Viernes de la XIX semana del tiempo ordinario
San Maximiliano Kolbe
Primera lectura: 1 Jn 3,13-18.
No os sorprenda, hermanos, que el mundo os odie; nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte. El que odia a su hermano es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva permanentemente en sí vida eterna. En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos. Pero si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.
Palabra de Dios.
Salmo: Sal 115, 10-11. 12-13. 16.17.
R/. El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas. R/.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.
Evangelio: Jn 15,12-16.
En aquel tiempo dijo Jesus a sus discípulos: Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca. De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé.
Palabra del Señor.
Reflexión:
La liturgia de la Iglesia, y singularmente la familia franciscana, celebran la memoria de san Maximiliano Mª Kolbe. Nació cerca de Lodz (Polonia) en 1894, ingresó en el seminario de los Hnos. Menores Conventuales (1907), y ordenado sacerdote en 1918. Movido por el celo misionero recorrió diversos países, dando origen a numerosos grupos de espiritualidad mariana, fundando la Milicia de María Inmaculada. Deportado por los nazis a diversos lugares de cautiverio, finalmente, en el campo de exterminio de Oswiecim o Auschwitz se ofreció a los verdugos para salvar a otro cautivo, padre de familia, que les suplicaba compasión († 1941). Considerando su ofrecimiento como un holocausto de caridad y un ejemplo de fidelidad para con Dios y los hombres, fue designado por el papa san Pablo VI como “el Mártir de la caridad”.