Mes de Jesús
Hemos terminado el mes de mayo, el mes de María, y nos adentramos en junio, el mes de Jesús.
Hemos terminado el mes de mayo, el mes de María, y nos adentramos en junio, el mes de Jesús. Dos de las fiestas importantes en la tradición católica nos lo recuerdan: el Sagrado Corazón y el Corpus. Las dos nos hablan del amor incondicional de Cristo, que ama y ser entrega por nosotros sin límites. En muchos de nuestros pueblos y ciudades se celebran estos días de forma especial. Es una llamada de atención para que la devoción no se quede en un acto de piedad personal sin más, sino que tenga una dimensión comunitaria: para que otras personas tengan esperanza a la hora de afrontar sus días y se renueven el amor sin límites de nuestro Dios.
En la última encíclica que escribió el papa Francisco, “Dilexit nos”, animaba a volver al corazón. En este mundo “es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde cada persona hace su síntesis; allí donde los seres concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias, convicciones, pasiones, elecciones… porque en la sociedad actual el ser humano tiene el riesgo de perder el centro de sí mismo”.
Pasadas estas fiestas nos llega la de san Antonio de Padua, a quien tenemos una devoción especial. San Antonio nos lleva a los primeros años de la creación de la familia franciscana, pues pertenece a aquella primera generación de hombres que quisieron formar parte del movimiento espiritual creado por Francisco de Asís. Este año estamos celebrando el 800 aniversario de su muerte.
San Antonio contribuyó mucho al desarrollo de la espiritualidad franciscana. Tenía un buen conocimiento bíblico y teológico que utilizó en su enseñanza y su predicación. Aunque en un año lo proclamaron santo, muchos años después, en 1946, el papa Pío XII lo proclamó doctor de la Iglesia dándole el título de “Doctor evangélico”, pues en sus sermones que dejó escritos ponía de manifiesto la belleza del Evangelio.
San Antonio escribió que “la caridad es el alma de la fe, hace que esté viva; sin el amor, la fe muere”. El amor siempre se orienta hacia el otro. Ayuda a dejar la propia realidad y va al encuentro de lo diferente, estableciendo una relación de acogida, cordialidad y amistad. El amor es tan central, que quien lo tiene, lo tiene todo. Por eso Jesús en el evangelio da tal importancia al amor al otro, que es idéntico al amor a Dios.
Nuestra fe cristiana afirma que Dios nos salva por amor. También nosotros reconocemos que es el amor esa fuente de energía nos ayuda y puede “salvar” a otros, porque convierte a quienes están o sentimos distantes en próximos y a los próximos en hermanos y hermanas.
Benjamín Echeverría, OFMcap