Izquierda

lu.

18

ene.

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ene.

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ene.

21º Domingo Ordinario 1º de salterio.

San José de Calasanz.

Primera lectura: Josué 24,1-2a. 15-17. 18b

Lectura del libro de Josué
En aquellos días, Josué reunió en Siquén a todas las tribus de Israel, convocando a los ancianos de Israel, a sus jefes, jueces y funcionarios. Una vez que se presentaron ante Dios, Josué dijo a todo el pueblo:
—Si les parece duro rendir culto al Señor, elijan hoy a quién quieren rendir culto, si a los dioses a quienes adoraron sus antepasados en
Mesopotamia o a los dioses de los amorreos en cuyo país ustedes habitan ahora. Yo y mi casa rendiremos culto al Señor.
El pueblo respondió:
—Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses, pues ha sido el Señor, nuestro Dios, el que nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, del país de Egipto, de la casa de la esclavitud, y el que ante nuestros ojos obró tan grandes prodigios y nos protegió a lo largo de todo el camino que recorrimos, poniéndonos a salvo de todas las naciones por las que pasamos. Por tanto, también nosotros rendiremos culto al Señor, porque él es nuestro Dios.

 


Salmo: 33, 2-3. 16-17. 18-19. 20-21. 22-23

R/. Sientan y vean qué bueno es el Señor.
Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza sin cesar está en mi boca.
Todo mi ser se gloría en el Señor;
que lo oigan los humildes y se alegren. R/.
La mirada del Señor está sobre los justos,
sus oídos junto a su grito de socorro;
el Señor se encara con los malhechores
para borrar de la tierra su recuerdo. R/.
Gritan y el Señor los escucha,
de todas sus angustias los libra.
El Señor está cerca de los afligidos,
salva a los que están tristes. R/

Muchos son los males del justo,
pero de todos lo libra el Señor;
protege cada uno de sus huesos
y ni uno de ellos se ha roto. R/.
La maldad hará morir al malo,
quienes odian al justo serán castigados.
El Señor libera a sus siervos,
los que en él confían no serán castigados. R/

 


 


Segunda lectura: Efesios 5, 21-32

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios
Hermanos:
Guárdense mutuamente respeto en atención a Cristo. Que las mujeres respeten a sus maridos, como si se tratara del Señor. Porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y salvador del cuerpo, que es la Iglesia. Si, pues, la Iglesia es dócil a Cristo, séanlo también, y sin reserva alguna, las mujeres a sus maridos. Ustedes, los maridos, amen a sus esposas, como Cristo amó a la Iglesia. Por ella entregó su vida a fin de consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la palabra. Se preparó así una Iglesia radiante, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante; una Iglesia santa e inmaculada. Este es el modelo según el cual los maridos deben amar a sus esposas, como cuerpos suyos que son. El que ama a su esposa, a sí mismo se ama. Pues nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo; todo lo contrario, lo cuida y alimenta. Es lo que hace Cristo con su Iglesia, que es su cuerpo, del cual todos nosotros somos miembros.
Por esta razón —dice la Escritura— dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y ambos llegarán a ser como una sola
persona. Es grande la verdad aquí encerrada, y yo la pongo en relación con Cristo y con la Iglesia.

 


Evangelio: Juan 6, 60-69

En aquel tiempo, muchos de los que seguían a Jesús, al oírlo, dijeron:
—Esta enseñanza es inadmisible. ¿Quién puede aceptarla?
Jesús se dio cuenta de que muchos de sus seguidores criticaban su enseñanza, y les dijo:
—¿Se les hace duro aceptar esto? Pues ¿qué ocurriría si vieran al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? Es el espíritu el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida. Pero algunos de ustedes no creen.
Es que Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a traicionar.
Y añadió:
—Por eso les he dicho que nadie puede creer en mí si no se lo concede mi Padre.
Desde entonces, muchos discípulos suyos se volvieron atrás y ya no andaban con él. Jesús preguntó a los Doce:
—¿También ustedes quieren dejarme?
Simón Pedro le respondió:
—Señor, ¿a quién iríamos? Solo tus palabras dan vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios.

 


Reflexión:


Tras la “propuesta eucarística” (Jn 6,51-58), también en el círculo de los discípulos surgen la crítica y las defecciones. Les parecía un lenguaje radicalizado, sin precedentes. ¡Y en realidad así era! Pero Jesús no da marcha atrás; aclara que su seguimiento, y la comprensión de su palabra y de su persona no se hacen desde la carne y la sangre sino desde la revelación del Padre. Y la pregunta a los Doce, al círculo de intimidad, supone la necesidad de clarificación y decisión libre y personal. La respuesta de Pedro es luminosa: ¡No hay alternativa salvadora a Jesús!
 


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