Izquierda

lu.

22

mar.

ma.

23

mar.

mi.

24

mar.

ju.

25

mar.

vi.

26

mar.

sá.

27

mar.

do.

28

mar.

Sábado de la XXVI semana del tiempo ordinario

San Francisco de Borja

Primera lectura: Job 42,1-3. 5-6. 12-17.

Job respondió al Señor: «Reconozco que lo puedes todo, que ningún proyecto te resulta imposible. Dijiste: “¿Quién es ese que enturbia mis designios sin saber siquiera de qué habla?”. Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que superan mi comprensión. Dijiste: Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto y me arrepiento, echado en el polvo y la ceniza». El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio. Llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas. Tuvo siete hijos y tres hijas: la primera se llamaba Paloma; la segunda, Acacia; y la tercera, Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre las hizo herederas, igual que a sus hermanos. Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, a sus nietos y a sus biznietos. Murió anciano tras una larga vida.

Palabra de Dios.


Salmo: Sal 188, 66. 71. 75. 91. 125. 130.

R/. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

Enseñame la bondad, la prudencia y el conocimiento,
porque me fío de tus mandatos. R/.

Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. R/.

Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. R/.

Por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a su servicio. R/.

Yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos. R/:

La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R/.


Evangelio: Lc 10,17-24.

En aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».

Palabra del Señor.


Reflexión:

Los discípulos regresan alegres por el éxito de la misión, pero Jesús les invita a la reflexión, indicándoles dónde reside la verdadera alegría: en saber que sus nombres están registrados en el cielo. En un mundo superficialmente alegre, como el nuestro, Jesús invita a profundizar en le verdadera alegría, que no está en que nos sonría la vida sino en sonreír a la vida, ni en la diversión sino en la conversión; no es un “estado de ánimo”, sujeto a circunstancias externas y cambiantes, sino un “estado del alma” anclado en la certeza de que Jesús no defrauda, ni es patrimonio de los que ríen, sino de los que esperan. Y eso solo lo entienden los sencillos, por eso, rebosando alegría, alaba al Padre y declara bienaventurados a los discípulos. Es la “verdadera alegría” de Francisco de Asís.


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