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Miércoles de la XXVII semana del tiempo ordinario

Virgen del Rosario

Primera lectura: Hch 1,12-14.

Después de subir Jesús al cielo, los apóstoles se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos

Palabra de Dios.


Salmo: SalLc 1,46b-47. 48-49. 50-51. 52-53. 54-55.

R/. Bienaventurada eres, Virgen María,
que llevaste en tu seno al Hijo del Padre eterno.

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. /R.

Porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo. /R.

Y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón. /R.

Derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos. /R.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. /R.


Evangelio: Lc 1,26-38.

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel. El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin». Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco varón?». El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible». María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra». Y el ángel se retiró.

Palabra del Señor.


Reflexión:

Esta advocación mariana destaca el sentido profundo del rezo del Rosario, invitándonos a descubrirlo como oración meditada de la vida de Cristo. Denominado “salterio de la Virgen”, Pablo VI en la “Exhortación sobre el culto a la Virgen María” destaca su índole evangélica y contemplativa. “Sin ésta, dice, el Rosario es un cuerpo sin alma y corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas. El rosario es una oración excelente, pero el fiel debe sentirse libre, atraído a rezarlo, en serena tranquilidad, por la intrínseca belleza del mismo”. ¿No residirá el motivo del “deterioro” del rezo del Rosario, en haber olvidado sus tonos originales? ¿Abandonar o recuperar el Rosario? Quizá haya una cuestión previa: ¡Descubrirlo! Que su rezo nos lleve a orar la vida de Cristo y a honrar la figura de nuestra Madre.


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