Sábado de la XII semana del tiempo ordinario

San Cirilo de Alejandría

Primera lectura: Lam 2, 2. 10-14. 18-19.

Ha destruido el Señor, sin piedad, todas las moradas de Jacob; ha destrozado, lleno de cólera, las fortalezas de la hija de Judá; echó por tierra y profanó el reino y a sus príncipes.

Se sientan silenciosos en el suelo los ancianos de la hija de Sión; cubren de polvo su cabeza y se ciñen con saco; humillan hasta el suelo su cabeza las doncellas de Jerusalén. Se consumen en lágrimas mis ojos, se conmueven mis entrañas; muy profundo es mi dolor por la ruina de la hija de mi pueblo; los niños y lactantes desfallecen por las plazas de la ciudad. Preguntan a sus madres: «¿Dónde hay pan y vino?», mientras agonizan, como los heridos, por las plazas de la ciudad, exhalando su último aliento en el regazo de sus madres. ¿A quién te compararé, a quién te igualaré, hija de Jerusalén?; ¿con quién te equipararé para consolarte, doncella, hija de Sión?; pues es grande como el mar tu desgracia: ¿quién te podrá curar? Tus profetas te ofrecieron visiones falsas y vanas; no denunciaron tu culpa | para que cambiara tu suerte, sino que te anunciaron oráculos falsos y seductores.

Sus corazones claman al Señor. Muralla de la hija de Sión,¡derrama como un torrente tus lágrimas día y noche; no te des tregua, no descansen tus ojos! Levántate, grita en la noche, al relevo de la guardia; derrama como agua tu corazón en presencia del Señor; levanta tus manos hacia él por la vida de tus niños, que desfallecen de hambre por las esquinas de las calles.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 73,1b-2. 3-4. 5-7. 20-21.

R/. No olvides sin remedio la vida de los pobres

¿Por qué, oh, Dios, nos rechazas para siempre
y está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?
Acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo,
de la tribu que rescataste para posesión tuya,
del monte Sion donde pusiste tu morada. R/.

Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio;
el enemigo ha arrasado del todo el santuario.
Rugían los agresores en medio de tu asamblea,
levantaron sus propios estandartes. R/.

Como quien se abre paso entre la espesa arboleda,
todos juntos derribaron sus puertas,
las abatieron con hachas y mazas.
Prendieron fuego a tu santuario, derribaron
y profanaron la morada de tu Nombre. R/.

Piensa en tu alianza: que los rincones del país
están llenos de violencias. Que el humilde
no se marche defraudado, que pobres
y afligidos alaben tu Nombre. R/.


Evangelio: Mt 8,5-17.

En aquel tiempo al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: «Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho». Le contestó: «Voy yo a curarlo». Pero el centurión le replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano. Porque yo también vivo bajo disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; a mi criado: “Haz esto”, y lo hace». Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe. Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Y dijo Jesús al centurión: «Vete; que te suceda según has creído». Y en aquel momento se puso bueno el criado. Al llegar Jesús a la casa de Pedro, vio a su suegra en cama con fiebre; le tocó su mano y se le pasó la fiebre; se levantó y se puso a servirle. Al anochecer, le llevaron muchos endemoniados; él, con su palabra, expulsó los espíritus y curó a todos los enfermos para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades».

Palabra del Señor.


Reflexión:

Jesús se abre a los paganos. La actitud del centurión, cuya profesión de fe ha quedado inmortalizada en el Evangelio, admiró a Jesús. Y no es el único caso. Una mujer pagana se acercó a él con una petición desgarradora (Mt 15,22). Jesús parece desentenderse. Ella, que es madre, no se rinde ni se ofende. Y Jesús se entrega: “¡Qué grande es tu fe, mujer!” (Mt 15,28). Ante el crucificado la primera profesión de fe fue la de un pagano (Mc 15,39). A Jesús le impresionó la “fe” de estos “no creyentes” oficiales; al tiempo que le decepcionó profundamente la falta de fe de tantos “creyentes de oficio”. ¿Qué es creer? Dios es más que un dogma, y la fe es más que una teoría.


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