Izquierda

lu.

11

ene.

ma.

12

ene.

mi.

13

ene.

ju.

14

ene.

vi.

15

ene.

sá.

16

ene.

do.

17

ene.

24ª Domingo Ordinario 4ª de salterio.

Virgen de Los Dolores, La Bien Aparecida

Primera lectura: Isaías 50, 5-9a

Lectura del libro de Isaías
El Señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado, ni le he vuelto la espalda.
Ofrecí mi espalda a los que me azotaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba; y no me tapé la cara cuando me insultaban y escupían.
Pero el Señor Dios es mi ayuda, por eso no sentía los insultos; por eso endurecí mi cara como piedra, sabiendo que no quedaría defraudado.
Mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará conmigo?
Comparezcamos juntos. ¿Quién me quiere acusar?
Que se acerque a mí. Si tengo al Señor Dios como ayuda, ¿quién podrá condenarme?

 


Salmo: 114, 1-2. 3-4. 5-6. 8-9

R/. Caminaré en presencia del Señor
en la tierra de los vivos.
Amo al Señor porque escucha
mi voz suplicante.
Lo invocaré de por vida,
porque es todo oídos para mí. R/.
Las cadenas de la muerte me cercaban,
me alcanzaba la tristeza del abismo,
era presa de la angustia y el dolor.
Pero invoqué el nombre del Señor:

«Te ruego, Señor, que me salves». R/.
El Señor es clemente y justo,
es compasivo nuestro Dios.
El Señor protege a los sencillos:
estaba yo abatido y me salvó. R/.
Me ha librado de la muerte,
ha preservado mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor
en la tierra de los vivos. R/.

 


Segunda lectura: Santiago 2, 14-18

Lectura de la carta del apóstol Santiago
¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si carece de obras? ¿Podrá salvarlo esa fe?
Imagínense el caso de un hermano o una hermana que andan mal vestidos y faltos del sustento diario. Si acuden a ustedes y ustedes les dicen: «Dios los ampare, hermanos; que encuentren con qué abrigarse y con qué matar el hambre», pero no les dan nada para remediar su necesidad corporal, ¿de qué les servirán sus palabras?
Así es la fe: si no produce obras, está muerta en su raíz.
Se puede también razonar de esta manera: tú dices que tienes fe; yo, en cambio, tengo obras. Pues a ver si eres capaz de mostrarme tu fe sin obras, que yo, por mi parte, mediante mis obras te mostraré la fe.

 


Evangelio: Marcos 8, 27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se fueron a las aldeas de Cesarea de Filipo. Por el camino les preguntó:
—¿Quién dice la gente que soy yo?
Ellos contestaron:
—Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los profetas.

Jesús volvió a preguntarles:
—Y ustedes, ¿quién dicen que soy?
Pedro le contestó:
—¡Tú eres el Mesías!
Jesús les mandó que no hablaran a nadie sobre él. Entonces empezó a explicarles que el Hijo del hombre tenía que sufrir mucho; que había de ser rechazado por los ancianos del pueblo, los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley; que luego lo matarían, pero que al tercer día resucitaría.
Les hablaba con toda claridad. Pedro entonces, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a su vez a Pedro, diciéndole:
—¡Apártate de mí, Satanás! ¡Tú no piensas como piensa Dios, sino como piensa la gente!
Luego Jesús convocó a la gente y a sus propios discípulos y les dijo:
—Si alguno quiere ser discípulo mío, deberá olvidarse de sí mismo, cargar con su cruz y seguirme. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que entregue su vida por mi causa y por la causa de la buena noticia, ese la salvará.

 


Reflexión:

Nos encontramos ante una de las preguntas fundamentales de Je sús -“¿Quién decís que soy yo?”- y ante una de las respuestas fun damentales del evangelio -“Tú eres el Mesías”-. Sin embargo esa respuesta debe ser purificada de toda connotación triunfalista. El mesianismo de Jesús es de otro orden. Y Jesús comienza a desvelárselo “con claridad” a los discípulos. La reacción de Pedro demuestra su limitada visión mesiánica. ¡Pensaban a lo humano! La fe en Jesús requiere adquirir
otro punto de mira: el de Dios. Y solo asumiendo ese punto de mira es posible el seguimiento; y con ese punto de mira el seguimiento es ineludible.

 


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