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18

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30º Domingo Ordinario 2º de salterio

El Espíritu de Asís, Santa Sabina.

Primera lectura: Jeremías 31, 7-9

Lectura del libro de Jeremías
Así dice el Señor:
«Griten de alegría por Jacob, de gozo por la primera de las naciones; que se deje oír la alabanza de ustedes: «El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel». Voy a traerlos de un país del norte, a reunirlos de los rincones de la tierra: vendrán hasta ciegos y cojos, junto con preñadas y paridas; volverá una enorme muchedumbre.
Vendrán todos llorando y yo los guiaré entre consuelos; los llevaré a la vera de arroyos, por senda recta, sin tropiezos.
Soy como un padre para Israel, Efraín es mi hijo primogénito.»

 


Salmo: 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

R/. El Señor ha hecho maravillas por nosotros, y estamos alegres.
Cuando el Señor hizo renacer a Sión, creíamos estar soñando.
Nuestra boca se llenó de sonrisas,
nuestra lengua de canciones. R/.
Los otros pueblos decían: «El Señor ha hecho maravillas por ellos».
El Señor ha hecho maravillas por nosotros y estamos alegres. R/.

Señor, haznos renacer como a torrentes del Négueb.
Los que siembran entre lágrimas, cosecharán entre cánticos. R/.
Al ir, va llorando el que lleva las semillas;
pero volverá entre cantos trayendo sus gavillas. R/.

 


Segunda lectura: Hebreos 5, 1-6

Lectura de la carta a los Hebreos
Hermanos:
Todo sumo sacerdote es alguien escogido entre los hombres para representar ante Dios a todos los demás, ofreciendo dones y sacrificios por los pecados. Puesto que también él está envuelto en debilidades, puede ser compasivo con los ignorantes y extraviados, y debe ofrecer sacrificios tanto por los pecados del pueblo como por los suyos propios. Es esta, además, una dignidad que nadie puede hacer suya por propia iniciativa; solo Dios es quien llama como llamó a Aarón.
Del mismo modo, no fue Cristo quien se arrogó la dignidad de sumo sacerdote, sino que fue Dios quien le dijo:
Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.
O como dice en otro pasaje de la Escritura:
Tú eres sacerdote para siempre según el rango de Melquisedec.

 


Evangelio: Marcos 14, 46-52

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó acompañado de sus discípulos y de otra mucha gente, un ciego llamado Bartimeo (es decir, hijo
de Timeo) estaba sentado junto al camino pidiendo limosna. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret quien pasaba, empezó a gritar:
—¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!

Muchos le decían que se callara, pero él gritaba cada vez más:
—¡Hijo de David, ten compasión de mí!
Entonces Jesús se detuvo y dijo:
—Llámenlo.
Llamaron al ciego, diciéndole:
—Ten confianza, levántate, él te llama.
El ciego, arrojando su capa, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le preguntó:
—¿Qué quieres que haga por ti?
Contestó el ciego:
—Maestro, que vuelva a ver.
Jesús le dijo:
—Puedes irte. Tu fe te ha salvado.
Al punto recobró la vista y siguió a Jesús por el camino.

 


Reflexión:

Antes de entrar en Jerusalén, Jesús realiza la última curación de volviendo la vista a un ciego, que le invoca como “Hijo de David”. ¡Todo un símbolo! ¡Hay que tener los ojos muy abiertos para comprender los acontecimientos que van a suceder! “¿Qué quieres que haga por ti?” Ante esta pregunta los Zebedeos pidieron poder, Bartimeo, en cambio, visión. Jesús hace ver, porque es Luz; pero no da poder, porque es Servidor. Aquel ciego, recuperada la visión, lo seguía por el camino. ¡El discípulo ha de entenderlo!
 


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