Jueves de la I semana de Cuaresma
San Alejandro
Primera lectura: Est 4,17k.l-z.
En aquellos días, la reina Ester, presa de un temor mortal, se refugió en el Señor. Despojándose de sus vestiduras lujosas, se puso ropas de angustia y aflicción; y, en lugar de sus refinados perfumes, cubrió su cabeza de polvo y basura. Humilló extremadamente su cuerpo con ayunos, cubrió totalmente su aspecto alegre con sus cabellos desordenados y suplicó al Señor, Dios de Israel, diciendo: 1«Señor mío, rey nuestro, tú eres el único. Defiéndeme que estoy sola y no tengo más defensor que tú, porque yo misma me he puesto en peligro. ¡Oh Dios, que todo lo dominas!, atiende a la voz de los que pierden la esperanza y líbranos de la mano de los malvados. Y líbrame de mi temor».
Palabra de Dios.
Salmo: Sal 137,1bcd-2a. 2bcd-3. 7c-8.
R/. Cuando te invoqué, me escuchaste, Señor
Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario. R/.
Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R/.
Tu derecha me salva.
El Señor completará sus favores conmigo.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R/.
Evangelio: Mt 7,7-12.
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden! Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Palabra del Señor.
Reflexión:
Jesús invita a la perseverancia y a la audacia en la oración, confiando en la paternidad amorosa de Dios. Los tres imperativos -pedid, buscad y llamad- marcan el sentido de la oración cristiana. ¿Tenemos la confianza suficiente para orar así? ¿No dejamos un resquicio para la duda? Pero nos dice algo más: Ese modo de orar a Dios nos revela el modo como Dios nos “ora” a nosotros. Sí, Dios se ha hecho “mendicante”, nos suplica; llama a nuestra puerta (Ap 3,20), identificándose con los pobres (Mt 25,34-46). Y así hemos de orar nosotros a Dios. Llamarlo, para abrirnos nosotros; buscarlo, para encontrarnos nosotros; pedirle para darnos nosotros. Jesús invita a orar “desde lo hondo” del alma y de la vida, y a orar con un proyecto de vida, pidiendo a Dios la fuerza para llevarlo adelante.