El Cántico de las Criaturas no nació solo de la contemplación, sino de una escucha profunda. Francisco de Asís supo callar lo suficiente como para oír lo que la creación llevaba siglos diciendo sin palabras.
El Cántico de las Criaturas no nació solo de la contemplación, sino de una escucha profunda. Francisco de Asís supo callar lo suficiente como para oír lo que la creación llevaba siglos diciendo sin palabras. Vivimos saturados de ruido, y su cántico sigue recordándonos que la relación con la naturaleza comienza cuando dejamos de imponer nuestra voz y aprendemos a escuchar.
Escuchar la creación no es un ejercicio romántico, sino un acto espiritual exigente. Requiere tiempo, atención y humildad.
La tierra habla en sus ciclos, en sus silencios, en sus límites. Habla cuando el agua escasea, cuando los bosques enferman, cuando el clima se desajusta. Y habla también cuando amanece con belleza intacta o cuando una criatura encuentra refugio. La creación no grita: susurra, y solo quien se detiene logra comprenderla.
Francisco escuchó ese susurro y lo tradujo en fraternidad. No vio en la naturaleza un recurso, sino un lenguaje; no una propiedad, sino una relación. Por eso pudo llamar hermano al sol y hermana a la luna: porque antes aprendió a situarse él mismo como criatura. Escuchar implica aceptar que no somos el centro, que formamos parte de un entramado de vida que nos precede y nos sobrevive.
Hoy, sin embargo, vivimos instalados en la prisa. Corremos incluso cuando caminamos por el campo, miramos sin ver, usamos sin agradecer.
La crisis ecológica es también una crisis de atención: hemos dejado de escuchar y, al hacerlo, hemos roto la armonía. Recuperar el espíritu del Cántico implica reaprender el ritmo lento de la creación, su paciencia, su sabiduría silenciosa.
Escuchar la creación transforma la ética. Quien escucha, cuida; quien cuida, protege; quien protege, ama. No se trata solo de cambiar hábitos —aunque sea necesario—, sino de cambiar la mirada. La austeridad franciscana no nace de la renuncia triste, sino de la alegría de quien ha descubierto que lo esencial basta. Escuchar la tierra nos libera del consumo compulsivo y nos reconcilia con la sencillez.
Hay un silencio fecundo en los bosques, en las montañas, junto al agua que corre. Ese silencio no es vacío: está lleno de presencia. En él, el ser humano recuerda su lugar, reconoce su fragilidad y agradece el don de la vida. El Cántico brotó de ese silencio habitado, donde Francisco aprendió que alabar a Dios es también no violentar lo que Él ama.
En el contexto de este aniversario, estamos llamados no solo a recordar un texto, sino a asumir una actitud. Escuchar la creación es una forma de oración. Es permitir que el mundo creado nos evangelice, que nos devuelva la capacidad de asombro y nos enseñe a vivir con mayor delicadeza.
Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea hablar más sobre la creación, sino escucharla mejor. Allí donde el ser humano vuelve a escuchar, comienza la reconciliación; y donde hay reconciliación, la esperanza vuelve a echar raíces.
Porque la creación sigue cantando. Solo espera que alguien se detenga… y escuche.
Escuchar la creación también nos educa en la paciencia. La naturaleza no se rige por la inmediatez ni por el rendimiento, sino por procesos lentos y fieles. El árbol crece sin prisa, el río avanza sin detenerse, la semilla germina en la oscuridad antes de ofrecer fruto. Francisco aprendió esta pedagogía del tiempo y la acogió como camino espiritual.
Hay, además, una dimensión comunitaria en esta escucha. Cuando el ser humano deja de escuchar a la tierra, también deja de escuchar al hermano. La sordera ecológica va unida a la indiferencia social. Recuperar la armonía con la creación implica sanar nuestras relaciones humanas, especialmente con los más pobres, que son siempre los primeros en sufrir las heridas del planeta. Escuchar la creación es, en el fondo, escuchar el clamor de los vulnerables.
Por eso, el espíritu del Cántico de las Criaturas sigue siendo hoy una escuela de humanidad. No nos propone huir del mundo, sino habitarlo de otro modo: con más respeto, más gratitud y más ternura. Allí donde el ser humano vuelve a escuchar —al bosque, al río, al silencio, al hermano— renace la posibilidad de un futuro distinto. Y entonces, sin darnos cuenta, nuestra vida entera se convierte también en cántico.