Miércoles de la I semana de Adviento
Santa Bibiana, Beata María Ángela Astorch
Primera lectura: Is 25,6-10.
Preparará el Señor del universo para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el lienzo extendido sobre todas las naciones. Aniquilará la muerte para siempre. Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros, y alejará del país el oprobio de su pueblo —lo ha dicho el Señor—. Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios. Esperábamos en él y nos ha salvado. Este es el Señor en quien esperamos. Celebremos y gocemos con su salvación, porque reposará sobre este monte la mano del Señor, pero Moab será pisoteado en su propia tierra, como se pisa la paja en el muladar.
Palabra de Dios.
Salmo: Sal 22, 1b-3a. 3bc. 4.5.6.
R/. Habitaré en la casa del Señor por años sin término.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su Nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque Tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.
Evangelio: Mt 15,29-37.
En aquel tiempo, Jesús, se dirigió al mar de Galilea, subió al monte y se sentó en él. Acudió a él mucha gente llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros; los ponían a sus pies y él los curaba. La gente se admiraba al ver hablar a los mudos, sanos a los lisiados, andar a los tullidos y con vista a los ciegos, y daban gloria al Dios de Israel. Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: «Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despedirlos en ayunas, no sea que desfallezcan en el camino». Los discípulos le dijeron: «¿De dónde vamos a sacar en un despoblado panes suficientes para saciar a tanta gente?». Jesús les dijo: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete y algunos peces». Él mandó a la gente que se sentara en el suelo. Tomó los siete panes y los peces, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos, y los discípulos a la gente. Comieron todos hasta saciarse y recogieron las sobras: siete canastos llenos.
Palabra del Señor.
Reflexión:
Jesús sube al monte, monte que evoca el monte isaiano (Is 25,6-10), donde Dios preparará el banquete, curará las heridas, enjugará las lágrimas de los pueblos, sanará las enfermedades y saciará las hambres de los hombres. Y a él acude una humanidad dolorida, y “los curaba”. Con Jesús ha llegado ese momento. Esa gente “dolorida” no solo se acercaba a Jesús; Jesús se acercaba a ella. Eran su compañía habitual y preferida. Él era su única esperanza, y no quería defraudarla. Y no quiere que nosotros la defraudemos. A veces pensamos no disponer de medios. “¿Cuántos panes tenéis?”. Jesús bendice su pobreza y con ella satisface las necesidades del momento. La lección es clara: hay que darse y compartir. En el contexto del Adviento, Jesús es presentado como la esperanza y dador de esperanza.