La visita apostólica del papa León XIV a España ya forma parte de la historia reciente de nuestra Iglesia. Pero, más allá de los actos multitudinarios y de las imágenes que han recorrido los medios de comunicación, quedan las palabras, los gestos y el mensaje que nos invita a seguir construyendo una sociedad más humana y fraterna. Desde Gijón, el hermano Jesús R. Chilán comparte una reflexión serena sobre los frutos que deja esta visita vivida, precisamente, desde la distancia.
“¡Que no se va!” Se escuchaba en el momento en que debía terminar la visita del Papa a España, al retrasarse la salida del vuelo de regreso a Roma, por avería en el avión. En cierto modo, estas palabras, dichas con tono de humor, podrían reflejar una de las sensaciones que ha dejado esta visita del Papa. Él se ha sentido a gusto en medio del pueblo español. Los católicos madrileños, barceloneses y canarios se han encontrado, también, muy a gusto, con su pastor.
Los que hemos seguido esta visita del Papa, desde fuera de los lugares visitados, lo hemos podido hacer sin todos los inconvenientes, los cortes de tráfico, tiempos de espera, etc. Y, a la vez, nos hemos perdido las sensaciones de la realidad, el ambiente, la vivencia que supone el encontrarse con tanta gente en la misma sintonía, en fin, todas esas buenas sensaciones que vienen con el acontecimiento.
Desde la distancia no nos hemos dado cuenta de los fallos que ha habido, y que sí acusan los participantes: los fallos en el sonido, los cambios de última hora, las esperas interminables, etc. Las televisiones se han encargado de suplir, unas veces inocentemente, y otras “intencionalmente”, cuestiones que podían ser delicadas o susceptibles desde unas u otras interpretaciones.
Por otro lado, desde esta distancia, efectiva y afectiva, hemos estado, tal vez, más atentos al mensaje del Papa, en los distintos encuentros y momentos. Sin distracciones, y también, sin el “calor” del momento. Nos han llamado, sin profundizar mucho, desde esa primera impresión todavía, algunos momentos, palabras, gestos del Papa.
Nos sorprendió enseguida, en sus primeras palabras de saludo, al afrontar, secundado por el Rey, el tema, doloroso, de los abusos dentro de la Iglesia española. Se nos “avisaba” desde determinados grupos de opinión, que el Papa iba a evitar esa cuestión. Pues desde el primer momento lo afrontó. Y más adelante tuvo encuentros, discretos, que es como ha de hacerse eso, con víctimas de los abusos. También cuando se dirigió a los obispos… Aunque no ha sido “suficiente” para el periódico que persigue este pecado que también afecta a la Iglesia.
A los jóvenes les habló sin miedo. Les mostró modelos y autoridades espirituales “nada” modernos, les invitó a hacer silencio, a poner silencio en sus vidas, para poder superar tantas distracciones. Les dijo “buscad siempre la verdad”. Y les mostró unas herramientas para su fe: oración, Palabra de Dios y Eucaristía. Y les “ató” a la realidad: “sed humanos”. “Vosotros podéis cambiar la historia, hacedlo con el amor”.
No tuvo miedo en valorar el pasado, la historia, de la Iglesia, “escuela de fe”, como impulso para construir el futuro. Siempre poniendo en el centro de todo, como dirección, al ser humano, el que sufre.
Enseguida aparecieron una serie de gestos que dejaban entrever la persona que habita bajo la sotana blanca: la bendición a los niños, la mirada centrada en cada persona a la que saluda, el abrazo cuando las circunstancias lo pedían (con permiso incluido), nunca mostrar un gesto de cansancio… Gestos que gritaban una forma escogida de ser persona y cristiano.
Sorprendentes fueron las intervenciones que tuvo tanto en el Congreso de los Diputados, como en el encuentro “Tejer redes” con el mundo de la cultura, encuentros inéditos en las visitas papales (al menos por el planteamiento). Ambos son mensajes para estudiar y reflexionar pausadamente. Sin miedo, o dicho de otra forma, con gran generosidad, habló el Papa directamente tanto a los políticos como a los otros factores constructores de la sociedad (cultura, arte, economía, y deporte): la dignidad humana, el bien común, el papel de la cultura, la responsabilidad del lenguaje (la comunicación no es neutral, puede herir o sanar…), invitó al diálogo social centrado en la persona, teniendo en cuenta a todos, también a los ancianos, a los pobres y a quienes no tienen voz. Cultura del encuentro y no enfrentamiento; superar la polarización…
En Barcelona y Canarias siguió en la misma línea (no podía ser menos), invitando a “alzar la mirada” una vez más, y superar nuestro mundo cerrado para abrirlo a los demás. “Sed profetas de unidad y acogida”. Mirando al ser humano que sufre, desde Cristo… en los puertos, cementerios sin lápidas… lo dejó bien claro: “frente a quien especula con la desesperación”… “hay que acoger, asistir e integrar”.
Un periodista valoraba, al terminarse la visita, que uno de los frutos que, a su parecer, estaba dando ya esta visita apostólica, era transmitir y llenar de esperanza a todo el pueblo español, no sólo a los católicos; una esperanza que vendría a “levantar” los ánimos de un día a día lleno de problemas, juicios y sinsabores, un “Alzad la mirada” que habría llegado a muchos más que a quienes inicialmente de dirigía (véase el Congreso de los Diputados, todos los diputados y senadores, aplaudiendo durante un buen rato…).
La sensación, desde fuera (no hay otra, de momento) es que el Papa fue creciendo conforme pasaban estos días que ha estado entre nosotros. Sus gestos, desde una gran timidez, han dejado entrever a una persona entrañable, cercano, con los pies en la tierra, sencillo, consciente de cada segundo de su vivir, con sentido del humor; dicho en una palabra: “humano”. Desde lo que él es plenamente, lo que nos pide a todos los cristianos españoles: ser verdaderamente humanos.
En alabanza de Cristo. Desde Gijón, fr. Jesús R. Chilán, franciscano capuchino.