I domingo de Adviento
Todos Los Santos de la Orden Franciscana, S. Saturnino
Primera lectura: Is 63,1-3b-17; 64,1. 3b-8.
¿Quién es ese que viene de Edón, de Bosra, con las ropas enrojecidas? ¿Quién es ese, vestido de gala, que avanza lleno de fuerza? Yo, que sentencio con justicia y soy poderoso para salvar. ¿Por qué están rojos tus vestidos, y la túnica como quien pisa en el lagar? Yo solo he pisado el lagar, y de los otros pueblos nadie me ayudaba. Los pisé con mi cólera, los estrujé con mi furor. ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. Lo mismo que el fuego abrasa los arbustos, y como el fuego hace hervir el agua; así harías conocer tu nombre a tus adversarios. Ante ti temblarían las naciones. Ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en él. Sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti. He aquí que tú estabas airado y nosotros hemos pecado. Pero en los caminos de antiguo seremos salvados. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un vestido manchado; todos nos marchitábamos como hojas, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano. No te irrites, Señor, en demasía, no recuerdes por siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo.
Palabra de Dios.
Salmo: Sal 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19.
R/. Oh, Dios, restáuranos, que brille tu Rostro y nos salve.
Pastor de Israel, escucha;
Tú que te sientas sobre querubines,
resplandece; despierta tu poder y ven a salvarnos. R/.
Dios del universo, vuélvete: mira desde el cielo,
fíjate, ven a visitar tu viña.
Cuida la cepa que tu diestra plantó
y al hijo del hombre que Tú has fortalecido. R/.
Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que Tú fortaleciste.
No nos alejaremos de Ti: danos vida,
para que invoquemos tu Nombre. R/.
Segunda lectura: 1 Cor 1, 3-9.
Hermanos, a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Doy gracias a mi Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.
Palabra de Dios.
Evangelio: Mc 13, 33-37.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo, lo digo a todos: ¡Velad!».
Palabra del Señor.
Reflexión:
De varias formas Jesús insistió a sus discípulos sobre la necesidad de vivir en vela. El cristiano no debe vivir adormilado ni sobresaltado. La vigilancia a la que invita está asentada en la esperanza de que el Señor vendrá, advirtiendo del peligro de entregarse a actitudes irresponsables ante la vida. La vigilancia no es solo estar mirando al cielo, sino esperar dinámicamente, mirando a la vida y transformándola con la vitalidad del Evangelio, gestionando los talentos recibidos. Esa es la esperanza que nos hace libres y hasta audaces. Si esperamos así, no absolutizaremos lo transitorio; podremos darnos sin esperar recompensas humanas; asumiremos con paz y serenidad las limitaciones, propias y ajenas, el dolor y la misma muerte; trabajaremos generosamente por un mundo mejor y hasta descubriremos el encanto de la dura realidad. A eso nos invita el Adviento.