Sábado de la XXVII semana del tiempo ordinario

Santo Tomas de Villanueva, San Luis Beltrán

Primera lectura: Gál 3,22-29.

Hermanos: La Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que la promesa se otorgara por la fe en Jesucristo a los que creen. Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo la ley hasta que se revelase la fe. La ley fue así nuestro ayo, hasta que llegara Cristo, a fin de ser justificados por fe; pero una vez llegada la fe, ya no estamos sometidos al ayo. Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7.

R/. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

Cantadle al son de instrumentos,
hablad de sus maravillas.
Gloriaos de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. R/.

Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.

¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.


Evangelio: Lc 11,27-28.

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.


Reflexión:

Las palabras de Jesús, respondiendo al piropo dirigido a su madre, expresan quienes son los verdaderamente “dichosos” ante los ojos de Dios: los que escuchan y cumplen su palabra. Jesús no elude ni desoye el elogio espontáneo a su madre, lo acepta y agradece, pero lo pone en su auténtico lugar. María, en efecto, encarna bien esta definición del verdadero “dichoso”, pues ella fue la primera en acoger la palabra de Dios, de encarnarla y de alumbrarla en su vida. Por otra parte esa era la conciencia que María tenía de su propia vida: ser la sierva del Señor, agradecida por la obra que Dios ha realizado en ella. Este piropo no puede echarse en el olvido, porque a Jesús hay que hablarle con el lenguaje del corazón. Eso también es orar.


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