Joel Antonio Torres. Del exilio forzado al abrazo de Dios

Joel Antonio Torres. Del exilio forzado al abrazo de Dios


"La vocación me encontró en el silencio tras la muerte de mi padre"


La vocación no siempre llega en los contextos más ideales. A veces irrumpe en medio del dolor, el exilio, la soledad. En otras ocasiones se presenta sin avisar, como un susurro que se abre paso en medio del ruido. Así le ocurrió a Joel, un joven nicaragüense que, huyendo de la persecución política, encontró en España no solo un refugio, sino también una llamada: la de Dios.

Conversamos con él para conocer, además de su itinerario geográfico y vital, su travesía interior.

Joel, gracias por abrirnos tu corazón. Para comenzar, cuéntanos: ¿cuánto tiempo llevas en España y cómo fueron esos primeros pasos aquí?

Llevo cinco años, cumplidos justo el pasado 13 de febrero. Mi primer destino fue Sevilla, donde estuve tres meses. Luego pasé a Huelva y, finalmente, me instalé en Marchena, que también pertenece a la provincia sevillana. Fue un proceso de adaptación rápido, aunque cargado de muchas emociones. Dejar tu país no es solo hacer una maleta, es también dejar parte de ti, tus raíces, tu gente, tu historia.

 

 

Tu llegada a España no fue por motivos turísticos ni laborales, sino por una situación mucho más compleja. ¿Qué fue lo que te llevó a salir de Nicaragua?

Es cierto. Mi salida no tuvo nada que ver con buscar una mejora económica. 
En realidad, fue una cuestión de supervivencia. En 2018, Nicaragua vivió un estallido sociopolítico que marcó profundamente al país. Yo trabajaba para el Estado, concretamente en el ámbito educativo. Pero al alzar la voz contra ciertas irregularidades, perdí mi licencia laboral. Y no fue solo eso: comenzó una persecución sutil, pero constante, que venía incluso desde compañeros de trabajo.

La situación se agravó cuando la policía me advirtió que debía eliminar publicaciones críticas al gobierno que había hecho en redes sociales. Me dijeron que, de no hacerlo, sería detenido y terminaría en la cárcel. En ese momento, mi padre aún vivía y me dio un consejo que no olvidaré: “Busca otro lugar donde puedas vivir sin miedo”. España, en ese momento, ofrecía refugio a personas perseguidas por razones políticas, y fue mi oportunidad de empezar de nuevo.

Imagino que dejar tu tierra no solo supuso una ruptura geográfica, sino también emocional. Pero lo que llama la atención es que, en medio de ese proceso tan doloroso, surgiera una inquietud vocacional. ¿Cómo ocurrió?

Fue completamente inesperado. Yo ya tenía una vida adulta, con responsabilidades, trabajo, independencia. Me integré muy pronto en la sociedad española, sobre todo en Andalucía, donde el carácter es cálido y muy latino. Pero todo cambió radicalmente cuando mi padre falleció.

No pude regresar a Nicaragua para despedirme de él. El régimen no me permitía volver. Y eso me dejó un vacío tremendo. Me aislé, dejé de salir, perdí interés en todo. Fue un duelo muy duro. Tuve que buscar apoyo psicológico. Pero sobre todo me volví hacia Dios. Comencé a rezar con intensidad, buscando consuelo, sentido, respuestas.

Y en medio de ese silencio interior, sentí que algo se movía dentro de mí. Ya no encontraba alegría en las cosas de antes. Algo me estaba cambiando por dentro. Y aunque no lo sabía, era el inicio de un camino nuevo.

 

 

Ese momento de silencio, de vacío, fue también el terreno fértil donde germinó una llamada. ¿Recuerdas el instante en que comenzó a tomar forma?

Sí. Una noche, tomé una medalla que mi madre me había regalado. Tenía la imagen de un sacerdote y, al reverso, leí un nombre: Fray Odorico D'Andrea. Llamé a mi madre para preguntarle quién era. Me dijo que fue el sacerdote que los casó y que está en proceso de beatificación. Esa figura me llamó mucho la atención.

Comencé a investigar, y di con la Orden de los Frailes Menores. Leí sobre su vida, su espiritualidad, y me impresionó descubrir que el cuerpo de Fray Odorico D'Andrea permanece incorrupto en Nicaragua. Aquello despertó algo en mí. Luego llegaron las películas sobre San Francisco de Asís, y más tarde el Padre Pío.

