Cuarto día dentro de la Octava de Navidad

Santos Inocentes

Primera lectura: 1 Jn 1,5-22.

Queridos hermanos: Les anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo: Dios es luz sin tiniebla alguna. Si decimos que estamos unidos a Él, mientras vivimos en las tinieblas, mentimos con palabras y obras. Pero, si vivimos en la luz, lo mismo que Él está en la luz, entonces estamos unidos unos con otros, y la Sangre de su Hijo Jesús nos limpia los pecados. Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y no somos sinceros. Pero, si confesamos nuestros pecados, Él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y no poseemos su Palabra. Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 123,2-5. 7c-8.

R/. Hemos salvado la vida,
como un pájaro de la trampa del cazador.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros. /R.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes. /R.

La trampa se rompió, y escapamos.
Nuestro auxilio es el Nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra. /R.


Evangelio: Mt 2,13-18.

Cuando se marcharon los magos, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto y se quedó hasta la muerte de Herodes para que se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo». Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos. Entonces se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven».

Palabra del Señor.


Reflexión:

La muerte de los inocentes continúa la línea marcada por la fiesta de san Esteban. La vida de Jesús, ya desde el principio, estuvo marcada por la hostilidad: conoció, ya desde la cuna, la penuria de la persecución. El asesinato de los inocentes obedeció al miedo a la verdad por parte de quien detentaba el poder. Y ese sacrificio sigue vivo en tantos inocentes, niños y no tan niños, víctimas de la ambición, de la irresponsabilidad ante la vida, de una sociedad sorda ante el grito de los sin voz… La Navidad debe recordarnos que la fiesta del 28 de Diciembre no fue una “inocentada”, y que el mejor modo de celebrarla no es dando inocentadas, sino protegiendo la infancia y promoviendo la verdad y la justicia.


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