Izquierda

lu.

25

ene.

ma.

26

ene.

mi.

27

ene.

ju.

28

ene.

vi.

29

ene.

sá.

30

ene.

do.

31

ene.

Martes de la Octava de Pascua

Santos Sotero, Cayo.

Primera lectura: Hch 2,36-41;

El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
—«Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.»
Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
—«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
—«Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor, Dios nuestro, aunque estén lejos.»
Con estas y otras muchas razones les urgía, y los exhortaba diciendo:
—«Escapad de esta generación perversa.»
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.


Salmo: sal 32,4-5. 18-19. 20 y 22;

R/. La misericordia del Señor llena la tierra (o bien: Aleluya).
La palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti. R/.


Evangelio: Jn 20,11-18.

En aquel tiempo, fuera, junto al sepulcro, estaba María, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
—«Mujer, ¿por qué lloras?»
Ella les contesta:
—«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto»
Dicho esto, da media vuelta y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
—«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?»
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
—«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré.»
Jesús le dice:
—«¡María!»
Ella se vuelve y le dice:
—«¡Rabboni!», que significa: «¡Maestro!»
Jesús le dice:
—«Suéltame, que todavía no he subido al Padre. Anda, ve a mis hermanos y diles:
"Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro."»
María Magdalena fue y anunció a los discípulos:
—«He visto al Señor y ha dicho esto.»


Reflexión:

El tiempo que siguió a la Resurrección fue difícil para los discípulos. El sepulcro parecía su único punto de referencia.  Dos aspectos destacan en este relato: las lágrimas de María y la voz de Maestro. Las lágrimas de una buscadora del Señor, a quien reconoce al llamarla éste por su nombre. A Jesús se le reconoce por su voz. Ni la muerte ni la resurrección se la cambiaron. Y las preguntas -“¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?”- valen para todos. Preguntar por el sentido de las lágrimas es ya un primer paso para poder enjugarlas e iluminarlas. Junto a los sepulcros lo normal es llorar, pero ¡hay que saber llorar! La llamada de Jesús, por su nombre, le descubrió al amado. Jesús llama siempre así. ¿Sabemos reconocernos y reconocerlo en su llamada?


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