia y algunos frailes. Fue un momento muy significativo.
—Su trayectoria ha estado muy vinculada a la realidad migratoria. ¿Cómo comienza ese compromiso?
Inicialmente iba a ser enviado a la Isla de Pascua como misionero, pero el arzobispo de Washington pidió ayuda urgente porque estaban llegando miles de inmigrantes de Centroamérica debido a los conflictos en sus países.
Así, pasé casi veinte años trabajando con comunidades hispanas. Aquella experiencia marcó profundamente mi vida.
—En ese contexto, ¿recuerda algún episodio que le haya impactado especialmente?
Sí, lo recuerdo con mucha claridad, porque fue prácticamente el primer día que llegué al centro. Se presentó un hombre, un campesino salvadoreño, completamente desbordado. Estaba llorando, no podía ni hablar con normalidad, y me entregó una carta de su esposa.
En la carta, su mujer le reprochaba que había abandonado a la familia. Tenían seis hijos y estaban pasando hambre. Él, con gran angustia, me explicó que había llegado a Estados Unidos y que trabajaba lavando platos en dos restaurantes. Para ahorrar todo lo posible, me decía que comía de los restos de los platos y que iba caminando al trabajo para no gastar en transporte. Todo lo que ganaba lo enviaba a su familia.
Pero durante seis meses no habían recibido absolutamente nada. Su mujer pensaba que los había abandonado. Al intentar entender qué ocurría, le pregunté cómo enviaba el dinero. Me explicó que preparaba el sobre, ponía los sellos y lo depositaba en un buzón azul de la esquina.
Cuando miré por la ventana, comprendí lo que había sucedido: no era un buzón, era un basurero.
Durante medio año había estado echando todo su esfuerzo, todo su sacrificio, literalmente a la basura, sin saberlo. Aquello me impactó profundamente. Me ayudó a comprender hasta qué punto estas personas viven en una situación de vulnerabilidad extrema: muchas veces sin educación, sin información, sin apoyo, intentando sostener a sus familias en medio de circunstancias muy duras.
Ese encuentro fue para mí una especie de escuela. Me permitió entender de manera concreta el sufrimiento de los migrantes, su dignidad y también la enorme necesidad de acompañamiento. A partir de ahí, mi mirada cambió para siempre.
—Desde su experiencia, ¿cómo valora la situación actual de la inmigración en Estados Unidos?
La vivimos con mucha preocupación y, diría también, con tristeza. Resulta difícil comprender lo que está ocurriendo, especialmente si recordamos la propia identidad de nuestro país. Estados Unidos es, en esencia, una nación formada por inmigrantes. Salvo los pueblos originarios, todos somos inmigrantes o descendientes de inmigrantes.
A lo largo de nuestra historia, hemos tenido una gran capacidad para integrar a las personas que llegan. Los hijos de inmigrantes crecen identificándose plenamente con el país, aportando su cultura, su trabajo, su energía. Son una riqueza, no un problema.
De hecho, si observamos algunos datos, vemos que una parte muy significativa de quienes han contribuido al desarrollo científico, cultural o económico del país han sido inmigrantes.
Por eso, el clima actual, marcado por una actitud negativa hacia la inmigración, es profundamente preocupante. No solo por las políticas en sí, sino por el cambio de mentalidad que refleja. Se olvida con facilidad de dónde venimos y de lo que hemos sido capaces de construir precisamente gracias a la acogida.
Además, cuando no se ofrecen vías legales y seguras, se empuja a las personas a situaciones de irregularidad donde quedan expuestas a la explotación, al miedo y a la inseguridad. Es una realidad que no solo afecta a los migrantes, sino a toda la sociedad.
Creo que es un momento que exige reflexión, memoria y responsabilidad. Recordar nuestra historia y actuar con humanidad es fundamental para no perder lo mejor de lo que somos.
—En España se está desarrollando un proceso de regularización. ¿Qué reflexión le merece?
España ha sido un país acogedor, especialmente con personas de Latinoamérica, que comparten lengua y cultura. La regularización es importante porque la irregularidad expone a las personas a la explotación.
Tener leyes eficaces permite integrar, proteger y dignificar. Nadie quiere emigrar si no es necesario. También debemos preguntarnos por qué los países ricos no ayudan más a los países de origen.
—Usted ha tenido cercanía con el Papa Francisco. ¿Qué destacaría de su pontificado?
Era un Papa muy cercano a los problemas reales de la humanidad: la pobreza, el clima, las migraciones… Hemos trabajado juntos en distintos ámbitos y ha sido una figura muy significativa para la Iglesia.
—Otro tema importante en su ministerio ha sido la lucha contra los abusos. ¿Cuál ha sido su implicación?
En varias diócesis donde fui obispo afrontamos esta realidad. He trabajado en la Comisión Pontificia para la Protección de Menores.
Es un problema global, no solo de la Iglesia, pero cuando afecta a un clérigo el daño es aún mayor porque rompe la confianza espiritual. La Iglesia ha trabajado en transparencia, prevención y acompañamiento a las víctimas.

—Como capuchino, ¿qué figura espiritual ha marcado más su vida?
Sin duda, San Francisco de Asís. Es la inspiración fundamental de nuestra vocación: su radicalidad evangélica, su alegría, su pobreza.
También es cierto que en muchos lugares el Padre Pío suscita una gran atracción vocacional.
—Para finalizar, ¿qué mensaje le gustaría dejar a quienes lean esta entrevista?
Cada momento es una oportunidad para volver a Dios y acercarnos a los demás. El mundo necesita cristianos que vivan con autenticidad el Evangelio. Con tanta violencia y sufrimiento, estamos llamados a responder juntos como hermanos. Paz y bien.
—Quizá hoy más que nunca, acoger, regularizar y acompañar no es solo una tarea pendiente, sino una oportunidad para hacer visible el rostro más humano y evangélico de nuestra sociedad.
Luis López, Coordinador de Capuchinos Editorial