Y ahí sí, fue un flechazo. Conocer la vida del Padre Pío me marcó profundamente. Su entrega, su lucha, su fe en medio del sufrimiento... Sentí que había algo en él que hablaba directamente a mi interior. Pero aún me resistía a aceptar lo que estaba ocurriendo.

Sí, veo que el Padre Pío aparece en tu historia como un punto de inflexión. ¿Qué significó para ti?

Muchísimo. En primer lugar, fue un apoyo espiritual en mi duelo. 
Me ayudó a salir del abismo emocional en el que estaba. Para mí, fue un verdadero milagro. Y en segundo lugar, se convirtió en mi intercesor personal, mi referente. Rezo con él todos los días. Fue como si Dios me lo hubiera puesto en el camino justo en el momento en que más lo necesitaba.

¿Cómo diste el paso concreto hacia una comunidad religiosa? No es algo sencillo…

No, para nada. Un día, decidí escribir a las tres ramas franciscanas: los frailes menores, los conventuales y los capuchinos. Me dije: al primero que me responda, me lanzo. Y fueron los capuchinos los que contestaron. Me remitieron al hermano Mario y así empezó todo.

El proceso fue gradual. Al principio seguía trabajando, pero ya no disfrutaba de lo que antes me llenaba. Estaba más centrado en lo que comenzaba a descubrir interiormente. Cuando me pidieron que escribiera la carta para ingresar al postulantado, tardé todo el día. Me costaba renunciar a la vida que había construido. Pero esa noche, a las nueve, finalmente dije: “Lo voy a intentar”.

¿En qué trabajabas en ese momento? ¿Y en Nicaragua?

Aquí en España trabajaba para una empresa de distribución de productos cárnicos. Luego pasé a ser asesor comercial de empresas eléctricas. En Nicaragua, era maestro de primaria y secundaria en un colegio público del Estado, en la zona de La Trinidad.

¿Cómo fue tu entrada al postulantado? ¿Qué sentiste al dejar todo atrás y comenzar esta nueva etapa?

Sentí una gran incertidumbre. Aunque ya estaba muy integrado en la sociedad andaluza, sabía que entrar al postulantado era dar un paso muy serio. Además, los frailes eran mayores, con otro ritmo de vida, otra experiencia. Me preguntaba: “¿Encajaré aquí?”. Pero cuando llegué a Zaragoza y conocí a los hermanos, todo empezó a fluir. Descubrí una vida de oración, de fraternidad, de sencillez que me hizo mucho bien. Cada día me iba respondiendo interiormente con más claridad.

En ese sentido, ¿Cómo vives hoy la espiritualidad franciscana?

Con mucha gratitud. Me siento profundamente unido a la figura de San Francisco, su radicalidad, su pobreza, su alegría. Pero, sin duda, el Padre Pío sigue siendo mi ancla. Es el que me impulsó a decir “sí” y el que me sostiene cada día.

¿Qué mirada tienes sobre la situación vocacional en España?

No me gusta decir que no hay vocaciones. Yo creo que sí las hay. Lo que pasa es que faltan personas e instituciones que acompañen, que se acerquen, que escuchen. Como decía el Papa Francisco: los consagrados deben “oler a oveja”. Es decir, estar cerca del pueblo, de los jóvenes, de sus inquietudes reales.

Y también creo que necesitamos actualizar nuestras formas. Los jóvenes de hoy no rechazan a Dios, pero sí buscan nuevas maneras de encontrarse con Él. Hay que salir de ciertos moldes antiguos y aprender a hablar su lenguaje sin perder el Evangelio.

Esta entrevista también se compartirá en redes sociales. ¿Qué mensaje le dejarías a un joven que la lea?

Les diría que se arriesguen. Que no tengan miedo a preguntarse qué quiere Dios de ellos. Que le dediquen al menos 15 minutos al día a Jesús para hablar con Él, en silencio, sin máscaras. Si lo hacen con sinceridad, encontrarán respuesta.

Y sobre todo, les diría algo que decía San Oscar Romero: “Con tu todo y mi nada, podemos hacer mucho, Señor.” Eso es lo que cada día intento decir yo también.

(Luis López, Coordinador de Capuchinos Editorial)

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