Alejandro Izquierdo, es el hombre que sostiene —desde dentro— la salida de Jesús de Medinaceli. Cada Viernes Santo, miles de personas contemplan emocionadas la salida de Jesús y la Virgen Dolorosa. Pero pocos conocen lo que ocurre antes de que se abran las puertas. Alejandro Izquierdo, responsable del montaje de los tronos, nos abre las entrañas de ese trabajo invisible: técnica, tensión, sacrificio… y una fe que no se improvisa.
Cuando el trono aún está en silencio
Hay momentos que no se ven. Antes de que la puerta se abra, antes de que la música suene y antes de que las lágrimas aparezcan en la calle, hay un trabajo silencioso, exigente y profundamente humano. En ese espacio —entre herramientas, flores, estructuras y nervios— se mueve Alejandro Izquierdo. “El trono no se monta solo. Detrás hay un trabajo enorme que casi nadie ve”
—Alejandro, para quien no te conozca, ¿Quién eres y cómo llegas a esta responsabilidad?
Soy Alejandro Izquierdo Mota. Entré aquí hace once años… y la verdad es que no sabría decir por qué. Simplemente vino así. Empecé con el primer trono, que iba sobre ruedas. Aquello era mucho más sencillo. Con los años, todo ha ido cambiando. Y lo que antes era más simple, ahora es algo mucho más complejo.
—¿Eres técnico? Llevas una gran responsabilidad. ¿Cómo lo afrontas?
Yo no soy técnico, soy más bien “manitas”. Trabajo en mantenimiento, y se me dan bien estas cosas. Pero aquí nadie viene por lo que sabe, sino por algo más.
Venimos por fe. Porque queremos. Y también porque, aunque haya momentos muy duros, esto nos llena y, aunque cueste mucho, merece la pena.
—¿Qué ha cambiado en estos años en el montaje de los tronos?
Todo. Antes el trono del Cristo iba con ruedas. En un par de horas lo tenías preparado. No tenía comparación con lo de ahora.
Hoy hablamos de un trono que ronda los 3.800 kilos, con más de 200 anderos. El de la Virgen, aunque más pequeño, es incluso más complejo de montar porque hay que armarlo completamente: mesa, candelabros, estructura…
"Esto ya no es lo de antes. Esto es otra dimensión"

—¿Qué se siente al montar algo que luego van a ver miles de personas?
Muchísima responsabilidad. Cuando está dentro, lo tienes controlado. Pero cuando sale… todo cambia. Cada levantada, cada parada, todo se mueve: las flores, la imagen, los elementos. Recuerdo el primer año a hombros. La corona se cayó varias veces. Un jarrón llegó a caer y le abrió la cabeza a un guardia. Son cosas que pasan en directo, pero tú estás ahí… y lo pasas muy mal. Es demasiada responsabilidad.
—Después de tantos años, ¿Uno se acostumbra?
No. Nunca. Cuando estás montando y llega el momento de levantarlo… las piernas tiemblan. Y siguen temblando después de once años. Hasta que no está todo asegurado, no respiras. Y cuando bajas al Cristo en el ascensor… se te ponen los pelos de punta. Eso no se pierde nunca.
—Desde fuera se ve devoción, pero dentro, ¿Hay también mucha exigencia?
Muchísima. Ese día no quiero ver a nadie. Estoy concentrado al máximo. Cualquier error puede ser grave.
Aquí se trabaja muchas horas. Cada vez más: ensayos, montajes, actos… empezamos días antes y no paramos hasta el domingo de Resurrección.
Hay momentos muy buenos, pero también muy duros.

El papel de los anderos: fe que se carga al hombro.
Manuel es andero y acompaña a Alejandro en este entrevista.
—Manuel, a quien todos conocen como “Lolo”, dice: "tú no solo ves el trono… lo llevas", y le preguntamos: ¿Cómo nace en ti ese compromiso y qué significa para ti ser andero de Jesús de Medinaceli?
Yo me llamo Manuel, pero aquí todo el mundo me llama Lolo. El nombre me lo pusieron por mi hijo, que fue quien empezó primero aquí. Yo venía mucho a la basílica porque siempre he tenido mucha fe en Jesús, y muchas veces le decía a mi mujer que no entendía cómo, con la devoción que hay, no se le sacaba en condiciones, no solo con ruedas.
Al final, sin darme cuenta, acabé dentro. Mi hijo se apuntó con un amigo y ni me lo dijeron. Luego llegó el COVID y yo estuve muy mal, ingresado 35 días. Y yo siempre digo que estoy aquí gracias a Él. A partir de ahí hice una promesa: mientras pueda, voy a salir y voy a ayudar en todo lo que haga falta.
Ser andero es eso: compromiso. Nadie te obliga. Esto es devoción, es sacrificio y es esfuerzo. Hay gente que viene de muy lejos solo para ensayar. Mi propio hijo trabaja en Lanzarote y cuando hay ensayo se coge un avión, viene, ensaya y se vuelve. Y como él, muchos.
Luego llega el Viernes Santo… y todo tiene sentido. Es el momento. Esa es la recompensa.

—Lolo, hablabas del compromiso de la gente… ¿Recuerdas algún ejemplo que refleje hasta dónde llega esa entrega?
Sí, hay varios, y son de verdad impresionantes. Ya te he contado lo de mi hijo, que viene desde Lanzarote solo para ensayar, pero no es el único. Tenemos compañeros que vienen desde Málaga, como Paco —el marido de Silvia—, que cuando hay ensayo se organiza el viaje, viene el sábado por la mañana para estar aquí a su hora, hace el ensayo, se toma algo con los compañeros… y se vuelve otra vez. Y no es un caso aislado. Aquí viene gente de muchos sitios: de Ocaña, de Guadalajara, de pueblos de alrededor… gente que tiene su vida, su trabajo, su familia, pero que se organiza para estar aquí. Eso es lo que yo digo siempre: aquí nadie está obligado. El que está, está porque quiere. Y eso se nota.
—Alejandro ¿Qué te gustaría que entendiera la gente que ve la procesión desde la calle?
Que esto no sale solo. Que, como ves, detrás hay un montaje enorme. Que hay gente que deja su tiempo, su familia, sus fines de semana. Que hay sacrificio. Y también me gustaría que supieran algo importante: el Cristo que sale es el mismo que está en la basílica. No hay réplica.
Además, aquí no hay relevos. El que sale, vuelve cuando termina el recorrido procesional. Son hombres y mujeres que cargan el trono sobre los hombros, guiados por la música y el paso marcado. Y, cada ensayo, cada metro recorrido, cada levantá, exige disciplina, coordinación y entrega.

—¿Cómo es el equipo que hay detrás?
Yo estoy al frente del mantenimiento. Pero en realidad esto lo sacamos entre todos. Siempre hay gente dispuesta a ayudar.
Cuando convocamos para montar, aparecen 30 ó 40 personas sin fallar. Eso dice mucho.
—¿Y cuando termina la procesión?
Cuando se cierra la puerta… llegan los abrazos. Porque el esfuerzo ha merecido la pena. Lo hemos conseguido un año más.
—¿Qué es, todo esto para ti?
Es un honor. Muy grande. Y aunque haya momentos en los que lo pasas mal —muy mal—, cuando ves al Señor en la calle… todo cobra sentido.
Escucho a Lolo y Alejandro. Comprendo que no se trata solo de una procesión. Se trata de una fe sostenida entre muchos. De un trabajo invisible. De una entrega que no se improvisa. Porque el trono no sale solo. Nunca ha salido solo.
Luis López, Coordinador de Capuchinos Editorial