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LOS ORIGENES

A mitad del siglo XIV, por reacción contra el "conventualismo" de la Orden, comenzaron a aparecer en Italia, España y Francia diferentes grupos de frailes que aspiraban a una vida más coherente con los orígenes franciscanos. Deseaban volver a una vida más acorde con los orígenes de la Fraternidad, especialmente en el retiro y la pobreza.
Dentro de este ambiente de reforma nacieron los Capuchinos.
 
En esos días un grupo de frailes, en este caso Mateo de Bascio, Pablo de Chioggia y los Hermanos Ludovico y Rafael de Fossombrone, insatisfechos de la vida que se llevaba en la "Observancia", decidieron volver al eremitísmo de los orígenes como una forma de cumplir literalmente la Regla.

Sin permiso previo de su Provincial, optaron por hacer efectiva su nueva forma de vida. Esto les produjo persecuciones y un sin fin de aventuras hasta que su amistad con Catalina Cibo, duquesa de Camerino y sobrina del Papa, hizo posible que el 3 de julio de 1528, por medio de la bula "Religionis Zelus", Clemente VII concediera existencia jurídica a la nueva Fraternidad.

En realidad se trataba, simplemente, de poder llevar "vida eremítica", guardando la Regla de San Francisco.  Poder usar la barba y el hábito con el capucho piramidal -de aquí el nombre de "Capuchinos"- a la vez que poder predicar al pueblo.

La afluencia inmediata de gran número de observantes y algunos novicios planteó la necesidad de hacer unas Constituciones que definieran la incipiente reforma.

Un año después se convocó el primer Capítulo para organizarse y redactar las Constituciones que, por hacerse en el eremitorio de Albacina, han pasado a la historia como "Las Constituciones de Albacina", aunque en realidad llevaran el título de "Constituciones de los hermanos llamados de vida eremítica".

La reforma Capuchina, de tanto rigor en sus formas, se mostraba en el fondo poco franciscana.
Reforzada por el ingreso de grandes personalidades de la "Observancia", se vio la necesidad de hacerla más equilibrada volviendo al genuino espíritu de Francisco.

Para ello se convocó un nuevo Capítulo con el fin de discutir las nuevas Constituciones. Algunos de los iniciadores de la reforma no resistieron este cambio, creando verdaderos problemas, por lo que tuvieron que ser expulsados de la Orden.

En 1536 se promulgaron las nuevas Constituciones, donde la mesura y el equilibrio entre la contemplación y la acción llegaron a tal punto que se convirtieron, prácticamente, en la legislación definitiva de la Orden. Las posteriores renovaciones sólo introducirán detalles de forma que no afectan al contenido.

La celebración del Concilio de Trento (1545-63) favoreció la consolidación de la reforma. Con la instauración de casas de estudio en vistas a la formación para el ministerio, unos conventos más especiosos y una organización más disciplinada, los Capuchinos no sólo se afianzaron sino que lograron expandirse geográficamente. Primero fue Francia, después Bélgica.

En España resultó más difícil por la prevención existente en la Corte de Felipe II, al considerar que la nueva reforma de los Capuchinos no añadía nada a la ya existente en España y muy extendida reforma de los Descalzos y Alcantarinos.

El primer intento parece que fue en 1570, aunque sin resultados positivos.

Fue en 1578 cuando consiguieron establecerse en Barcelona. La Orden fue extendiéndose rápidamente hacia el Rosellón, luego hacia Valencia (1596) y, finalmente, Aragón (1598) y Navarra (1606.) Castilla seguía cerrada a los Capuchinos, hasta que en 1609 lograron establecerse en Madrid; multiplicándose posteriormente por otros puntos de Castilla y Andalucía (1613).

Los Capuchinos, por tanto, en su opción de volver a los orígenes no hicieron más que seguir el ambiente de renovación y darle una forma concreta. "Volver a Francisco" era la consigna que latía en el fondo de la reforma; pues, como dice uno de los primeros cronistas: "Reformarse no es otra cosa que retornar a la forma original dada en los comienzos a nuestra Orden".
 

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