Izquierda

lu.

18

ene.

ma.

19

ene.

mi.

20

ene.

ju.

21

ene.

vi.

22

ene.

sá.

23

ene.

do.

24

ene.

Sábado 3ª Semana Cuaresma 3ª semana del salterio

Santa Francisca Romana, San Domingo Sabio.

Primera lectura: Oseas 6, 1-6

Quiero misericordia, y no sacrificio. 
 


Salmo: 50, 3-4. 18-19. 20-21ab

R/. Quiero amor, y no sacrificio.
 


Evangelio: Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a unos que alardeaban de su propia rectitud y despreciaban a todos los demás, Jesús les contó esta parábola:
—En cierta ocasión, dos hombres fueron al Templo a orar. Uno de ellos era un fariseo, y el otro un recaudador de impuestos. El fariseo, plantado en primera fila, oraba en su interior de esta manera: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque yo no soy como los demás: ladrones, malvados y adúlteros. Tampoco soy como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y pago al Templo la décima parte de todas mis ganancias».
En cambio, el recaudador de impuestos, que se mantenía a distancia, ni siquiera se atrevía a levantar la vista del suelo, sino que se golpeaba el pecho y decía: «¡Oh Dios! Ten compasión de mí, que soy pecador».
Les digo que este recaudador de impuestos volvió a casa con sus pecados perdonados; el fariseo, en cambio, no. Porque Dios humillará a quien se ensalce a sí mismo; pero ensalzará a quien se humille a sí mismo.

 


Reflexión:

La parábola no enfoca a los “orantes” cuanto a Dios. Descalificamos al fariseo, por su autosuficiencia, y alabamos la humildad del publicano. Sin embargo el centro es el Dios al que oran: un Dios que conoce el interior y aquien no aplacan los sacrificios sino la misericordia. Las palabras de la oración no deben engañarnos Más allá de la ortodoxia de las fórmulas está la sinceridad del corazón; y a veces elaboramos textos que son pura exterioridad, “como rocío matinal que pasa” (Os 13,3), porque “No el que dice: Señor, Señor…” (Mt 7,21). Las actitudes del fariseo y del publicano ante Dios son emblemáticas. El fariseo lo eclipsa con su enorme YO; no le permite ser su salvador, se salva él. No le da gracias, se aplaude a sí mismo. El publicano, en cambio, deja a Dios todo el protagonismo, le permite ser su salvador. La enseñanza de Jesús es clara. La soberbia, hunde; la humildad, salva. No se puede orar desde la confrontación.
 


  • Compártelo!