Vinculación y arraigo a la tierra

En clave capuchina quiere ser un espacio para mirar la realidad desde la sensibilidad franciscana de nuestros hermanos. En este nuevo texto, el hermano Luis Silvestre nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con la tierra, el arraigo y el cuidado de la casa común en un mundo marcado por el desarraigo y la fragilidad. Una propuesta para volver a sentirnos parte de la creación… y responsables de ella.

Vinculación y arraigo a la tierra

Se estima que un total de 304 millones de migrantes (datos de 2024), cerca del 4% de la población mundial, se han visto obligados y obligadas a abandonar su tierra natal, dentro o fuera de su propio país. A esta cifra hay que añadir los 83 millones de personas que se vieron obligadas, forzosamente, a abandonar sus casas y probar suerte en otros lugares debido a conflictos armados, persecución política, orientación sexual, cambio climático… entre otras causas.

Para muchos, este es un tiempo de desplazamientos, de precariedad, de provisionalidad, en definitiva, de desarraigo. Muchas personas sienten que no tienen un lugar donde quedarse, un lugar donde pertenecer. Debemos ser sensibles a esta realidad y ser conscientes de las dificultades que padecen las personas migrantes y las consecuencias que todos estos movimientos tienen en los diferentes aspectos de nuestro mundo actual.

Este desarraigo humano y social nos ayuda a comprender otro desarraigo más silencioso, pero no menos profundo: el producido por la ruptura de nuestra relación con la Creación, con nuestra casa común, con el hogar que Dios Creador nos regaló y del que fuimos constituidos guardianes.

Hemos recibido el mandato de “guardar y cultivar la creación” (Gn 2,15). Por tanto, somos la parte “responsable” de la Creación: podemos nombrar, contemplar, alabar y dar dirección a la Creación en conjunto con Dios, pero tenemos el mandato de “cuidarla”, no destruirla.

Dice el papa Francisco en la Laudato si’: “Hemos crecido pensando que éramos propietarios y dominadores”.

Cuando tratamos la tierra como un objeto, como un artículo de consumo, perdemos también el vínculo interior, esa sensación de pertenencia que muchos de nuestros mayores tenían y que en muchas ocasiones nos han transmitido. Es como cuando vamos al campo, al monte o al mar, y nos sentimos en casa, nos vinculamos más con la realidad, eso que solemos llamar “recargar las pilas”.

Vincularnos con la tierra es vincularnos con la realidad. Por eso, la ruptura con nuestras raíces genera soledad, consumismo, individualismo y pérdida de identidad.

Arraigarse no significa “volver al campo” ni “ser ecologista”: es vivir en relación sana y constructiva, con Dios, con los demás y con la Creación. Es descubrir que Dios nos habla también a través de lo creado: la naturaleza es un libro donde Dios nos habla.

San Francisco vivió una fe encarnada: besó a los leprosos, vivió pobre entre los pobres, recibió las marcas en su cuerpo, ideó el primer Belén… fe, cuerpo y sentidos iban de la mano. Y fruto de esa encarnación es su visión de la Creación como familia: “hermana tierra”, “hermano sol”, “hermana agua” ... Para él, cada criatura era un vínculo, un lazo. No lo vivía como poesía, sino como fraternidad real. Por eso, caminaba sobre las piedras para no pisar animales pequeños y pedía que dejaran un trozo de huerta sin cultivar para que las malas hierbas crecieran.

Arraigarnos en la tierra es volver a la verdad: que somos criaturas llamadas a vivir en comunión, no dominando, y que solo cuidando la vida podremos alabar al Señor de la vida.

Luis Silvestre, Capuchino

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