Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote

Santa María de Jesús Paredes, Beata María Costanza Panas

Primera lectura: Heb 10,12-23.

Hermanos: Cristo después de haber ofrecido por los pecados un único sacrificio, está sentado para siempre jamás a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado definitivamente a los que van siendo santificados. Esto nos lo atestigua también el Espíritu Santo. En efecto, después de decir: Así será la alianza que haré con ellos después de aquellos días, añade el Señor: Pondré mis leyes en sus corazones y las escribiré en su mente, y no me acordaré ya de sus pecados ni de sus culpas. Ahora bien, donde hay perdón, no hay ya ofrenda por los pecados. Así pues, teniendo libertad para entrar en el santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea, de su carne, y teniendo un gran sacerdote al frente de la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero y llenos de fe, con el corazón purificado de mala conciencia y con el cuerpo lavado en agua pura. Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 39, 6. 7. 8-9. 10. 11.

R/. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Cuántas maravillas has hecho, Señor,
Dios mío, cuántos planes en favor nuestro;
nadie se te puede comparar. Intento proclamarlas,
decirlas, pero superan todo número. /R.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides sacrificio expiatorio. /R.

Entonces yo digo:
«Aquí estoy -como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.» Dios mío,
lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. /R.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios;
Señor, tú lo sabes. /R.

No me he guardado en el pecho
tu defensa, he contado tu fidelidad
y tu salvación, no he negado tu misericordia
y tu lealtad ante la gran asamblea. /R.


Evangelio: Lc 22,14-20.

Y cuando llegó la hora, se sentó Jesús a la mesa y los apóstoles con él y les dijo: «Ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el reino de Dios». Y, tomando un cáliz, después de pronunciar la acción de gracias, dijo: «Tomad esto, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios». Y, tomando pan, después de pronunciar la acción de gracias, lo partió y se lo dio diciendo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía». Después de cenar, hizo lo mismo con el cáliz diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.

Palabra del Señor.


Reflexión:

Celebra la Iglesia la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno sacerdote. Sacerdocio que no es como el sacerdocio levítico de Israel. No tiene “antecesores”. Es un sacerdocio “original”, “según el rito de Melquisedec”. Jesús es sacerdote, víctima y altar. No ofrece víctimas, se hace víctima y se ofrece en el altar de la Cruz. Y de este sacerdocio participamos todos los miembros del pueblo de Dios (cf. Rom 12,1-2). El sacerdocio de Cristo no es clasista sino popular. Un sacerdocio que se visibiliza en la celebración eucarística, en la que todos tenemos función sacerdotal específica. Una jornada para reflexionar y agradecer la dimensión sacerdotal de Cristo, del pueblo de Dios, y del sacerdocio ministerial. Un día para pedir al Señor verdaderos “constructores” de la Eucaristía; para pedir sacerdotes santos, referencias lúcidas del sacerdocio de Cristo.


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