Martes de la XVIII semana del tiempo ordinario
San Juan María Vianney
Primera lectura: Ez 3,16-21.
Al cabo de los siete días, el Señor me dirigió esta palabra: «Hijo de hombre, te he constituido centinela de Israel. Cuando escuches una palabra de mi boca, los amonestarás de parte mía. Si yo digo al malvado “morirás inexorablemente”, y tú no lo habías amonestado ni le habías advertido que se apartara de su perversa conducta para conservar la vida, el malvado morirá por su culpa; pero a ti te pediré cuenta de su vida. En cambio, si amonestas al malvado y él no se convierte de su maldad y de su perversa conducta, entonces él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida. Si, al contrario, el justo se desvía de su justicia y obra mal, yo le pondré una trampa y morirá. Como tú no lo has amonestado, él morirá por su pecado, y no se tendrán en cuenta las obras buenas que había hecho; pero a ti te pediré cuenta de su vida. Pero si tú amonestas al justo para que no peque, y no peca, ciertamente él conservará la vida, porque había sido amonestado, y tú habrás salvado la tuya».
Palabra de Dios.
Salmo: Sal 116, 1. 2.
Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco.
Evangelio: Mt 9,35-10,1.
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia. Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos: «La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies». Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Palabra del Señor.
Reflexión:
Celebra hoy la liturgia la memoria de san Juan Mª Viannney, “el santo Cura de Ars”, presbítero, nacido cerca de Lyón, en el año 1786. Tuvo que superar muchas dificultades para llegar a ser ordenado sacerdote. Durante más de cuarenta años se entregó con admirable celo pastoral al servicio de la parroquia de Ars, pequeña población de la diócesis de Belley. Con una asidua predicación, con una intensa oración, mortificación y caridad promovió el adelanto espiritual de la comunidad, destacando su amor a la Eucaristía y la dedicación a la administración del sacramento de la penitencia. Murió en el año 1859 y fue declarado patrono de todos los párrocos por el Papa Pío XI. En él se cumple el perfil del “obrero” que hoy se subraya en las palabras del evangelio.