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Lunes de la XXVIII semana del tiempo ordinario

Nuestra Señora del Pilar, San Serafín de Montegranario

Primera lectura: 1 Cró 15,3-4. 15-16; 16,1-2.

En aquellos días, David congregó en Jerusalén a todo Israel para subir el Arca del Señor al lugar que le había preparado. Reunió también a los hijos de Aarón y a los levitas. Luego los levitas levantaron el Arca de Dios tal como lo había mandado Moisés por orden del Señor: apoyando los varales sobre sus hombros. David mandó a los jefes de los levitas emplazar a los cantores de sus familias con instrumentos musicales —arpas, cítaras y platillos— para que los hiciesen resonar, alzando la voz con júbilo. Llevaron el Arca de Dios y la colocaron en el centro de la tienda que David le había preparado. Ofrecieron holocaustos y sacrificios de comunión en presencia de Dios. Cuando David acabó de ofrecerlos, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 26 1bcde.

R/. El Señor me ha coronado,
sobre la columna me ha exaltado

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R/.

Si un ejército acampa contra mí,
mi corazón no tiembla;
si me declaran la guerra,
me siento tranquilo. R/.

Una cosa pido al Señor, eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R/.

Él me protegerá en su tienda el día del peligro;
me esconderá en lo escondido de su morada,
me alzará sobre la roca. R/.


Evangelio: Lc 11, 27-28.

Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.


Reflexión:

Estas palabras de Jesús iluminan la auténtica piedad mariana. “Hablar de María, celebrarla", decía el papa Francisco en Fátima (2017), debe llevar a preguntarnos: ¿De qué María hablamos? ¿De una maestra de vida espiritual, la primera que siguió a Cristo, por el “camino estrecho” de la cruz dándonos ejemplo, o más bien de una Señora “inalcanzable” y por tanto inimitable? ¿De la “Bienaventurada porque ha creído” siempre y en todo momento (cf. Lc 1,45), o más bien una “santita”, ¿a la que se acude para conseguir gracias baratas? ¿De la María del Evangelio, o de una María retratada por sensibilidades subjetivas, como deteniendo el brazo justiciero de Dios listo para castigar: una María mejor que Cristo, considerado como juez implacable; más misericordiosa que el Cordero que se ha inmolado por nosotros?”. ¿De qué Maria hablamos?


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