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Semi-religiosas en el bosque de Sant ' Angelo di Panzo

Semi-religiosas en el bosque de Sant ' Angelo di Panzo
(Del libro de N. KUSTER, Francisco y Clara de Asís. Una biografía doble, pp.71-72)

Semi-religiosas en el bosque de Sant ' Angelo di Panzo

Clara sufre, en esta fase, etapas muy parecidas a las de Francisco en su ruptura propia con la familia y ciudad: también él tuvo que servir como ayudante de cocina en una abadía benedictina. Así como él se separó de los monjes, después de unos pocos días, para vivir en las iglesias rurales en el entorno de Asís con marginados, así se cambia Clara, de la abadía de San Pablo, a una pequeña capilla llamada Sant´Angelo di Panzo, en el bosque del Subasio, al pie del barranco de Carceri. De nuevo son Francisco, Bernardo y Felipe Longo los que acompañan, los tres juntos, a la hermana. El grupo pasa por delante de Asís a una capilla rural donde unas hermanas llevan  una vida semieremítica. Por primera vez Clara vive aquí, a principios de abril del 1211, fuera de los rígidos muros, que caracterizan tanto la clausura doméstica de la vivienda-torre de los nobles como la clausura monástica de la abadía de San Pablo.

La joven comunidad de Sant´Angelo consta de pocas mujeres, que experimentan aquí una nueva forma de vida religiosa: son una especie de beguinas rurales, sin protección alguna y sin un reglamento firme, retiradas en el campo y al servicio de familias cercanas de campesinos. Sssssson mujeres que se mantienen a sí mismas de su trabajo y de las ofrendas que les brindan las gentes de la vecindad. Se presume que fueron los hermanos, que ya conocían a esta comunidad, quienes comunican a Clara que existe este nuevo campo de aprendizaje y, al mismo tiempo, señalan a las primeras aspirantes de Asís el camino hacia allí. El biógrafo sabe que Clara ha rezado fervorosamente en Sant´Angelo por su hermana menor – a fin de que también ella tenga el valor  de dar el paso definitivo hacia el seguimiento de Cristo. El que Catalina conociese perfectamente la violenta reacción de la familia ante la fuga de Clara y, a pesar de todo, diez y seis días más tarde, desaparezca de casa, también para juntarse con su hermana mayor, deja estupefacto al lector (Lcl 24). Clara se esfumó de su clan ya adulta. La apenas quinceañera hermana, y, apenas mayor de edad, arriesga mucho más con su fuga. De hecho, los varones de la dinastía la persiguen encendidos en ira y se lanzan en Sant´Angelo, sobre la indefensa con la más grosera violencia.  De nuevo el relato del biógrafo reproduce sin atenuantes los recuerdos de las hermanas:

 “…se lanzó sobre ella un caballero con ánimo enfurecido y, sin perdonar puñetazos ni patadas, trataba de arrastrarla por los pelos, mientras los otros la empujaban y la alzaban en brazos. A todo esto la jovencita, viéndose arrebatada de las manos del Señor como presa de leones, grita diciendo: “Ayúdame, hermana carísima, y no permitas que me aparten de Cristo Señor” En tanto que los enfurecidos asaltantes arrastran por la ladera del monte a la jovencita que se resistía, y le rasgan los vestidos, dejando señalado el camino con los cabellos arrancados, Clara, postrándose en oración entre lágrimas, pide para su hermana constancia en el propósito y suplica que la fuerza de aquellos hombres se vea superada por el divino poder (Lcl 25).

 


Traslado a san Damián

Catalina sobrevivió al ataque de su tío Monaldo. Los caballeros, después de unos metros, la dejaron medio muerta en el suelo. Cuando se repuso del brutal atropello, asume el nombre de “Sor Inés”, que recuerda a la santa mártir romana y define el comienzo de una nueva vida. Permite que Francisco le corte el cabello y promete iniciar el camino del seguimiento tras las huellas de Clara. Poco después, con Pacífica de Guelfuccio, ingresa otra amiga de la vivienda torre vecina. Las tres mujeres sobrepasan la capacidad de hospitalidad del convento. Salen en busca de algo más apropiado y encuentran en Sana Damián el lugar que corresponde a su propia vocación: aquella pequeña iglesia rural en la que Francisco descubrió al Cristo pobre y que conserva aquella imagen del Cristo, para la que el desheredado comerciante renovó la arquitectura cinco años antes.

Clara recuerda al final de su existencia este etapa de su vida llena de ,,necesidades y desprecio”, por la que Francisco llegó a la convicción de que, tanto a ella como a sus compañeras, había que reservarles definitivamente un espacio vital en su movimiento religioso:

“Pero como San Francisco se daba cuenta de que no éramos corporalmente fuertes y robustas, y, sin embargo, no retrocedíamos ni ante necesidad, pobreza y trabajo, ni ante las dificultades, ni ante el aborrecimiento y menosprecio de parte del mundo, se alegraba mucho en el señor. Movido por su cordial inclinación hacia nosotras, se comprometió a mantener una solícita preocupación por nosotras, sea personalmente o sea a través de sus hermanos, y a ejercer sobre nosotras la misma responsabilidad que sobre ellos” (TestCl 27-30). 

El traslado a san Damián deja a las hermanas, a solo 800 metros de las puertas de Asís, bajo la custodia directa del obispo. La iglesia rural les ofrece una estructura deficiente. El sacerdote Pedro, que recibió aquí a Francisco, parece haber desaparecido entre tanto. Las tres compañeras se acomodan, como pueden, en su pobre casa cedida. El lugar es similar, en su estilo, a la Porciúncula, pero se halla mucho más cerca de Asís. Se diferencia, sin embargo, indiscutiblemente, de la abadía de monjas de San Pablo y del refugio de las semireligiosas en el bosque de San Ángel. Mientras las benedictinas viven en clausura, aseguradas por sus ricas propiedades, Clara, junto con sus compañeras sin propiedades, depende de la ciudad. Mientras las hermanas del bosque viven apartadas del mundo y ocultas a tres kilómetros fuera de Asís, Clara elige su sede ante la puerta de San Jorge en una carretera que sale de Asís. Ya a lo largo del verano ingresa, con Felipa de Leonardo de Gislerio, otra nueva compañera. La hermana Bienvenida se agrega a principios de otoño, de Perusa. Su llegada muestra que Clara, ya en sus años de exilio, trabó amistades capaces de superar distancias de años y hasta de 40 Km. Hay testimonios de que pocos meses después ya entra a actuar el primero de los hermanos que sostendrá a la comunidad de hermanas espiritual y económicamente.

Laicos y Capuchinos:

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