Jueves de la XXIV semana del tiempo ordinario

Impresión de las llagas a san Francisco

Primera lectura: Gál 6,14-18.

En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la nueva criatura. La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma; también sobre el Israel de Dios. En adelante, que nadie me moleste, pues yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté con vuestro espíritu, hermanos. Amén.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 15,1-2. 5. 7-8. 11.

R. Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.
Yo digo al Señor: “Señor, Tú eres mi bien”.
El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡Tú decides mi suerte! R.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
¡hasta de noche me instruye mi conciencia!
Tengo siempre presente al Señor:
Él está a mi lado, nunca vacilaré. R.

Por eso mi corazón se alegra,
se regocijan mis entrañas
y todo mi ser descansa seguro:
porque no me entregarás a la Muerte
ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. R.

Me harás conocer el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,
de felicidad eterna a tu derecha. R.


Evangelio: Lc 9,23-26.

Jesús, decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo? Pues si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria, en la del Padre y en la de los ángeles santos.

Palabra del Señor.


Reflexión:

San Francisco profesó gran devoción a Cristo pobre y crucificado. El icono de la ermita de san Damián estuvo siempre unido a su experiencia evangélica, desde su conversión y a lo largo de su vida. Su proceso de configuración con Cristo culminó en el monte Alverna (1224). Mientras estaba sumido en contemplación divina, el Señor imprimió en su cuerpo los estigmas de su pasión. Se cumplió así su deseo: “Señor Jesucristo, te pido me concedas antes de morir sentir en mi ama y en mi cuerpo, en cuanto posible, el dolor que tú soportaste en la hora de tu acerbísima pasión”. Y san Francisco quedó convertido en “otro” Cristo. El papa Benedicto XI en 1304 concedió a la Familia Franciscana celebrar cada año la memoria litúrgica de este hecho, probado por testimonios fidedignos.


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