Tenía algo en la mirada
En clave capuchina es un espacio para dejarnos interpelar por la mirada creyente de nuestros hermanos.
En este nuevo texto, el Hermano Fidel Aizpurúa nos invita a detenernos en algo tan sencillo -y tan profundo- como la mirada: esa forma de estar ante los demás que puede herir o acoger, juzgar o abrazar, pasar de largo… o reconocer la dignidad del otro. Una reflexión breve y sugerente que nos abre una pregunta personal: ¿cómo estamos mirando nosotros?
No era alto, ni elegante, ni especialmente atrayente. Pero tenía algo distinto en la mirada. Solía decir que los animales ven pero que los humanos miran. Él miraba. Si te dabas cuenta, en el fondo de sus pupilas estabas tú. Era su manera de conectar con el corazón.
Cuando miraba, cuando te mirabas en él, entendías que eras como de su familia. Para él la palabra “hermano/a” recalaba en sus ojos. Lo notabas en que jamás te juzgaba, porque si algo se nota es la mirada que te juzga. Como una espiga cargada de granos, así estaban sus ojos cargados de cercanía. Ante él, estabas en casa.
No sabía mirar por encima del hombro con una mirada de superioridad sencillamente porque jamás se creyó superior de nadie. A él le gustaba estar en el llano, donde es fácil mirar los ojos del otro sin tener que apearse de nada. Como por propia experiencia sabía de heridas, ponía mucho cuidado al tocar el alma del otro. Era de los que no se apropian, de los no te roban la entraña, no era un saqueador del corazón. Se percibía eso en cuanto le veías, en cuanto te miraba.
Uno se preguntaba en que fuentes ocultas había bebido para tener aquella mirada tan limpia como las aguas más tranquilas. Los que lo conocían lo sabían: el silencio era su compañero, la plegaria su lenguaje, el disfrute de la luz su alimento. Tenía dentro un torrente silencioso que le hacía conectar con facilidad con el latido más hondo de la más pequeña criatura que respira. Brillaban sus ojos con el brillo del rocío.
Su mirada decía a las claras que él no escondía ninguna factura que pasar después en concepto de tiempo ofrecido, de escucha amante, de amparo cálido. Era un convencido de que lo que se recibe gratis hay que darlo gratis. Ni debía ni le debían. Su mirada era como la de los ojos de los pájaros que cantan agradecidos al amanecer y al día siguiente lo vuelven a cantar. Mirada que no lleva cuentas.
Quienes le miraban a la cara y hablaban con él veían que la esperanza ensanchaba su corazón, que el aire era más ligero y que vivir y respirar era un don sagrado. Era la esperanza que brota de lo pequeño, de lo cotidiano, de lo que tienes alcance de la mano. Decía con un amor que contagiaba: “Espera y verás”. Su mirada era la firma de sus palabras.
Su mirada no era coto cerrado, tesoro sellado, casa atrancada. Lo suyo era mirar al campo abierto, al horizonte que se pierde, al cielo que termina no se sabe dónde. Como un taladro sus ojos llegaban a los adentros para descubrir ahí la perla de la dignidad. Cuando hablaba de lo que amaba, hablaba sobre todo de eso, de la dignidad. El brillo de sus ojos era el de un incendio.
Mirándole brotaba siempre la misma pregunta: ¿Quieres mirar como yo? ¿Quieres que miremos juntos? ¿Quieres que unamos nuestros otros en una mirada cautivadora? ¿Quieres?
Fidel Aizpurúa, OFMCap
DESCUBRE “CON OTRA MIRADA”