En 1789 un vendaval, y no precisamente atmosférico, se extendió por Francia afectando a todas las personas, pero de una manera especial a aquellas que pertenecían al mundo religioso. Sacerdotes, religiosos y religiosas se vieron involucrados en los efectos de la Revolución Francesa.

Fueron muchos los que, por su fidelidad a la fe, entregaron su vida. Se cumplía la palabra que el Maestro dijo a los suyos: “Mirad que os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas. Pero ¡cuidado con la gente!, porque os entregarán a los tribunales, os azotarán en las sinagogas y os harán comparecer ante gobernadores y reyes por mi causa, para dar testimonio ante ellos y ante los gentiles” (Mt 10,16-18).
El 26 de octubre de 1926 el papa Pío XI beatificaba a 191 de los que habían encontrado la palma del martirio durante la revolución. Entre ellos, había un capuchino, el P. Apolinar de Posat. Era suizo y estaba en París preparándose para dirigirse a las misiones de Siria. Tuvo la desgracia (¿o la gracia?) de encontrarse en el lugar inoportuno en el momento inoportuno. Pero él vivió aquel acontecimiento desde la fe en la que estaba enraizado.
Juan Jaime Morel, que ese es su nombre de bautismo, nació en 1739 en Suiza, en un pequeño pueblo, cerca de Friburgo, en una familia de hondas raíces religiosas que confiaron su formación, primero, a un tío sacerdote y, después, en Friburgo, a un colegio de los jesuitas, fundado por san Pedro Canisio. Destacó ya en este tiempo de formación por su capacidad intelectual y también por su vida espiritual.
Su inclinación a la vida religiosa hacía pensar que, dada su formación y su capacidad intelectual, se haría realidad en la Compañía de Jesús, donde se había formado. Sin embargo, en 1762, a los veintitrés años, ingresa en el noviciado de los Hermanos Capuchinos, recibiendo el nombre de fray Apolinar de Posat con el que será conocido en adelante. En 1764 recibe la ordenación sacerdotal tras la cual concluye los estudios de teología en Lucerna, destacando, también aquí, por su capacidad, causando admiración en sus profesores.
Comienza entonces su apostolado que toma dos direcciones fundamentales. En el interior de la fraternidad capuchina se le encargará la delicada tarea de acompañar a los que se inician en la misma. Ejerce de director y profesor de los estudiantes de teología y como maestro de novicios, esforzándose por ayudar a los que comenzaban su recorrido religioso a fundamentar su vida religiosa sobre roca firma, capaz de hacer frente a las tormentas y vendavales (Mt 7,24-25). Al servicio de esta tarea pondrá, como indicaban las Constituciones, sus mejores cualidades y, sobre todo, el ejemplo de su vida. La otra dirección de su apostolado fue la dedicada a la predicación en misiones populares, a la enseñanza de la catequesis y al acompañamiento y dirección espiritual de las personas. Conocida su preparación intelectual, también le pidieron que dirigiera una escuela para formar y dar catequesis a los niños, tarea que desempeñó con gran éxito y fruto.
En el éxito y el triunfo aparecieron las envidias y los celos que se manifestaron en calumnias contra el P. Apolinar. Se puso en cuestión su ortodoxia, acusándole de falta de fidelidad a la fe, pero también se cuestionó la integridad de su vida. Ante las acusaciones él guardó silencio, fiado en que, al final, la verdad resplandecería por sí misma. Solo presionado por sus superiores presentó una defensa pública tanto de su enseñanza como de su vida. Para evitar el escándalo y buscando el bien mayor de la paz, pidió que lo trasladaran a un convento más retirado donde continuó con su vida dedicada a la oración, al estudio y a la atención de quienes acudían a él.
Por ese tiempo, pasó por Suiza el ministro provincial de la Bretaña francesa quien, dándose cuenta del sufrimiento del hermano Apolinar, le propuso un proyecto nuevo para su vida: trabajar junto a sus hermanos capuchinos franceses en las misiones de Siria. Inmediatamente el Padre Apolinar aceptó la propuesta y, para mejor desempeñar su trabajo misionero, se dirigió a París para formarse en las lenguas orientales. En 1788 le encontramos en dicha ciudad dedicado al estudio y al apostolado, atendiendo y sirviendo a los católicos alemanes que había en la ciudad.
Pero el ambiente revolucionario, que estaba latente, estalló de manera violenta en 1789 con la toma de la Bastilla el 14 de julio. A partir de ahí se desencadenó la persecución religiosa. Se suprimieron las órdenes religiosas, se cerraron los conventos y se obligó a los religiosos a buscar una nueva orientación para su vida. Se publicó la Constitución civil del clero obligando a todos los sacerdotes y religiosos a firmarla, pasando a depender no de la sede de Roma, sino de la recién proclamada república. A los que se negaron a firmarla les esperaba la cárcel y, a la mayoría, también la muerte.
El P. Apolinar formó parte de los que fueron encarcelados, aunque antes hubo de experimentar una vez más la fuerza de la calumnia. Se le acusó de haber firmado la citada Constitución civil, calumnia que llegó a oídos de sus superiores que reprobaron su actitud. Confesando que prefería “mil veces morir antes que aparecer como haber prestado juramento a la nueva Constitución”, publicó el 23 de octubre de 1791 una sincera defensa de su verdadera postura. Siguió ejerciendo su labor sacerdotal en medio de las dificultades y de la tormenta revolucionaria. En agosto de 1792, fundado en las palabras del Maestro: “Cuando os entreguen, no os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis; en aquel momento se os sugerirá lo que tenéis que decir, porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros” (Mt 10,19-20), se entregó confesando su rechazo a la Constitución civil. Fue encarcelado en la iglesia del Carmen donde, el 2 de septiembre, encontró la muerte junto a otros 113 mártires.
En los meses anteriores a su muerte el P. Apolinar había escrito a un amigo sacerdote: “Alegraos conmigo, uníos a mí para glorificar al Señor. Nos hallamos en dificultades insuperables, pero no sucumbimos; somos débiles, pero no desesperamos; perseguidos, pero no abandonados; abatidos, pero no perdidos. No lloréis por mí. Soy trigo de Cristo. Es necesario que sea triturado por los dientes de las fieras, para convertirme en pan puro”. Ante la muerte de aquellas personas, el comisario que presidía la ejecución confesaba desconcertado: “No entiendo nada; estos sacerdotes han ido a la muerte con la alegría con que se va a unas bodas”. Se repetía lo que había ocurrido en el Calvario: “El centurión, al ver lo ocurrido, daba gloria a Dios, diciendo: Realmente, este hombre era justo” (Lc, 23,47; Mt 27, 54; Mc, 15,39).
Jesús González Castañón