Izquierda

lu.

22

mar.

ma.

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mar.

mi.

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mar.

ju.

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vi.

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sá.

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Viernes 3ª semana Tiempo Pascual

San Elfego, San León IX

Primera lectura: Hechos 9, 1-20

Ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos.
 


Salmo: 116, 1. 2

R/. Vayan ustedes al mundo entero y proclamen el Evangelio.
 


Evangelio: Juan 6, 52-59

En aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí: —¿Cómo puede este darnos a comer su carne?
Jesús les dijo:

—Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. El Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo gracias a él; así también, el que me coma vivirá gracias a mí. Este es el pan que ha bajado del cielo, y que no es como el que comieron los antepasados y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre.
Todo esto lo enseñó Jesús en la sinagoga de Cafarnaún.

 


Reflexión:

La reacción de la gente ante la propuesta eucarística es de incom prensión: no se trata de ninguna antropofagia. La comprensión del sentido hondo de la Eucaristía no es fácil. Ocurrió desde el principio: provocó una fuerte reacción en los oyentes. ¡Nosotros nos hemos acostumbrado! La hemos “domesticado” y “privatizado”. Deberíamos recuperar la “sorpresa”. Porque la Eucaristía es sorprendente. Implica encarnar a Cristo en la propia carne; es una prolongación de la Encarnación. Hay que comer su carne y beber su sangre, haciendo nuestra su carne y sangre, y haciendo suya nuestra carne y sangre, y esto no se limita a comulgar “sacramentalmente”, sino “existencialmente” con la carne y sangre de Cristo. Comer su carne y beber su sangre no es solo ligarnos intensamente a su causa, sino ligarle a él a la nuestra y a la causa del hombre (Mt 25,40). Solo así viviremos en él y tendremos su vida eterna. La Eucaristía no es una “opción” cristiana, es una “necesidad” cristiana.
 


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