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Ecología en Acción

Ecología en Acción

Diálogo con una golondrina. Yo vuelvo contigo.
              
Por las tardes el misionero salía de la elemental casita y la sombra de algún árbol próximo rezaba con su Breviario o leía alguna de las revistas que tardíamente
llegaban a aquel apartado rincón misional. También leía algún libro de los que se había traído en la maleta para no desconectarse del todo de su mundo cultural.

Las golondrinas revoloteaban por el colvero bosque y sobre los techos de las casitas de calabó y de nipas del pequeño poblado. El vuelo de innumerables golondrinas semejaba a caprichosos dibujos en el espacio.

A veces alguna golondrina dejaba de volar y se posaba en alguno de los palos salientes de las pequeñas casitas. Allí pasaba gran parte de la tarde como si fuera
un merecido descanso o un acompañamiento al misionero.

Una de las tardes aquella diminuta golondrina posada en un palo saliente miraba hacia donde estaba leyendo o meditando el misionero. En un momento nos cruzamos las miradas. La diminuta golondrina no apartó sus ojos sino que abrió su pico, estiró sus alas, lo cual me hizo pensar en su lenguaje secreto para mí.

– Ma avuran ya ua. Yo vuelvo contigo.
– ¿Seguro? ¿Percibo bien?
– Sí,sí, es lo que quiero comunicar. Yo vuelvo contigo.
– Pues yo no recuerdo haberte visto ni haber vivido contigo. Yo he vivido muy lejos de este lugar. No sé si tú podrás volar tan lejos. Yo para llegar hasta aquí
he volado en esos aparatos que vosotros llamáis aves de metal, nosotros los llamamos aviones.

La golondrina se expresó así.
– Ya sé que has venido de lejos, yo vuelo más que los aviones. Ellos no llegan hasta aquí volando y yo sí, ya me ves; pero me extraña que no me reconozcas, que no te te acuerdes mi. Recuerda, haz memoria. Una vez yo regresaba de aquellas tierras frías donde  sólo hay nieve, no hay bosque, no hay prado, no hay mosquitos para nuestro alimento. Al atravesar un campo espacioso y sin árboles me descubrió un gavilán de esos que vuelan rápidos aunque por poco tiempo. Quiso atraparme, me persiguió. El peligro para mí era inminente. No había casas, no había árboles. El gavilán me perseguía. Era cuestión de vida o muerte en mi largo viaje. En medio del descampado había un ser humano, parecía un niño. Él fue mi salvación, comencé a dar vueltas próximas a a quel ser humano. El gavilán se cansó y abandonó su intento. Yo pude continuar mi viaje hacia estas tierras cálidas gracias a aquel ser humano que eras tú, ¿No te acuerdas?

– Ciertamente, no puedo añadir ni quitar nada a lo que tú dices.
– Ah, pero mi relación contigo no termina aquí. Cuando tú llegaste a estas tierras donde ahora estamos te albergaste en una chabola de metumba y calabó donde yo tenía mis polluelos y tú no los echaste a la calle, esperaste que ellos salieran por sus propias fuerzas. Yo lo recuerdo bien.

El misionero quedó admirado de sus recuerdos casi inconscientes que afloraban ahoran con la presencia de las golondrinas.

– Veo que somos viejos amigos. ¿Te quieres quedar conmigo?
– No, no, contigo no puedo quedarme porque tienes a tu lado un personaje enemigo para mí.
– No sé de que hablas.
– Sí, de ese gato cruel y traicionero que cuando bajo a coger barro para mis nidos él está agazapado acechando y es muy cruel con su victimas.

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Pedro José Benages OFMCap:

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