Viernes de la IX semana de Pascua
San Bonifacio
Primera lectura: 2 Tim 3,10-17.
Querido Hermano:
Me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la magnanimidad, el amor, la paciencia, las persecuciones y los padecimientos, como aquellos que me sobrevinieron en Antioquía, Iconio y Listra. ¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor. Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. Pero los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a los demás y engañándose ellos mismos. Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.
Palabra de Dios.
Salmo: Sal 118, 157. 160. 161. 165. 166. 168.
R/. Mucha paz tiene los que aman tu ley, Señor.
Muchos son los enemigos que me persiguen,
pero yo no me aparto de tus preceptos. R/.
El compendio de tu palabra es la verdad,
y tus justos juicios son eternos. R/.
Los nobles me perseguían sin motivo,
pero mi corazón respetaba tus palabras. R/.
Mucha paz tienen los que aman tu ley,
y nada los hace tropezar. R/.
Aguardo tu salvación, Señor,
y cumplo tus mandatos. R/.
Guardo tus preceptos y tus mandatos,
y tú tienes presentes mis caminos. R/.
Evangelio: Mc 12, 35-37.
En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”. Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.
Palabra del Señor.
Reflexión:
La opinión de que el Mesías era descendiente de David hunde su raíz en el AT; no obstante, con el paso del tiempo fue abriéndose un poco la interpretación de la filiación davídica en sentido genealógico estricto. La argumentación de Jesús, realizada, desde los supuestos judíos (Sal 110), pretende demostrar la debilidad de la teología mesiánica de los escribas. Jesús no pretende negar la filiación davídica del Mesías, ni desentenderse él de ella, sino matizarla, liberándola de connotaciones político-religiosas demasiado reducidas y nacionalistas, que él rechazaba para sí. Para reconocer en él al Mesías hay que abandonar planteamientos académicos y abrirse a la revelación de Dios. Hay que formular la fe en Jesús, pero su realidad / misterio supera cualquier formulación humana. Reconocerle como el Mesías es aceptarlo como el mediador de nuestra salvación (1 Tim 2,5).