Izquierda

lu.

12

abr.

ma.

13

abr.

mi.

14

abr.

ju.

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abr.

vi.

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abr.

sá.

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abr.

do.

18

abr.

Martes 34º Semana Ordinario 2º de salterio

San Leonardo, San Juan Berchmans.

Primera lectura: Apocalipsis 14, 14-19

Ha llegado la hora de la siega, pues ya está seca la mies de la tierra.
 


Salmo: 95, 10. 11-12. 13

R/. El Señor viene dispuesto a gobernar la tierra.
 


Evangelio: Lucas 21, 5-11

En aquel tiempo, algunos estaban hablando del Templo, de la belleza de sus piedras y de las ofrendas votivas que lo adornaban. Entonces Jesús dijo:
—Llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra de todo eso que ustedes están viendo. ¡Todo será destruido!
Los discípulos le preguntaron:
—Maestro, ¿cuándo sucederá todo esto? ¿Cómo sabremos que esas cosas están a punto de ocurrir?
Jesús contestó:
—Tengan cuidado, no se dejen engañar. Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: «Yo soy» o «El momento ha llegado». No les hagan caso.
Cuando ustedes oigan noticias de guerras y revoluciones, no se asusten. Aunque todo eso ha de suceder primero, todavía no es inminente el fin.

Les dijo también:
—Se levantarán unas naciones contra otras, y unos reinos contra otros; por todas partes habrá grandes terremotos, hambres y epidemias, y en el cielo se verán señales formidables.

 


Reflexión:

Jesús advierte sobre la necesidad de un correcto discernimiento. Solo Dios es eterno. Y a las obras humanas les hace eternas el amor. Jesús anuncia que todo tendrá su final, pero libera de especulaciones y fantasías. “No quedará piedra sobre piedra”. Invita a des-idolizar la realidad en todas sus concreciones. Y los ídolos pueden ser muy sutiles y hasta “piadosos”, pero en realidad equivocados e impíos. Hay que implicarse en este mundo, para hacerlo mejor, pero no absolutizarlo. El edificio que hemos de construir es un edificio interior, asentado en la verdad y el amor fraternos: el Reino de Dios. Porque esos son los materiales indestructibles. Al creyente no debe asustarle el “final” de las realidades inmanentes y temporales; debe preocuparle la “finalidad” que él da a su vida. “Si vivimos, vivimos para Dios” (Rom 14,8). ¡Que nadie os engañe! (2 Tes 2,3). Basta saber que detrás de todo o, mejor, en todo, anda el Señor.
 


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